Páginas vistas en total

martes, 19 de julio de 2016

La fragua literaria leonesa: Sergio Jorge

Cultura cultura
0 votos
 Disminuir fuente / Aumentar fuente
La Fragua Literaria Leonesa

Sergio Jorge: "León es una ciudad activa, sobre todo en el ámbito cultural"

Manuel Cuenya | 19/07/2016 - 13:50h.

El periodista y narrador Sergio Jorge, autor de 'Mis amigas follan', tiene desde hace años un proyecto con otra persona que ahora parece una utopía, casi un sueño, pero a buen seguro lo conseguirá.

Imprimir
Enviar por correo
 Facebook Twitter Google + Menéame
Votar noticia Vota
Sergio Jorge
Autor del libro 'Mis amigas follan', Sergio Jorge es un periodista y narrador salmantino, afincado en León, ciudad que le parece activa, "muy activa, en todos los ámbitos, más de lo que la gente piensa", señala él, que se muestra crítico con las instituciones, las cuales nos hacen pensar que la sociedad leonesa está parada, pero realmente son ellas las que están paradas. "Que nos quieran transmitir que León está de moda o que un gran activo para promocionar la ciudad es el Santo Grial es un engaño y un drama para el presente y el futuro. La provincia en conjunto tiene demasiada riqueza como para considerarla como un spot de temporada", manifiesta contundente Sergio.
León es, en su opinión, una ciudad activa sobre todo en el ámbito cultural, "con decenas de propuestas en todas las artes. Pero son las iniciativas menos difundidas, las menos conocidas, las que más me interesan", precisa Sergio, convencido de que lo mejor sale de pequeños bares, de artistas poco o nada conocidos, "porque solo algunas instituciones como el Musac o la Universidad se salen de la agenda, esa que trae al Melendi de turno o que quiere hacer pensar que León pasa gélidos inviernos culturales", añade el periodista de La Nueva Crónica, reivindicativo con la importancia que tienen las editoriales independientes en una ciudad como León, entre ellas Eolas o Mr. Griffin, que están apostando por autores como Avelino Fierro, Gabriel Quindós o la joven Silvia Abad Montoliú, entre algunos otros, habida cuenta de que "los grandes autores leoneses llegan fácilmente a todos".
"Que nos quieran transmitir que León está de moda o que un gran activo para promocionar la ciudad es el Santo Grial es un engaño y un drama para el presente y el futuro. La provincia en conjunto tiene demasiada riqueza como para considerarla como un spot de temporada"
Cuenta Sergio que a menudo compara León con Salamanca, algo inevitable, "hay gente que piensa que para presumir, pero no, es para hacer crítica constructiva. También valdría en el caso contrario, obviamente", despeja cualquier duda este narrador, cuya ciudad natal es su referencia, en todo, no sólo en lo familiar, sino en las decenas de amistades que allí tiene, que hiciera en sus calles y en su bares. Famosos son los bares salmantinos por su marcha, por su fiesta. "Pero Salamanca también tiene cosas que detesto, como no puede ser de otra forma", matiza Sergio, quien se considera un obrero del periodismo, algo que no quiere olvidar, aunque también sea cierto que "a veces utilizamos ladrillos caravista. Pero sobre todo tenemos que trabajar con esos horrorosos bloques de hormigón, que también son necesarios en esto de contar la realidad". Otro asunto es la literatura, que, en su opinión, hace maravillas con esos ladrillos caravista para imaginar lo que no se ve. "Quizá lo más difícil es emplear bien esos ladrillos que tan bien lucen en las fachadas, crear literatura para hacer periodismo, como vemos todos los días en la contraportada de La Nueva Crónica con Fulgencio Fernández y Mauricio Peña", sintetiza este periodista y narrador salmantino-leonés, que comenzó escribiendo 'Mis amigas follan' (atrayente título, sin duda) como una broma, que luego fue amenaza para acabar siendo venganza. Ellas, sus amigas, le contaban sus cosas, "con esa sutileza sin prepotencia que las caracteriza (justo al contrario que solemos hacer los hombres)", según Sergio, y al final aparecen retratadas en un libro que muestra sus interioridades. "Lo que más buscaba era ponerme en sus mentes y escribir las historias desde su punto de vista, pero sobre todo lo que pretendía es que todos nos identificáramos con alguna historia. Hay que superar los traumas de una u otra forma".
Salamanca como espacio literario
Escribe la periodista y narradora Patricia Cazón, a propósito del libro de Sergio Jorge, que "lo primero, el título. Fantástico. De esos que te empujan a leer si eres joven. Lo segundo, el epílogo, firmado por David Rubio, uno de mis grandes amigos y una de las personas que mejor escriben del mundo. Lo tercero, el ambiente, porque el escenario de este libro de Sergio Jorge (que compila sus artículos en el blog del mismo nombre Mis amigas follan, relatos desde el rencor) es la Salamanca universitaria en la que yo pasé, quizá, cuatro de los mejores años de mi vida". Esa Salamanca universitaria que a tantos nos ha enhechizado.
La ópera prima de Sergio Jorge, disponible para Kindle y en formato digital, está conformada por cincuenta relatos escritos con humor, cuyo prólogo está firmado por Isabel Herrera, compañera de periódico del autor, que nos advierte de que las mujeres, a diferencia de los hombres, practican la discreción, "comes veinte y cuentas una (historia)". Isabel herrera es, en palabras de Sergio, un ejemplo perfecto para cualquier periodista que quiera dedicarse a esto. "Es una trabajadora insaciable, es más exigente consigo misma que con los demás, por lo que te transmite su compromiso y su afán por superarse y, sobre todo, mantiene siempre un criterio y un sentido común envidiable. Y sin alharacas, que los periodistas somos muy ególatras, pero a ella jamás la verás presumir de sus victorias periodísticas", agrega.
(Puedes seguir leyendo esta fragua en ileon.com)

