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viernes, 30 de septiembre de 2011

En la frontera de la estupidez

Cada vez que oigo la palabra frontera me echo a temblar. Una experiencia de viaje inter-rail a su paso por la ex Yugoslavia, allá por año de mil novecientos noventa y tres, me dejó trastocado. Luego de mucho mareo fronterizo y corruptela al por mayor, al fin logré arribar a la ciudad de Budapest. Vaya viajecito. Como para no olvidar. ¿A quién se le podría ocurrir cruzar los Balcanes en época tan conflictiva? El asunto es que uno estaba en Atenas y quería llegar a la capital húngara. Cómo. Pues, echándose al monte, a pelearse con los gamusinos y las fieras. "No hay problema, amigo", insistió el revisor griego, que era un "vivalasvírgenes". Tú apoquinas, como un bendito, y hala... ahí me las den todas de un mismo lado... En realidad, este viajecito ya lo he contado en este mismo blog: 


Toda frontera es como un obstáculo que nos aventuramos a atravesar, porque uno, en el fondo de su esencia, siente la necesidad de traspasar los obstáculos impuestos, de sobrevolar los límites escatológicos de la sin razón, de experimentar esa libertad que desde el poder, el que sea, se pretende coartar, cortar, aniquilar... Se nos imponen límites absurdos. Se entablan batallas estúpidas por fronteras. Se guerrea en nombre de un territorio, de una patria, que irremisiblemente acaba trastornando al personal. 

Como nunca he creído en ninguna patria, ni en ninguna bandera, me resulta repugnante esto de andar batiéndose por un cacho de terreno. Incluso en el Bierzo, que a uno se le antoja lugar idílico, se libran batallas entre vecinos y aldeas hermanas. Espantoso. Algo así ocurre a menudo en algunas aldeas, a veces fantasmagóricas. 

Resulta increíble que estas poblaciones, impregnadas de realismo mágico, se den de hostias por una puta cuestión de “términos”, rayas, cotos.  Qué te digo que este monte es mío. Que no. A ver si te rompo la “crisma”. Tú que me vas a romper, si no eres más que un alma en pena. Pues mira que tú... 

Toda frontera encierra en sí misma una trampa en cuyas zarpas podría uno quedar atrapado de por vida. Hay que andarse con mucho cuidado a la hora de intentar cruzar una frontera, aun cuando lo hagamos por la vía legal. Esto siempre conlleva un riesgo. Es el riesgo de los límites. Aunque pudiera parecer surrealista y kafkiano, en una frontera te pueden chingar bien chingado. 

Cuando vamos a cruzar una frontera, siempre tenemos la impresión de adentrarnos en una jungla imprecisa, desconocida, en la que todo puede suceder. El cruce de una frontera puede llegar a ocasionarnos trastornos muy serios. Se nota, después de lo dicho, que nunca me han gustado las fronteras. Para qué vamos a engañarnos. 

A uno le encantaría que no hubiera fronteras en el mundo. Pero esto es un sueño imposible, una quimera, y sobre todo una mirada inocente y amorosa a un mundo descompuesto, brutal y controlador. Cada vez que intentamos cruzar una frontera se nos ponen los “güevines” de corbata.  No lo podemos evitar. Nos entra como una angustia irracional, un miedo inexplicable. Los aduaneros de turno podrían confundirnos con algún sospechoso o algún crápula. O simplemente podríamos caerles mal. Y a partir de ahí ya nos tienen empaquetados.

Río Cúa (Chano)

Foto: Odonel Ramón

Estampa idílica. Como de otra época. Bajo la sombra de una arboleda perdida, a orillas del Cúa, tras cuyo nombre se esconde la clave de su origen y de su historia, abrazamos este río.
Lugar entrañable para sentir el susurro del agua, que alimenta el espíritu y da cobijo a las esperanzas. La utopía de algún paraíso recuperado, que nos hace creer en el poder hipnótico y sanador de la naturaleza.
Dan ganas de quedarse a vivir en medio de esta belleza, de esta imagen uterina, cuyas piedras, revestidas de musgo y tiempo, nos devuelven a un pasado de felicidad: el río que nos alumbró. 

