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martes, 1 de agosto de 2017

Tel Aviv, entre Occidente y Oriente próximo

Llego a la Terminal 3 del aeropuerto internacional Ben Gurión con cierta ansiedad, porque me han dicho que te pueden someter a un férreo control, preguntándote no sé cuántas cosas. Pero por fortuna mi entrada en Israel es como en cualquier otro país, una balsa en aceite. Ni más ni menos. A menudo a uno le meten el miedo en el cuerpo con cosas que en realidad no van más allá. Y forman parte de lo cotidiano vulgar, de lo habitual. 
No olvidemos que vivimos en un mundo burocrático y controlador. 
Aeropuerto Ben Gurión

El Gran Hermano orwelliano está más vigente que nunca. También conviene recordar -lo adelanto- que en Israel hay mucho control, muchos controles, en todos los sitios, sobre todo en aeropuertos, estaciones de bus y de tren, y el control suele ser riguroso y habitual. 
En todo caso, mi entrada fue suevecita. Y aparte de darme una cartulina, cartina azul, que es una reproducción o fotocopia del pasaporte, y hacerme un par de preguntas de rigor el funcionario de turno, nada más que añadir. 
La salida de Israel, también desde el aeropuerto Ben Gurión, fue otro cantar. Aquí sí que hubo un gran control. Pero no adelantemos acontecimientos. 
Panorámica de Tel Aviv desde colina Abrasha


Viajar solo, ya lo he dicho, no es lo mismo que viajar amparado en un grupo, que da como una mayor seguridad al turista o viajero. Pero uno debe asumirlo. Es quizá el precio que se debe pagar. Todo conlleva un precio. O eso parece, al menos en este mundo capitalista. 
También es cierto, como dicen en mi pueblo, que el buey suelto bien se lame. 
El aeropuerto Ben Guirión, que queda a unos 15 kilómetros al sureste de Tel Aviv, ofrece buen rostro. O eso me parece. Aunque ya sabemos que los aeropuertos, por lo general, son todos muy parecidos, algunos grandes (como éste o bien Barajas, enorme) y otros medianos o pequeños. Los aeropuertos, como tantas cosas, obedecen a la tan cantada globalización en la que vivimos. 
Tel Aviv

Después de cambiar algún dinero, en una de las casas de cambio del aeropuerto (por no preguntar me cobraron comisión, unos seis euros, qué cándido, eso me pasó por acelerado, algo que no suele ocurrirme, porque tengo por costumbre asegurarme) me dirijo a un puesto de información y pregunto por un bus que me lleve al centro de Tel Aviv. "Aquí  no hay bus que te lleve al centro de Tel Aviv -creo entender-, puedes ir en tren", añade con sequedad la chica que me atiende. 
Antes de viajar a Israel, había visto que sí funcionan buses desde el aeropuerto al centro de la ciudad. Bueno, no importa. Busco el tren. Pago religiosamente el billete (13,5 shequels, un poco más de 4 euros, lo cual es razonable, habida cuenta de que Israel no es un país nada barato, antes al contrario). 
Cabe recordar que en el aeropuerto de Barajas te clavan un plus de tres euritos, más el billete normal, por coger, perdón por tomar, el metro hasta el centro de la villa. 
Mi parada es en HaHagana, la estación central de tren de Tel Aviv. Pregunto cuántas paradas tengo hasta allí pero la gente a la que pregunto no tiene mucha idea. Y por cierto los indicadores, al menos algunos, no figuran ni en inglés, idioma que sí habla casi todo el mundo. 
Panorámica de Old Jaffa

Me paso de largo porque entablo una pequeña 'conversa' con una persona. Pero no es problema porque doy marcha atrás (bueno, agarro otro tren, ahora en la buena dirección, con la validez de mi billete) y llegó por fin a la Tahana, que así se le dice en lengua hebrea a la estación. 
Nada más salir al exterior me choca el calor, intensísimo. Se nota que uno no está habituado a tanta sofoquina. Y aquí, lo sé, voy a tener que soportar mucha "caló". 
Isarel es un oasis en medio del desierto. Gran parte del país es un puro desierto, sobre todo el sur. Y en los desiertos las temperaturas matinales, sobre todo en meses de verano, son muy elevadas. A decir verdad, recomiendo viajar a este país en otras épocas, tal vez en primavera, o bien en otoño, donde puedes tener asegurada una excelente climatología, sin los agobios que procura el infernal calor de estío, sobre todo en la zona del mar muerto (pero no adelantemos acontecimientos, vayamos pasito a pasito). 
Old Jaffa