Y ella se fue

Relato publicado en La Nueva Crónica el pasado domingo, cuyo título es Y ella se fue, correspondiente a mi alumna Noemí Brañas. 

La autora de este relato, a través de la voz de un hombre, nos introduce en un mundo de pesadilla, donde no es todo lo que parece.


 Noemí Brañas

Aquel  era un día  gris, plomizo y oscuro como una gruta cavernosa. Caían del cielo unas gotas en ‘caracoladas’, que eran frías como el hielo  y que impactaban con la fuerza de miles de puños furiosos. Yo caminaba mojado hacia casa, porque mi paraguas hacía rato que se había volteado en  un intento infructuoso por repeler el viento. Helado y calado hasta los huesos, me esforzaba por caminar con mis fuerzas menguadas en medio de aquel caos. Después de hacer aquel recorrido, abrí la puerta del portal, subí  las escaleras, y entré en mi hogar. Me quité  la ropa mojada y me puse inmediatamente  mi suave y calentito pijama, además de mis cómodas y acolchadas pantuflas, mientras tanto los rayos, que veía a través de la cristalera del salón, seguían cayendo sin control. En medio de aquel festival de truenos, la soledad me atenazaba y  multiplicaba por mil aquella  sensación de aislamiento.

Maribel, mi mujer, no estaba en casa, la había llamado por teléfono aquella tarde para decirle que llegaría pronto después del trabajo, pero no había dado señales de vida y me pareció bastante raro. Me recliné en el sofá y me cubrí con una manta hasta la nariz, mientras leía  unas líneas, cuando de repente se fue la luz.  Como pude me acerqué hasta el interruptor  y lo accioné, ¡pero nada! Desanimado,  volví  a mi sofá…
“¿Era ya por la mañana?”, me hice esta pregunta de forma muy vaga mientras me levantaba. Pero mi mujer aún no había llegado a casa y, por más que veces que la llamaba, mis desvelos eran inútiles. Ella tenía el teléfono móvil apagado y no recibía mis llamadas.
Me vestí rápidamente y con gran nerviosismo me dirigí a mi trabajo. Fue una mañana dura, con el  jefe taladrándome la sien durante toda la jornada. Aproveché mi momento de descanso en el trabajo para salir a tomar algo a un bar cercano, pero, en lugar de  coger  la calle de la izquierda, como lo hacía de modo habitual, elegí  el camino de la derecha sin saber por qué. Doblé  la esquina y  me topé, en la oscuridad, con un hombrecillo que, agazapado, pedía monedas. Lo esquivé sin apenas prestarle atención y, al hacerlo, tuve que rebasar la acera y salirme un poco hacia el arcén pues el paso era muy estrecho.  En aquel momento un coche, a toda velocidad, estuvo a punto de atropellarme, pero me salvé aunque sí acabé tropezándome con el mendigo, que  me  gritó lleno de cólera: “¡seguro que tu sombra está maldita, animal!”.  En ese momento, no fui consciente de que aquellas palabras serían una premonición de lo que iba a ocurrir, como si en realidad aquel pobre hombre fuera un profeta iluminado.
Me levanté rápidamente, me disculpé con mendigo  y entré en el primer bar que encontré y, cuando  todavía  no me había  tomado mi café, recibí una llamada de mi mujer diciéndome que me abandonaba  por un viejo ligue de juventud, y sin más explicaciones me aconsejó  que me buscase  algún sitio donde dormir, que en breve me llegarían los papeles del divorcio. “¿Cómo he llegado a este escenario? No lo entiendo”, me preguntaba. Me veía viviendo en un sucio agujero mientras ella se llevaba nuestro perro, nuestra casa y todo lo demás.