jueves, 29 de septiembre de 2011

Artigue, va por ti

Luis Artigue en Villafranca del Bierzo-2010
Hace ya algunos años escribí esto sobre Luis Artigue en un periódico digital conocido como leonestrelladigital, que ya ni existe. En esa época no conocía a este escritor leonés, que a principios de septiembre estuvo recitando en Bembibre. Lo cierto es que me gustó cómo lo hizo. Y luego estuvimos charlando, también con su compañera Elena (que es un encanto) sobre las diferencias entre Oriente (verdad-interior) y Occidente (belleza-externa), Tagore (a quien supuestamente se le dedicaba el recital poético), Moscú, Mayakovski y Lorca. Casi ná. Lástima, Luis, que al final se nos quedara corta y cortada la "conversa" porque os teníais que ir a cenar con la concejala de cultura. Y eso que tú insististe en que me fuera/nos fuéramos con vosotros a cenar. 

Vaya aquí este texto, que releído me late rabiosamente actual. Si es que la historia, la nuestra nomás, tiende a repetirse.

            No conozco a ese joven poeta llamado Luis Artigue. O mejor dicho, no he tenido el gusto de saludarlo, porque alguna vez sí lo he visto en la noble y legendaria ciudad de León, una ciudad que sólo tolera a los jóvenes, según el propio Artigue, y en modo alguno los quiere. Estoy de acuerdo contigo, Luis, estimado paisano, en que hay jóvenes sensibilizados, con ganas de contar cosas y sin posibilidades de hacerlo, con muchísimas inquietudes culturales. Tengamos precaución, no obstante, cuando utilizamos el término cultura. No vayamos a pillarnos los dedos entre la puerta. “La cultura no es sino el cinismo que vestimos -nos dice el joven Julio Valdeón en su libro El fulgor y los cuerpos- para ocultar al mono primigenio”. La cultura, tal y como nos la venden, no deja de ser algo postizo.
    Siempre ha habido jóvenes capaces de ofrecernos versos conmovedores. Eso no lo puede poner nadie en duda. Un joven, además, puede ser un excelente poeta, volvamos a Rimbaud, algo que por lo demás no suele suceder en la novela o en el ensayo, tal vez porque para escribir una novela uno debe haber vivido determinadas experiencias. Con la experiencia también es conveniente andarse con pies de plomo. “Estupidizarse por experiencia”, escribió Elías Canetti. Y puede que la novela no sea más que un compromiso burgués. 

Henry Miller, a sus cuarenta años, sin embargo, escribió una novela magistral, Trópico de Cáncer. A los cuarenta años, si uno ha perdido su vida por delicadeza -como lamentaba Rimbaud-, ya se puede ser solemne, o sublime sin interrupción, como pretendiera Baudelaire. “Los seres humanos constituyen una fauna y flora extrañas. De lejos parecen insignificantes; de cerca parecen feos y maliciosos. Más que nada necesitan estar rodeados de suficiente espacio: de espacio más que de tiempo”, escribe Miller al final de su Trópico

            Da la impresión de que a los jóvenes no se les hiciera ni puto caso a la hora de encontrar un trabajo digno, un currito, nomás, teniendo que largarse de su tierra en busca del pan sagrado, que no es ningún tesoro escondido en ninguna isla misteriosa. Uno, que aún se considera joven, tuvo en su día que emprender rumbo fuera de su patria chica. Y hasta llegué a cruzar el charco, el mítico océano, siempre en busca de trabajo. Pues en nuestro país de colegueo, enchufismo y carestías varias a uno le resulta harto difícil hacerse con un cacho de pan, y ya no digo con un plato caliente. Parece que suena a chunga. Pero nada. En León, ya sea la ciudad o la provincia al completo, los jóvenes tienen el futuro por detrás, ya vivido, pasado de rosca y de gloria, con las puertas de la percepción cerradas a cal y canto.  Y así no hay dios que salga adelante.
            Para finalizar  te diré, estimado Luis, que a la masa no le interesa ni nunca le ha interesado lo más mínimo la poesía, ese arte sagrado y sublime. A la masa lo que de verdad le gusta es devorar a los seres vivos, zamparse a los humanos, demasido humanos, en una suerte de antropofagia cultural, bestial. 