La primera impresión, nada más salir afuera, a la calle, es la de una ciudad del tercer mundo, con algunos edificios desbarajustados, aunque al fondo, en el horizonte, asoman sus hocicos unos lustrosos rascacielos, cual si uno hubiera llegado a Nueva York, o bien la Downtown de cualquier ciudad estadounidense. 
A menudo suele ocurrir que en los alrededores de las estaciones de trenes de las ciudades, incluso de las ciudades supuestamente harto desarrolladas, se concentran los desheredados de la sociedad. 
El sol me está atizando duro a lo largo de la avenida Levinski, que es por donde me encamino hacia mi alojamiento, el cual queda como a un cuarto de hora caminando, desde la Tahaná. 
El cielo en Tel Aviv muestra un tono grisáceo, aunque luce el sol, tal vez a resultas de la arena del desierto, o bien por la contaminación.

Provisto de un planito, que llevo ya desde España, y con la ayuda de algún oriundo, no tardo en llegar a mi hospedaje, el Abraham Hostel, un edificio enorme, que está en el centro de la ciudad, a unos pasos de la gran avenida Rothschild. Por fortuna, tengo reserva hecha para el Abraham, porque en esta época uno se puede encontrar con la desagradable sorpresa de quedarse sin habitación. Y eso sería algo engorroso. Los hoteles en Tel Aviv son en verdad caros, aproximadamente el doble que un hotel de las mismas características en Madrid. 
Rápido uno se da cuenta de que los precios de las cosas, por lo general, son el doble que en España. A lo mejor no es tanto. Bueno, el propio Eugenio García Gascón, el periodista y corresponsal con quien me encontré en Jerusalén, donde vive desde hace varios años, me confirmó que en Israel todo es el doble de caro que en España. Una vez más, todo esto de los precios es relativo, en cierto modo, porque si uno se busca la vida, indaga, mira y remira, acaba encontrando también sitios, cosas, a buen precio, o al menos a precio razonable. Y cuando uno no es rico, ni nada que se le asemeje, debe vigilar la pela, cual buen catalán (perdón por el topicazo), si desea viajar y recorrer. No hay otro modo. Pues de lo contrario uno no podría moverse de casa, y mucho menos fuera del país. 
El Abraham Hostel es un sitio aseado, organizado, al que van a parar muchos jóvenes de todo el mundo, que cuenta con un ambiente festivo en su bar-restaurante. Este alojamiento ofrece buenos servicios, incluso aire acondicionado, a precios interesantes. Lástima que el aire acondicionado en Israel sea cuasi imprescindible, porque a uno le trastoca la garganta. 
Torre del reloj de Old Jaffa

Una vez alojado, Tel Aviv se muestra tranquila bajo un sol inquisitorial, y eso que el mar está cercano. Pero no parece que llegue la brisa marina al centro de la ciudad, con lo cual mi cuerpo necesita algo que me alivie. Y la avenida Rothschild, en la que recreo mis sentidos (se trata de una calle animada y con una arquitectura admirable), me lleva al mar, a las playas de Tel Aviv, no sin antes adentrarme en una zona pintoresca, el barrio Neve Tzedek, habitado por artistas y bohemios, incluso por algunos argentinos (españoles no me encuentro por ningún lado), donde se puede disfrutar como si uno estuviera en un pueblo. Esa misma impresión tengo al visitar el Yemenite Quarter, con sus restaurantes caseros que me devuelven a mi tierra. Y en los que se puede tomar una buena sopa, mejor dicho un exquisito gualash estilo israelí. En esta zona se halla también el shuk HaCarmel, un zoco colorido y especiado. 
Ahora tengo la impresión de que esta ciudad, tan joven, tan moderna, tan cosmopolita, con una intensa actividad cultural, artística (ahí está el museo del arte con pinturas de Chagall o Modigliani, que por cierto eran judíos) es una mezcolanza de primer mundo, estilo americano, con sus rascacielos y edificios Bauhaus, y esos aromas de tercer mundo, de Oriente Medio. Precisamente, su arquitectura de estilo Bauhaus ha sido reconocida por la Unesco como Patrimonio Mundial. 
Puesta de sol desde puerto de Old Jaffa

