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jueves, 15 de marzo de 2012

Con el maestro Pereira

Con el maestro Pereira

Cuenta José Luis Moreno-Ruiz en su Contradiarios (http://moreno-ruiz.blogspot.com/?zx=e1862a25ba09348fque en un relato del imprescindible Antonio Pereira (1923-2009), el narrador berciano, uno de los más grandes del cuento español moderno (el antiguo apenas cuenta, esa es la triste verdad), en un relato a medias policíaco y a medias humorístico, titulado "El síndrome de Estocolmo", y que transcurre en Puerto Rico, se contiene un homenaje a Nilita Vientós, lo que sin duda hizo Pereira para agradecerle la gran ayuda y proyección de su literatura en toda América, debida a la gran dama. 


Pues bien, esto me ha hecho rememorar, una vez más, la talla gigantesca de Pereira. Vayan aquí estas palabras para su genio y figura (rescatadas de la revista La Curuja, que tengo a bien coordinar).




Antonio Pereira, Toñín, como le decían los más cercanos, era (sigue siendo en la eternidad) uno de los mejores narradores orales que haya conocido. Una divinidad de la palabra, tanta escrita como proferida. Y es que el maestro Pereira tenía el don de la palabra, que manejaba con fino sentido del humor, aderezado por una hechizante sensualidad, y podía dejar al auditorio boquiabierto y arrasar literalmente a sus homólogos cuando lo veíamos/escuchábamos en aquellos filandones organizados por nuestro estimado Justo Fernández Oblanca (ya desaparecido, por desgracia), quien fuera Decano de la Facultad de Educación de la Universidad de León.

Pereira era el maestro del Filandón, como queda reflejado también en aquella película memorable de Chema Sarmiento.

A Pereira lo vi en varias ocasiones, y siempre que nos veíamos se acordaba de mí, y sobre todo de La fragua de Furil, porque Antonio, además de un escritor enorme, era una gran persona, y con una memoria prodigiosa. Tengo dedicados algunos de sus libros, de lo que me siento muy orgulloso. Quienes aún no se hayan acercado a su obra, va siendo hora de que lo hagan, porque en el 2009, coincidiendo con la feria del libro de abril, el villafranquino universal, viajero al fondo de los tiempos, nos dijo adiós. Y para sentir su alma, necesitamos entregarnos a la lectura de sus cuentos, algunos extraordinarios, como Cuentos del noroeste mágico o Cuentos de la Cábila, entre otros.

“Antonio andará por ahí con Borges, urdiendo tramas en el interior de algún laberinto. ¡Vaya dos!”, escribe Fermín López Costero.

Vayan aquí algunos fragmentos de sus cuentos y este poema, que leí con morriña, en la Plaza de Fernando Miranda de Ponferrada, el día de su muerte:

En Reggio de Calabria/a las cinco de la tarde/es algo triste/se levanta aire y remolinos/de plástico y papeles./Si es lunes/y no llega el giro telegráfico/puede uno morirse de tristeza/en un bar de Reggio de Calabria/palabra (Escrito lejos)

En mi ciudad había chicas guapas, las había en mi propio barrio, pero yo enloquecí por una de Cacabelos. Me atraía lo lejano (veinte kilómetros ida y vuelta), y, sobre todo, lo diferente. Las de allí eran menos esquivas y el pueblo mismo parecía estar siempre de fiesta. El día de San Miguel, en la chopera engalanada de Cacabelos conocí a mi amor (no diré su nombre, por ahí andará cargada de familia), bailamos y me salió mi mayor vicio, que era el de la mentira: me puse años, adelanté la marcha de mis estudios y un poco ennoblecí a mi familia. En los pueblos de la comarca creen que todos los de Villafranca somos marqueses (La orbea del coadjutor).

-Al personal, lo que le gusta es comer. Al personal, le gusta el botillo. Con el caldo de nabizas tomado al final en vez de al principio, las filloas de postre, el café de puchero. Y nuestro aguardiente de orujo, mira el libro de firmas, políticos, obispos, los humoristas de la radio.
-Lo que hay que mirar es la tendencia de los índices, padre. Las Bolsas del mundo, la marcha de las ventas de automóviles en Alemania, prepararse es ganar. En los tiempos que se avecinan sólo podrán
sobrevivir los que ahora tomen medidas canónicas, la situación es delicada pero es de libro, el avecé de los economistas (Los tiempos que vienen).

Mi padre no tenía preparación literaria, pero sí un gusto por las expresiones realzadas. Le atraían los calificativos “suntuosos”. Éste, precisamente: que en los programas de fiestas -él era de la comisión- se anunciara “la suntuosa procesión del Santísimo Cristo”. Los paisajes los quería “deleitosos”. Y todavía más: “ubérrimos”. Aprobaba mi inclinación hacia la literatura. que leyera. Le enorgullecía que su chico pudiera escribir lo que él acaso tendría escrito si le hubiesen dado los conocimientos. Pero pensaba que la escritura era una afición llevadera con el comercio y tenía el empeño de que us hijos estuviesen al tanto, acaso un día nuestra tienda fuese una firma almacenista para surtir a los ferreteros de la región (El toque de Obispo, Cuentos de la Cábila).

La criada de la señora que me tenía de pupilo se llamaba Benigna, estaba buena para mis primarias necesidades de entonces y me consentía tocamientos por encima de la ropa. Pero sobre este tema de la pensión no quiero extenderme… Benigna se arreglaba mal con la escritura, yo le hacía los sobres para su novio, pero no las cartas. El no vio venía a verla de tarde en tarde, cuando juntaba para el viaje a fuerza de ahorrar y de horas extraordinarias. Un día coincidí con Benigna en la ventanilla de telégrafos y el funcionario estaba agobiado y exigía que se le diera completo el impreso. La chica miraba angustiada a su alrededor y al verme se puso colorada y pareció como si titubeara, pero me alargó el papel para que se lo cubriera. Los telegramas eran baratos y aun así se limitaban a casos de mucha desgracia. Con letra clara escribí el dictado desgarrador: No vengas estoy con el mes (Seis palabras 4 pesetas, La divisa en la torre).

*Mención especial merecen tanto el Catálogo bibliográfico de Antonio Pereira, cuyo autor es López Costero, y está editado por el Instituto de Estudios Bercianos. Ponferrada, 2006, como Países poéticos de Antonio Pereira, editado por la Universidad de León, y cuya autora es Carmen Busmayor.

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