Somos caníbales, que no reyes, y el sistema, nuestro sistema, es antropófago... por definición. 

martes, 27 de septiembre de 2011

Lluís Llach

Me pide una seguidora y amiga, Sonia, que el texto sobre Llach se me ha quedado escasito. Y tiene razón. Luego me apresto a darle algo más de aire y vida, pues se lo merece. Y gracias, José Luis Moreno-Ruiz, por tu comentario.


Sabía de la existencia de este fenómeno, Lluís Llach, pero en realidad no había reparado en su fuerza, en su singularidad, en su sentida y emocionante forma de interpretar y cantar. Me dejó impresionado al escucharlo este día, en un programa televisivo. Se trata éste de un espléndido documental que me puso los pelos de punta y me estremeció el alma al verlo en un concierto que diera en 2006 en memoria de los trabajadores asesinados en la ciudad de Vitoria/Gazteiz por la represión gubernamental del momento. Conviene recordar que entonces estaban al frente de los frentes un  tal Fraga y otro cual Martín Villa.

Un Fraga que llegó a decirnos que en Navidad sidra antes que cava porque hay que apretarnos el cinturón, qué jeta, el tío.  Al parecer, en ese preciso momento -cuando se produjo la matanza- se hallaba en Alemania.

Asesinos de razones y de vidas,/ que nunca tengáis reposo a lo largo de vuestros días/ y que en la muerte os persigan nuestras memorias.


Eso ocurrió en 1976, ya muerto Paquito el "chocolatero", y forma parte de nuestra historia sangrienta, cabestril, zarrapastrosa, de la que uno se avergüenza, aunque no podemos ni debemos silenciarla, sino sacarla a la luz, acaso para no volver a repetirla. La memoria histórica, sí. Recuperémosla.

Resulta curioso que la gente comprometida, que en su época luchó contra el régimen franquista, no tenga mucha trascendencia, incluso se desconozca. Y eso ocurre con Llach. Bueno, a lo mejor es excesivo lo que estoy diciendo, pero algo de verdad hay en el asunto. Mejor enterrar, incluso en vida y con vida, a quienes molestan al poder, se dirían los tipitos que en tiempos llevaban las riendas de este país de países.

Pero vayámos a lo que nos interesa, la música, las letras y el poderío de Llach, considerado por algunos como el Jacques Brel de la Nueva Canción catalana, y reconocido por grandes de la música, antes fuera del país que dentro. Algo a lo que ya estamos habituados. Pura envidia y rechazo a los mejores de verdad.  Considerado sobre todo en Francia (donde estuvo exiliado) y en Alemania. No se extraña uno que éstas sean las locomotoras de Europa.

http://www.youtube.com/watch?v=6pkxj378FLg&feature=related


Llach, uno de nuestros grandes... músicos. Catalán universal enamorado de su tierra y de su lengua. Un referente. Un tipo comprometido con las nobles causas (incluso tiene una Fundación: http://www.lluisllach.cat/). Un defensor de la libertad (acaso el bien más preciado de un ser humano).

Como testimonio, vayan aquí estas canciones emblemáticas, como L'Estaca (símbolo de la lucha por la libertad e himno de un club de rugby de Perpiñán) o Campanades a morts, cuya música y letra se me hacen demoledoras, definitivas, sobre todo esta última. Siempre la memoria, esa fuente de dolor... a veces fuente de placer.

Campanadas a muertos (Lluís Llach)

I

Campanadas a muerto

lanzan un grito para la guerra

de los tres hijos que han perdido

las tres campanas negras.

Y el pueblo se recoge

cuando se acerca el lamento;

son ya tres penas más

para nuestra memoria.

Campanadas a muerto

por las tres bocas cerradas;

¿ay de aquel trovador

que olvidara las tres notas!

¿Quién segó el aliento

de aquellos cuerpos tan jóvenes

sin otro tesoro

que la razón de los que lloran?

Asesinos de razones y de vidas,

que nunca tengáis reposo a lo largo de vuestros días

y que en la muerte os persigan nuestras memorias.