En el fondo, Tel Aviv es como una ciudad europea, occidental, con cierto regusto arábigo, sobre todo en la parte antigua de Old Jaffa (Yafo), a orillas del mar, donde me dirijo con entusiasmo. 
Tel Aviv siempre me lleva al mar, al puerto de Old Jaffa, donde contemplo, cada atardecer (anochece muy temprano en esta parte de la Tierra, a las ocho ya es de noche) unas estupendas puestas de sol. 
Yafo ("la bella") merece la pena recorrerla sin prisas, buscando la sombra, que resulta difícil, callejeándola, degustándola (existen desde monasterios hasta mezquitas) trepándose a su colina, al parque Abrasha, para admirar el perfil de la ciudad moderna, con sus rascacielos y al mar al oeste. Confieso que Yafo me cautivó y me hizo sentir a gusto, sereno. En realidad, esta vieja ciudad (cuentan que fundada después del Diluvio universal, si nos creemos esta historia, que ya es decir) está reconstruida hace poco más de medio siglo, con lo cual todo es nuevo (incluida su famosa torre del reloj situada en Yafo), como la propia ciudad de Tel Aviv, cuya fundación data de principios del siglo XX, o sea, hace nada. ¿Cómo han podido construir tamaña ciudad, en todos los sentidos, en tan poco tiempo? Definitivamente, el pueblo judío es muy trabajador, porque han levantado todo un país, que es puntero en tecnología, en un desierto. Y eso tiene mucho mérito. 
Tel Aviv

Mis días en esta ciudad, conocida como  la que nunca duerme o bien la ciudad "blanca" (hay tantas ciudades a las que se les ha otorgado este calificativo) resultan tranquilos. Necesito calma antes de viajar al polvorín de Jerusalén, al centro del universo, que sin duda no deja impasible al visitante. 
Jerusalén, la llamada ciudad santa, amerita de varios días para adentrarse en sus entresijos, en su ciudad amurallada, y aun en la ciudad moderna, que en verdad es desarrollada, primermundista (escribiré sobre esto en otro apartado).
El último día de mi viaje también me lo reservo para continuar saboreando la belleza de Tel Aviv. Por fortuna, en el Hebrón Hostel de Jerusalén conozco a Mónica, una chica amable, apasionada de la capital de la Eternidad, que tiene familia en Israel. Y me invita a la casa de sus familiares, Zulema y Estefani, en la localidad de Herzliya, a pocos kilómetros al norte de Tel Aviv, un lugar residencial donde viven gentes de posibles económicos, con unas playas magníficas, en las que puedes tomarte una cerveza, eso sí tumbado en una hamaca, al módico precio de 10 euritos, más o menos. Casi que prefiero un shawarma en la Estación Central de buses de Tel Aviv, la Tahaná Merkazit, aunque al final no lo probara. 
Queda pendiente para otra ocasión. Esto y muchas cosas más, porque visitar una ciudad requiere de una segunda y hasta una tercera visita. 
Lo que sí me entusiasmó es la cena en un restaurante al lado del puerto de Old Jaffa en compañía de Mónica, Zulema y Estefaní (ellas hablan con fluidez hebreo, qué envidia, y alguna cosina aprendí). La compañía extraordinaria y el pescado a la parrilla delicioso. Las raciones muy generosas. En el fondo, creo que el pueblo israelí es hospitalario, aunque, como me dijera Eugenio García Gascón, la gente judía es como un higo chumbo, por dentro es jugosa, y por fuera pincha. Pudiera parecer arisca. Pero no es hostil, añade Eugenio. 
En este restaurante, además, te sirven más de veinte platines con diferentes salsas y verduras, entre ellas el famoso humus, hecho con pasta de garbanzos. 
Qué pena que los humanos dispongamos de tan poco tiempo en la vida para poder saborear todo lo que existe en la Tierra... en este caso en la Tierra Prometida. 

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