Intenté contactar de nuevo con mi mujer, le dejé mensajes en su contestador de móvil, visité su puesto de trabajo y pregunté por ella.  Pero alguien me dijo que aquella mañana no había ido a trabajar. Regresé a la que todavía consideraba ‘nuestra’ casa, esperando encontrarla, pero todos mis intentos fueron en balde,  así  que contraté los servicios de un detective privado, quien, después de un tiempo de investigación, me informó de que mi mujer se relacionaba con el jefe de una banda mafiosa, que era imposible dar con su auténtico paradero.
De la noche, intentaba conciliar el sueño sin conseguirlo. No lograba apartar la premonición de aquel viejo, quien me pidiera unas monedas en la calle, y me gritara “que mi sombra estaba maldita”. Las palabras de aquel chalado se habían instalado en mí cómo una invitación a la perdición. Y, mientras  sentía escalofríos, me preguntaba si  yo tendría algún demonio metido en el cuerpo, que me procurara tanta desgracia en tan poco tiempo. Desesperado,  empecé a frecuentar los garitos de mala muerte en los que  se movía la banda mafiosa, con la esperanza de encontrar y aclarar la situación con mi mujer Maribel.
Continué con mi investigación, caminé en su búsqueda por unas calles desiertas, sentí que algo iría mal aunque intentara quitarme aquel augurio de la cabeza, de repente algo o alguien me estaba esperando entre la oscuridad. Sentí aquella  presencia. Apreté el paso. Aquel barrio no parecía nada recomendable. Aquellas casas sin luz, viejas y oscuras, presagiaban alguna desgracia, “mi sombra maldita”, recordé. Hasta que un tipo se abalanzó sobre mí. En realidad, no era uno sino tres aguerridos hombres quienes me agarraron, me inmovilizaron y me empujaron hacia al fondo de una furgoneta.
Recibí una monumental paliza, sentí que me habían roto, al menos, un par de costillas, me faltaba el aire. Maniatado y con una venda en los ojos, la furgoneta comenzó a viajar a toda velocidad hasta que se detuvo. Entonces, me hicieron bajar y caminar  a empujones. Alguien me quitó la venda y me  habló. Una potente luz me daba directamente en los ojos, que me resultaba muy molesta. No lograba reconocer los rostros desdibujados  de mis secuestradores, sólo sentía que me zarandeaban y que alguien gritaba mi nombre con insistencia: “Antonio, Antonio”. Sentí el corazón en la garganta, las sienes palpitándome, hasta que por fin, confundido y aterrado, reconocí, entre brumas, el rostro familiar de mi mujer, lo que me hizo lanzar un grito de alegría, que a ella le asustó. “¿Pero qué te ocurre, Antonio? Acabo de llegar a casa y no paras de gritar”, me dijo. En ese preciso instante, me di cuenta de que una potente luz, que me llegaba desde una lámpara, que habíamos colocado junto al sofá, me estaba iluminando el rostro de pleno. Un libro, con las hojas desparramadas, estaba tirado sobre la alfombra del salón. Entonces, recordé que había llegado a casa empapado a resultas de la tromba caída durante aquel día.


lunes, 18 de julio de 2016

Higuera

El pasado sábado, en La Nueva Crónica, este relato de mi alumna Marina Gay Ylla. 

Bajo la inspiración del maestro mexicano Rulfo, Marina Gay compone este relato, reinventando Comala o Luvina, que en este caso aparece con el nombre de Higuera, un espacio donde no hay nombres ni fechas y donde el aire produce quemazón en las arterias de los hombres que lo habitan.