Campanadas a muerto

lanzan un grito para la guerra

de los tres hijos que han perdido

las tres campanas negras.

II

Abridme el vientre

para su reposo,

de mis jardines

traed las mejores flores.

Para estos hombres

cavadme hondo

y en mi cuerpo

grabad sus nombres.

Que ningún viento

perturbe el sueño

de quienes han muerto

sin humillar la cabeza.

III

Diecisiete años, solo,

y tú tan viejo;

celoso de la luz de sus ojos

has querido cerrar sus párpados

pero no podrás, porque todos guardamos esta luz

y nuestros ojos serán relámpagos para tus noches.

Diecisiete años, solo,

y tú tan viejo;

envidioso de una belleza tan joven

has querido desgarrar sus miembros

pero no podrás, porque recordamos su cuerpo

y cada noche aprenderemos a amarlo.

Diecisiete años, solo,

y tú tan viejo;

impotente para el amor que él tenía

le has dado la muerte por compañera

pero no podrás, porque por todo aquello que él amó

nuestro cuerpo estará siempre en primavera.

Diecisiete años, solo,

y tú tan viejo;

envidioso de una belleza tan joven

has querido desgarrar sus miembros

pero no podrás, porque todos guardamos esta luz

y nuestros ojos serán relámpagos para tus noches.

IV

La miseria se hizo poeta

y escribió en los campos

en forma de trincheras

y los hombres marcharon hacia ellas.

Cada uno fue una palabra

del victorioso poema.





lunes, 26 de septiembre de 2011

El teatro como esencia



El teatro es algo esencial en la vida.  Y por consiguiente en cualquier programa de enseñanza que se precie de serlo. Es más, el teatro tendría que ser una asignatura obligatoria, incluso en la universidad. Y no una mera materia extraescolar o extra-académica. Me alegra, por supuesto, que al menos hasta ahora la  llamada Universidad de la Experiencia (que tiene su origen en la Universidad de Salamanca), extendido desde hace años al resto de universidades, mantenga en el Campus de Ponferrada (y de León) un taller de teatro, donde los mayores tienen la ocasión de familiarizarse con este arte maravilloso, que da mucho de sí, sin duda, tanto a unos (docentes) como a otros (alumnos y alumnas). Magníficas experiencias podría contar acerca de esta materia teatral, que por lo demás me ha permitido, como apasionado del teatro, escribir/reescribir y montar tanto obras de propia cosecha, como La clase chiflada o Parados en el olvido, hasta otras adaptaciones o reescrituras de grandes como Valle-Inclán o Mihura (Maribel y su extraña familia, que se me ocurrió reconvertir en Pilarín y sus seres queridos).
El velorio, por ejemplo, fue una apuesta arriesgada sobre textos de Valle-Inclán y aun de uno mismo, que nos permitió ser seleccionados en un Festival de Teatro para Mayores en la Universidad de Alicante, donde asistimos gustosos. Qué gratos recuerdos. Pero vayamos a lo esencial.
Si nos remontamos a la Grecia clásica, concretamente a la época en que viviera Platón, vemos cómo a través del teatro  se recoge la dimensión artística del diálogo: la construcción dialéctica de la razón, el intercambio de ideas, la participación, la escucha activa... El saber escuchar a los demás, ponerse en el lugar del Otro (tan difícil para quienes estamos atrapados por una cultura judeo-cristiana), es lo que facilita la  comunicación, tan difícil y descuidada en nuestros días. Aunque dicho así pudiera resultar paradójico.  Como la paradoja del comediante propuesta por Diderot. Algo diferente sería si estuviéramos marcados por la filosofía budista, que sí aboga por ponerse en lugar del Otro.
Una época ésta llena de ruido informativo, saturados como estamos todos de grasa informativa/des-informativa, alejados cada vez más en lo tocante a lo relacional, a lo humano y a lo social. La comunicación entre la gente, de un modo real, se hace cada día menos posible. Aunque sí se de mucho la comunicación virtual a través de la Red. Esto requeriría, no obstante, un fino análisis, porque las redes sociales: facebook, twitter, entre otras, sí contribuyen a la comunicación, al intercambio de ideas, al flujo de información, pero falta el contacto directo, el cuerpo a cuerpo, que se decía antaño, el mirarse directamente a los ojos, comunicarse con la mirada, que se vuelve tacto y contacto. Y el teatro es comunicación en vivo y en directo, contacto con los propios actores y actrices y con el público. Una verdadera comunión, si se me permite esta licencia o boutade.
A través del teatro fluyen ideas y sentimientos, porque además de entretenernos y divertirnos, podría servirnos para imaginar, aprender a escribir, a leer, a recitar, a memorizar, a mostrarnos ante los otros, a ejercitar nuestras habilidades sociales, y así expresar nuestras emociones, que tanto trabajo nos cuesta en una sociedad educada fundamentalmente en el rigor, la frialdad afectiva, en la razón descargada de sentimiento. Tan pueril es vivir de silogismos como de sueños, llegó a decirnos Umbral. Pero sí resulta acertado vivir con la emoción del niño o niña que descubriera por primera vez el mundo, el tiempo curvado, el universo en expansión. 
Me parece que la enseñanza ha descuidado el aspecto afectivo en pos de lo puramente intelectual. No existe la emoción pura ni el intelecto puro. Parece obvio. Y esto debe ser recuperado por el  teatro. Debemos regresar el atletismo afectivo del que nos hablara Antonin Artaud en “El teatro y su doble”. Una obra ésta de un gran valor y vigencia, en este tiempo nuestro, y sobre la que hablaré cuando me acerque de lleno a la figura/figurón francés de las artes y las letras.
Es sabido que las dificultades comunicativas generan alteraciones en la vida diaria y trastornos a nivel psíquico. De ahí que el teatro se haya utilizado con frecuencia como elemento terapéutico: desde el divino marqués de Sade, en el siglo XIX, que puso en marcha un taller de teatro con enfermos en el manicomio de Charenton, pasando por el psicodrama de J.L. Moreno a principios del siglo XX, hasta llegar al teatro moderno de Stanislavski, Pirandello y el genial Artaud, que quiso que el teatro fuera refugio contra la psicosis, su propio trastorno psíquico. Al Artaud se le diagnosticó una especie de psicosis o esquizofrenia. Tal vez por ese motivo utilizó el cauce teatral para lograr curarse o vivir mejor sus dolores. Una tradición, la del arte-terapia,  que han seguido, en cierto sentido, el polaco Grotowski,  con su teatro pobre y de laboratorio, así como su discípulo el inglés Peter Brook, a través del espacio vacío y la expresión corporal. En una línea, más o menos próxima, podríamos situar e incluir al psicomago Jodorowsky, que a través de ritos chamánicos, teatro y psicoanálisis intenta, no sabemos si con cierto éxito, una catarsis de curación en los clientes/pacientes. Una revolucionaria vía en la psicoterapia. 
Uno mismo tuvo la oportunidad de poner en práctica el arte-terapia, el teatro-terapia en un hospital psiquiátrico, en concreto en la ciudad francesa de Dijon, en el Centro Gaston Bachelard de La Chartreuse, bajo la coordinación de Monsieur Alain Vasseur, un tipo entrañable, y buen conocedor tanto de las artes escénicas como de las terapias psicológicas. Pero esto daría para otro artículo. Sólo reseñar que en nuestro país vecino, Francia, el teatro es manjar que degustan tanto aficionados como profesionales. Y se montan y organizan festivales teatrales de renombre: véanse, por ejemplo, Aviñón, Rouen, Châlon, etc.
En España, aparte de festivales varios de teatro (aunque desconozco aquellos en los que pudieran tener cabida los enfermos de la psique), contamos con un documento imprescindible, sobre todo para quienes estén interesados en esta temática. Se trata de Monos como Becky, del catalán Jordá (ya desaparecido), el cual nos muestra el interior de un hospital psiquiátrico, y cómo los pacientes son tratados a través del teatro poniendo en marcha una función, frente a los métodos psiquiátricos tradicionales basados en los fármacos, terapias agresivas, etc. 
Dicho lo cual, siento que debemos reivindicar el teatro como algo esencial en la vida.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Battiato, gurú de la música

El amigo Fermín, con su post o mensaje en el "feis", me ha hecho rememorar la música de Franco Battiato. Y luego  mi amiga Loretta, de Udine, me ha aproximado Italia -país por el que siento auténtica devoción-, en todo su esplendor. Recupero, pues, este texto dedicado al gurú siciliano de la música, derviche, nómada y zíngaro girovagando (va por ti, Pilar) en las estelas de nuestro universo en expansión. Incluyo tres vídeos de sus canciones más emblemáticas, entre ellas Los trenes de Tozeur, dedicada al espléndido oasis tunecino.