Marina Gay Ylla

Allí, en Higuera donde todos los hombres, son mecidos por aquel, para llegar al punto medio del miedo. En Higuera, no hay nombres, ni fechas. Allí sólo hay rostros quemados, voluntades truncadas.  En Higuera, asusta la quietud y el movimiento, que de retorno obligado, te devuelve al mismo sitio.
          El camino hacia allí se hace árido, vírico como la ola de hiel que te atraviesa el pecho y se adueña de tu alma, de tu ser, de tu libertad. Cada paso, ancla bolas plomizas a tus pestañas y de tus uñas caen los restos dejando rastro de gotas negras, acaso de sangre, quizá no sea así, pues se disuelven en el aire como si jamás hubiesen existido; en el aire caliente.  Ese aire que produce quemazón en las arterias  y las retuerce como si quisiera escurrirlas hasta dejarlas secas.  Ese viento huracanado, cargado de lentitud y pausa exasperante,  que al  llegar apenas cesa en las cavidades de tu cuerpo, cuando comienza de nuevo el vendaval. Ese aire que te exprime, y con tal de no dejarte, no te deja ni llorar.
Aquel rostro que hablaba bebió un trago de aire y se hizo esperar:
Quizá quiera un trago de esto, o de aquello. Lo mismo da, ya es igual. Hacia donde se dirige no podrá hablar, no lo necesitará  pues no hallará ningún efecto. Quizá le esté asustando. Le diré cómo llegar. No habrá complicación en el trayecto, a Higuera se llega a través de una cuesta, y no tema pérdidas, el viento le empuja, el camino es solo de ida. Pues quien vuelve es papel mojado sobre el que resbala toda tinta. 
Se oía entonces un viento ulular a lo lejos,  una nana lejana con la que solo los adultos y algunos niños desgraciados duermen. Apretó los párpados como si quisiese tapar sus orejas. En lugar de eso, su labios se separaron:
Este es el viento que come el carmín, y deja los labios secos, arrugados. Y también la piel, dejando el músculo desnudo, raso. Es el viento que llamándote te atrae, es seco y pálido. No encontrará otra clase aquí, es el único que hay, lo único que hay.  Cuando camine, irá escuchando como entra, cual polizón en su mente y deseca sus ideas, sus ideales. 
               El olor a carbón seco, en Higuera, donde jamás ha habido mina ni comercio con él, se irá cobrando cada zancada, colándose por sus  ojos, por su respirar  y como si de una infección se tratase se extenderá como oleaje de sus manos a sus pies, necrosando  la verdad que haya creído poseer. Y echando a un mar de polvo los planes de futuro que pueda tener.

                En Higuera la mayor asfixia es no morir de esta. Es no doblegar la voluntad del viento que pelea con fuerza, rasgando las ropas, azotando el pecho. Inclinando tu cabeza hasta llegar a los pies para no salir jamás de ese círculo en el que el cielo cae y la tierra arde, como una bomba incendiaria del impacto.  Y cada noche se repite el mismo proceso  y cada día el viento arrecia y no trae consigo ni el rumor a salitre ni el sonido del mar.  Viaja solo, llega a Higuera y de allí nunca sale como un incomprendido galardonado con una camisa de fuerza,  que corre de un vértice a otro en la habitación de un psiquiátrico. No,  en Higuera no hay bocado. Sé que se lo estará preguntando. El viento repite y su reflujo es amargo, cargado de la nada que te devora por dentro.  En Higuera no hay...
Aquel hombre levantó  el brazo y lanzó  una piedra tan alto que se perdió en la distancia. Se oye un  quejido y un buitre cae muerto, presa de su propia cacería.
En Higuera no hay de estos, nadie puede devorarte tanto como para liberarte de la agonía. Es indigesta incluso para carroñeros. Por eso no se ve el vuelo del ave, ni se oye el aullido del lobo. Sólo se ve el vasto llano, plagado de una bruma sudorosa que corta hasta el aliento.
           Cuando llegué arriba, solo como me encontraba, en  la noche solo se encontraban sombras aun más negras que la propia oscuridad. Aquello me hizo recordar y me arrastre con el viento de cara. Pues dicen que a la cima, a Higuera se sube de rodillas, pero aquello no es verdad. De rodillas hallas a quién ha regresado a la puerta y con quien hablas antes de entrar. 
           Yo estuve allí y volví como me ves. Sin voluntad ni ambición. Puedo sentir el peso de los años que no he visto en mi espalda.  Y sin embargo no puedo moverme. Sigo esperando en la puerta  a quien debió venir conmigo, pues yo llegué muy pronto. Y advierto a quien viene por propia voluntad, que los ruidos, ese "clac, clac" que oye allá arriba, en la colina, no son cascos de caballos sino golpes del viento que cayendo sobre los huesos, los astilla, haciéndolos cenizas. Por ello, si continúa, no eche la vista atrás, no retroceda. Pues el viento le dará de cara, y resquebrajará sus rodillas, dejándolas inmóviles, secas.
Quien esto estaba escuchando, sacó su reloj de bolsillo de la chaqueta, lo miró y se dijo: “El tiempo apremia... Es el viento, que te empuja, camina hacia Higuera, donde los relojes se detienen y las esperas son eternas. El aire te reclama, abanico de hojas muertas”. 


martes, 12 de julio de 2016

La fragua literaria leonesa: Alberto R. Torices

cultura

La Fragua Literaria Leonesa

Alberto Torices: "Estoy con un pie en el pasado y otro en el futuro"

Manuel Cuenya | 12/07/2016 - 12:45h.