Voglio vederti danzare/come le zingare del deserto... o come le balinesi nei giorni di festa/Voglio vederti danzare/come i Dervisches Tourners/che girano sulle spine dorsali...



                                         Derviches turcos girovagando

10/julio/2002

El mes de julio como tiempo musical, y espacio en el que recrear nuestras pasiones artísticas. La música como nutriente espiritual e instrumento que mueve el mundo. La música como arte sublime y todopoderoso. Arte de todas las artes. El azul celeste, el color dorado del estío, el perfume de la serranía, el mar como canto y templo a la libertad, el recuerdo de aquel año en que visitara Sicilia, la isla infinita y cinematográfica. 

Aquella Sicilia que guardo en mi corazón como el más preciado tesoro. Aquel viaje liberador a una hospitalaria tierra de contrastes. La hospitalidad como virtud que ennoblece a los sicilianos. 

Te invitan a pizzas, a "birras", a lo que desees, te llevan a sus moradas en Siracusa, te pasean en sus carritos, y si es necesario te obsequian un paraguas para que no te llueva en el valle de los Templos de Agrigento. Qué más se puede pedir.


La música sigue inventándonos un pasado, un pasado hermoso, que se nos muestra en todo su esplendor. Y Battiato, como resurgido del teatro antiguo de Taormina, nos despierta con sus ritmos tribales y su voz de gurú. Chamán en tierras leonesas.

Franco Battiato, al que creíamos desaparecido del horizonte musical, nos deleitó con su directo potente y hechicero. Quienes tuvimos la ocasión de asistir a su concierto en el flamante Auditorio de León, recuperamos la memoria musical/ancestral de aquellos años ochenta en que danzábamos en torno a las melodías de este siciliano universal. 

Battiato, acompañado por una orquesta, dos guapas coristas, y un maestro de la lírica italiana, logró entusiasmarnos y en ocasiones nos metió la música en las entrañas. Basta escuchar alguna de sus canciones para que suba del fondo de los mares o del fondo de la memoria un tiempo dulce y melancólico, una dicha estremecedora. 

La felicidad no puede estar en el futuro -nos recuerda Umbral en Mortal y rosa-, porque la tomamos siempre del recuerdo, llevamos su imagen en la memoria. La felicidad siempre es algo que ocurrió una vez. La vida, nuestra vida, se inicia como pulsión musical, como un latido. La música es, en definitiva, como nuestra madre, una mamá amorosa y tierna que nos comueve y persuade con sus sentimientos.

Battiato, que tiene hechura de sacerdote y gasta coronilla de obispo, se movía en ocasiones por el escenario como un derviche giróvago, uno de esos santones mahometanos que giran como peonzas en su “viaje” ascético. Y esto hizo que entráramos en un trance místico-terapéutico. 

Qué todo sea por la mística y el año Gaudí (otro grande).




jueves, 22 de septiembre de 2011

Sobre el brazo incorrupto y el corazón partido de Santa Teresa

El Tormes a su paso por Alba
Mis ganas por conocer, al menos un poco Alba de Tormes, se han visto recompensadas. Paseé por la ciudad, visité el templo sagrado donde se encuentran el brazo y el corazón de Santa Teresa, comí en Doña Matea, eché incluso una siesta delante del Castillo de los Duques de Alba, y regresé a Salamanca contento, pues cumplí uno de mis sueños: alcanzar el cielo a través de la santa. Que ella me acoja en verdad en su seno. 


El corazón de la Santa
En Alba de Tormes, localidad próxima a la capital charra, se halla un milagro en vivo y en directo: allí están, incólume uno e impertérritos ambos, el brazo incorrupto y el corazón (al parecer partido) de Santa Teresa de Jesús.