El premiado narrador Alberto R. Torices, autor de 'Sacrificio', está ahora con un largo esbozo de novela en proyecto.

Imprimir
Enviar por correo
 Facebook Twitter Google + Menéame
Votar noticia Vota
Galardonado con el IV Premio de Novela Corta 'Fundación MonteLeón' por su obra 'Sacrificio', Alberto R. Torices es consciente de que este ha sido un espaldarazo en momentos de inseguridad, desánimo y crisis, porque "después de seis años sin lograr interesar a ningún editor, el premio de la Fundación MonteLeón ha sido una 'tabla del náufrago', ya lo creo", asegura él, que lo agradece muchísimo, por el premio en sí mismo y porque ha supuesto su primera publicación en un sello (Gadir) de ámbito nacional y aun internacional, pues esta editorial ya distribuye fuera de España.
Aunque no reniega de la marca "autor leonés", tampoco la siente como propia. En realidad, el narrador Alberto R. Torices recuerda que pasó su infancia en Guernica (País Vasco) y su adolescencia en internados, luego vivió en Palencia, en Logroño y en algún otro sitio. "No he desarrollado una identidad regional, pero sí podría decir que 'soy de' aquella calle junto a la ría, y de los veranos azules y amarillos en el pueblo de mis abuelos. También del lugar en el que transcurre mi presente: Valdefresno", precisa Alberto, quien reconoce que en León hay un nutrido y nutriente caldo de cultivo que abarca todos los géneros y generaciones, y que en gran medida es fruto del buen trabajo que hicieron predecesores. "Yo mismo soy receptor de ese impulso, gracias al magisterio de Ángel García Aller, que a su vez lo recibió de otros como González de Lama. Y aunque vivo un tanto aislado, agradezco sentir que formo parte de este borboteante caldo, de esta carrera de relevos, junto a tantos buenos amigos. Puedo decir que mi soledad, elegida, se siente muy bien acompañada", señala este autor, que ha formado parte del Club Leteo, después de que asistiera a alguno de sus actos, allá por el 2002. Si bien Alberto ya había publicado algunos cuentos por aquella época, buscaba oportunidades, que encontraría en Rafael Saravia y Nacho Abad, quienes le propusieron que arrancara, con su ópera prima titulada 'Yo, el monstruo', una colección de narrativa. Y a partir de ese momento, el Club Leteo le brindó, en su opinión, un estimulante proyecto colectivo al que sumarse, un impagable grupo de amigos y muchas oportunidades de aprender y desarrollarse, humana y literariamente. "En lo relativo al proyecto común, esta etapa ha terminado, con un balance de resultados del que me siento muy orgulloso –matiza-. Puntualmente, nos reúnen nuevos proyectos, pero sobre todo la amistad. O más que eso: Rafa, Nacho, Yago, Sergio o Miguel, entre otros, siguen siendo hoy mis hermanos".
"No he desarrollado una identidad regional, pero sí podría decir que 'soy de' aquella calle junto a la ría, y de los veranos azules y amarillos en el pueblo de mis abuelos. También del lugar en el que transcurre mi presente: Valdefresno"
Si bien comenzó escribiendo relatos cortos,  "que con el tiempo fueron siendo cada vez menos cortos", ahora escribe novelas porque es, según él, lo que sale de dentro. En  cualquier caso, confiesa con sinceridad  que no sabe cómo deben escribirse los cuentos para que gusten o interesen. A él lo que de verdad le interesa es tocar hueso y, en la medida de lo posible, no repetir fórmulas, ni propias ni ajenas. En este sentido, no cree en los dictados habituales de los cuentos con «economía verbal» y un «final sorprendente».
La escritura creativa como forma de autoconocimiento y/o evasión de la realidad
De lo que sí está convencido, el autor del libro de relatos 'Los sueños apócrifos', es de que la escritura creativa puede servir como una forma de autoconocimiento, como un modo de evasión de la realidad, o bien como ambas, "depende del nivel de desarrollo personal (emocional) al que llegue el individuo que hay detrás del escritor", aclara Alberto, el cual desearía que su desarrollo personal y la calidad artística de su trabajo tuvieran una evolución progresiva y paralela. Una utopía, en definitiva, porque sospecha que esto no es así. "Triste, paradójicamente, puedes desarrollarte como escritor y permanecer estancado, atrofiado como ser humano. En estos casos, yo creo que una escritura hermosa puede ser una forma muy eficaz, socialmente aplaudida, de ocultar (se) grandes carencias personales", apostilla el autor de 'Sacrificio', que también comenzó siendo un relato corto para finalmente convertirse en una novela. Una novela autobiográfica como lo es, en palabras de su creador, toda ficción, abierta o veladamente, en capas más o menos profundas. "Es, digámoslo así, una 'metáfora en marcha' de las vivencias personales sumergidas en esa trama, disfrazadas en esos personajes", especifica Alberto, cuya escritura le supuso un intento de exorcismo de cierto demonio que le atormentaba. La escritura, una vez más, como catarsis, incluso como una suerte de terapia. "Me parece que todo autor espera que sus ficciones cumplan este terapéutico papel, con mejores o peores resultados", añade Alberto, que siente debilidad por los personajes femeninos, secundarios, de esta historia, que son las madres de los protagonistas: un chico que lleva una vida anodina hasta que conoce a una chica que lo trastoca.

(Puedes continuar leyendo esta fragua en este enlace de ileon.com):

lunes, 11 de julio de 2016

El hombre del piano

Ayer, en La Nueva Crónica, relato de mi alumna Carla López. 

Como en un buen relato de Rulfo, la joven narradora Carla López nos introduce en ambiente protocolario, falso, en el que reina la hipocresía. Todo ello contado a través de dos puntos de vista, el de un viejo pianista, que por instantes siente que su labor no tiene sentido, aunque la música pueda llegar a sanar el alma, y el de otro hombre, en apariencia más joven, que lo escucha con reverencia, acaso porque él será el encargado de sustituirlo en ese hotel teñido de color rojo.


El hombre del piano
Carla López

De todas las salas del enorme hotel, aquella era sin duda la más grande. Tranquilamente podría asegurarle que cabía un campo de fútbol allí dentro. Yo ya había tenido ocasión de trabajar en otros locales pero ninguno era como ese.

Del techo del salón colgaban tres grandes lámparas hechas de lágrimas de cristal que lanzaban destellos al reflejarse unas con otras.
Las paredes, sin ventanas, eran de rojo escarlata y le daban a la estancia un ambiente íntimo y acogedor. En ellas se apoyaban numerosas lámparas con una luz muy tenue.
El suelo estaba hecho de baldosas que formaban mosaicos de enormes flores rojas.
Decenas de mesas se colocaban de un modo perfecto para que sus comensales no pudiesen molestarse unos a otros. En ellas, los manteles eran de color marfil y las servilletas del color rojo de las paredes.
La cubertería siempre estaba perfectamente colocada, ni un centímetro más a la derecha, ni un centímetro más a la izquierda.
Nunca cambiaban los colores o la cubertería ya que, de haberlo hecho, le aseguro que no estarían acordes con la decoración del salón.
Por último y siempre en el mismo sitio, alejados de todos ellos, estaba yo con mi piano de cola, noche tras noche. Aquello terminaba siendo aburrido, ¿sabe? Incluso llegué a odiar la música durante una buena temporada. Seguro que entenderá usted lo que le digo cuando vaya a trabajar allí un tiempo.
Y luego está ese aire gris que hace que te pique la nariz mientras no te acostumbras. Ese aire que es una mezcla de tabaco, alcohol y colonia barata. Si pasas mucho tiempo ahí dentro prácticamente te olvidas de cómo es el aire puro.
Después de estas últimas reflexiones, aquel hombre echó una maldición mientras bebía un trago del whisky.
         Entonces, a las diez, siempre a esa hora, se abrían las puertas y entraban los invitados con sus trajes de gala y sus joyas siempre a la vista sin reparar siquiera en mi presencia.
Siempre hablan un rato entre ellos acerca de lo bien que les van las cosas entre risas falsas. Luego cada uno ocupa su mesa, ya saben cuál es su sitio pues ese es un lugar al que van a menudo. Los hombres, fingiendo falso protocolo, les ofrecen la silla a sus acompañantes, mientras éstas echan miradas lascivas a las mujeres que son más bellas que ellas. A su vez, ellas disimulan que no se dan cuenta de la situación y agradecen sutilmente el detalle de su galán.
A la vez que recordaba esas sensaciones, miró al cielo y a continuación agitó con cuidado los hielos de la bebida.
Se mire por donde se mire le digo que allí reina la hipocresía y el falso decoro. Aparento que no  entero de nada y simplemente me  dedico a tocar el piano; de modo que, lo quiera o no, me convierto en uno de ellos.
Cuando llegaba el primer plato, era el momento en el que empezaba a tocar. Entonces por instantes sólo estábamos Mozart y yo. Yo tocaba lo que él me escribía y poco a poco la sonata cobraba vida, mis dedos y las teclas se volvían uno solo y soñaba despierto con que era feliz y cumplía mis sueños. Sin embargo, en algún momento, en pleno clímax musical, alguien tosía o reía a carcajadas y me sacaba de mi dulce fantasía. Y yo tenía que aguantar las largas horas tocando sin apenas tomarme un descanso. Supongo que pensará que exagero, y no lo culpo, pero cuando yo era como usted venía con las mismas ilusiones. Llegué allí con mi título recién sacado debajo del brazo y con mil ganas de hacerles disfrutar a aquellas personas de mi música. No esperaba que al principio me dijesen algo, ya que suponía que habrían visto a muchos pianistas antes y seguro que mucho mejores que yo. Pero al poco tiempo me di cuenta de que las cosas no eran como parecían y aquellas sombras que venían cada noche jamás me dijeron una palabra amable, ¡qué digo una palabra amable! Jamás me dijeron algo y uno no se pasa media vida estudiando para que luego lo traten como a un trapo viejo. Pero yo seguí  yendo noche tras noche porque era mi única forma de ganarme la vida por muy poco dinero, porque los músicos siempre hemos estado infravalorados. Cuando terminaban el postre aquellos seres engreídos se levantaban y volvían a hablar entre ellos con total seguridad acerca de temas que apenas conocían.
El hombre apuró el vaso y se quedó mirando a la nada.
         Creo que pasé allí diez años tocando, aunque para mi fueron muchos más. ¡Iluso de mí, que pensaba que no podía encontrar algo mejor!
Los inviernos sucedían a los otoños para luego dejar paso a las primaveras, y yo siempre tenía los mismos espectadores y cada vez me costaba más evadirme de la realidad mientras tocaba. Acabé tocando con frustración y hasta casi con odio. En una ocasión escuché a uno, que decía ser médico, fanfarronearse de que él había sanado a cientos de personas, que sus manos habían curado a muchas familias y a mí me dieron ganas de gritarle que la música curaba el alma pero no lo hice porque para entonces, ni yo mismo lo creía. Cada año que pasaba aquella inmensa sala se me hacía cada vez más pequeña hasta llegar al punto de sentir que estaba en una ratonera.
Aquel hombre guardó silencio unos instantes. Luego me miró atentamente. Las arrugas marcaban en su cara la edad y todas las experiencias que un día había vivido. Un manto cristalino le cubría los ojos, quizás eran lágrimas a punto de brotar o quizás era el aire gris de aquella sala de la que hablaba que se le había metido en los ojos para evitarle ver de nuevo su pasado.
         ¡Cuánto ánimo tenía nada más empezar! Me pareció una suerte poder trabajar en un sitio así. A veces pienso que me lo tomaba demasiado a pecho y que tal vez me amargaba por tonterías pero verlos a ellos con sus aires de indiferencia fingiendo ser algo que no eran y que encima todo les fuera bien en la vida, era como si me clavasen una estaca en el corazón.
Déjame darte un consejo muchacho, trabaja en lo que realmente te guste, pero el día que deje de llenarte lo que haces y sientas que te estás convirtiendo en su esclavo, ese día déjalo, o las sombras terminarán por devorarte a ti también.
Acto seguido el hombre se levantó, me arrojó una última mirada de nostalgia,  y se fue silbando una de esas canciones que un día le dieron la vida y al mismo tiempo se la quitaron.

sábado, 9 de julio de 2016

Amasando cansancios

Amasando cansancios es el título de un relato de Laly del Blanco Tejerina, alumna de mis cursos de escritura. 
 Con voz poética y sensibilidad la autora de este relato nos invita a realizar un ascinante viaje a través del tiempo, que nos devuelve a otra época, la matria de la infancia, donde los recuerdos recobran una vida intensa.
Un relato que ahora ve la luz en La Nueva Crónica, lo que agradezco tanto a su creadora, que además ha ilustrado su historia, como al director de este periódico, el periodista y escritor David Rubio. Y a ti también, Sergio, por el pdf. 
Mañana toca nuevo relato.



Amasando cansancios
Laly del Blanco Tejerina
Desde un banco de piedra, a la puerta de mi casa, y bajo una destartalada galería, observo Las Muñecas, mi pueblo. Es tan pequeño que, con un giro de cabeza a derecha e izquierda, lo veo casi entero.

Apenas una docena de casas abrazadas por dos ríos tan pequeños que nunca merecieron un nombre y que, al terminar el pueblo, se juntan formando el Tuéjar,  que se va silencioso, sin decir ni adiós, buscando un mundo más grande.
Salgo por ese camino grisáceo, de hierba reseca y tierra que da a mi casa, pero a pocos metros algo me detiene: es el olor a pan, a calor, a dulce y salado… es la hornera. Un habitáculo de piedra sin valor ninguno y atiborrado de cachivaches, que un día fueron objetos útiles, y hoy, con la labor cumplida, descansan abrigados por un manto de polvo, telarañas y olvido.
Me encuentro un cesto roto, la piedra de afilar las guadañas,  unas madreñas, que aún conservan el barro reseco de algún camino…

Y allí esta ella: mi madre, inclinada sobre una enorme artesa, envuelta por un sutil polvillo blanco que envejece, aún más, su eterno pelo gris. Silenciosa… como siempre; amasando una mezcla hecha de harina, amor y cansancio; dando forma a las hogazas que, tras su paso por el horno, acabarán en un arcón donde reposaran unos días, no tantos como ella quisiera, porque nueve hijos son muchas hambres que saciar.
Me siento sobre un centenario y tosco escaño, que resiste en pie por la rudeza de sus tablas, y observo. La escena no puede ser más entrañable: allí se libra en silencio una batalla de sonidos, de olores y fatigas,  imposibles de percibir si no miras y escuchas con el alma.
Oigo el chasquido de una chispa, que me trae el olor a leña ardiendo y al pan que cuece lentamente. Una bocanada de humo azulado se escapa furtivamente del horno, parece pacifico, pero se transforma en jirones que me alcanzan y me abrasan la garganta y los ojos.
Oigo un quejido de madera, es el techo que reclama mi atención: unas vigas escondidas por la mugre de tantos años, encorvadas por el peso de la matanza, oliendo a salitre. Es entonces cuando entiendo el empeño por criar aquel cerdo maloliente y gruñón, que nunca llegué a comprender cómo, muriendo cada año en aquella macabra matanza, seguía estando allí, porque yo pensaba que era siempre el mismo cerdo.
Ahora siento el susurro de la harina que me devuelve a esa masa blanda y cariñosa, tan dolorida ya, como las manos que se empeñan en estrujarla y convertirla en pan.
En la esquina de la hornera se amontonan unas patatas rojizas y arrugadas, arrinconadas por unos travesaños. Me traen olor a tierra, a sudor de mi padre excavándolas, y oigo los gritos de media docena de hermanos, recogiéndolas en cestos,  que luego volcarán en el carro.
Dos viejas lecheras oxidadas me transportan a esa cuadra que huele a calor animal y a abono seco, mientras veo a mi padre ordeñando, sentado en un diminuto taburete, con la cabeza apoyada en la panza de Mimosa, la enorme vaca pinta. Esto me trae el olor y el sabor calentón de la leche recién ordeñada, a mi madre hirviéndola y sacando una gruesa capa de nata, destinada a las meriendas: las tostas de nata y azúcar que se quedaron grabadas en mi memoria.
Me despierta, al amanecer, un ruido lejano que, aunque es un sonido familiar, sigue asustándome: es Anselmo, el lechero, recogiendo en el río las zafras de leche y subiéndolas a su atronador camión.
Al lado de las lecheras, apoyados en la pared, unos sacos de trigo esconden olor a polvo y el dolor del trillo en las faenas agrícolas. Mirándolos, me llega el griterío de la gente en la era, capaz de convertir un agotador día de trilla en casi una romería: hombres sudorosos, niños saltando sobre los trillos, mujeres preparando gavillas, mientras otras organizan la comida colectiva a la orilla del rio, donde acaba todo el pueblo al medio día, a la sombra de las salgueras, dando tregua a sus cuerpos.
Colgado en la pared hay un candil, la única luz que ilumina a mi padre en la mina; esa tumba negra donde está enterrando su vida y cubriendo de carbón sus sueños, sin importarle, porque para él, Virginia y sus hijos son su única vida, y que no nos falte nada, su único sueño.
Ahora me huele a carbón y a tristeza.
Y así, sentada sobre este escaño, hipnotizada por tantos sonidos (que ya no suenan), por tantos olores (que ya no huelen), por el calor de fuego y de madre, y rodeada de tanto cansancio viejo, he hecho un viaje por el tiempo y he visto la dureza de unas vidas… a través de los objetos de una vieja hornera, que me devuelve, como si fuera hoy mismo, a aquellos años de infancia.