El brazo de la Santa
Suponemos que el corazón partido no es sino una reminiscencia cinematográfica de Un perro andaluz, película en la que vemos cómo una navaja secciona el ojo de una mujer (en realidad de una vaca, trucos del séptimo arte). El corte, en nuestra santa, es casi similar (o soñado), pero el móvil real del mismo ha sido ignorado, quizá encubierto hasta ahora (lo cual es mucho imaginar), alegándose no sé que extrañas "razones" o sin razones, que, quienes nos sentimos ávidos de conocimiento, intentaremos desvelar y hasta revelar, pues también nosotros (en plural mayestático, con fuerza) tenemos nuestra inspiración, divina por cierto, amén de nuestras devociones fotográficas y cinematográficas. 

Nuestra tesis es la siguiente (qué fuerte): como consecuencia de los místicos éxtasis (valga la redundancia) que se trajera la muy santa, aparte de los teje manejes que tuviera la casta con sus señores Jesucristos (también en plural), su corazón se le rompió. Un infarto fulminante, nomás. Algo que ocurre acaso con excesiva frecuencia, sobre todo en nuestra época loca. Para desgracia de unos y de otras. 


...al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces, y que me llegaba a las entrañas... y me dejaba toda abrasada en amor... que me hacia lanzar gemidos...

Respecto al brazo incorrupto (y siguiendo la misma hipótesis de partida), tengo para mí que con tanto dalle que te pego, el meollo se le tornó de acero... o algo tal que así. Una tontería, tal vez. La de uno, quede claro. 

Uno no deja de interrogarse por qué no se han conservado sus dos brazos incorruptos. ¿Acaso sólo uno fue el elegido, cual suele acontecer en estos misterios, o tal vez era el miembro fantasma con el que logró tantos y tales éxtasis? Y qué decir de su retiro espiritual. ¿No es sino un pretexto, un mecanismo defensivo, para ocultar un pasado libídine de "polvo eres más polvo enamorado"? No hay más que echarle un vistazo a la santa que esculpiera Bernini, con esa su pose sensual, propia de una actriz danesa, por ejemplo, a punto de sucumbir a las tentaciones de Satán. 

Creo que con estos breves apuntes, ya estaré presto para ir a las calderas de Pedro Botero. ¿Se dice así, o ando errado? Doy por finalizado este texto, que, aunque más extenso, es mejor dejarlo tal cual. 

Alba de Tormes

Por fin, Alba de Tormes como destino teresiano, y aun como lugar de peregrinación... espiritual, laica, trotamundística... Hay que conocer mundo. Ir por el mundo "alante", que el mundo te curtirá, decía Pachín, que era un sabio nocedense, "inana, yo ver mundo", soltó otro paisano mientras cruzaba el Pajares (o algo por el estilo). 

Tanto tiempo en Salamanca (bueno, tampoco fue tanto) y nunca me acerqué a la tierra donde reposa la Santa Teresa. Y eso que tuve intenciones... pero cuando uno es estudiante, y joven rebelde, se la pasa nomás de a muertito, que dirían los cuates aztecas, viendo fluir el tiempo en rosa, bajo algún puente o soportal impregnado de amor o carnalidad sagrada, o algo tal que así... Pues al final, en mi último y reciente viaje a la capital charra, me aventuré (esto es un decir) a "allegarme" a la ciudad de los Duques de Alba -castillo incluido-, que luce como una estampita a lo lejos, en este caso, sobresale pictórica, cual un cuadro de Vermeer, desde el puente romano. 

Si es que está al ladito mismo de Salamanca, como ir de Ponferrada a Bembibre, más o menos. Convido a los presentes (seguidores y seguidoras de este cuaderno de bitácora) que vayáis a esta población. 

Tenía ganas de darme un voltión por Alba de Tormes (qué precioso nombre) para comprobar, entre otras razones, que sigue el brazo incorrupto y el corazón, acaso partido, de nuestra Santa. Mi obsesión y fetichismo me hicieron, en su día -siendo un joven con la ilusión de la rebeldía y el ateísmo-, escribir algo sobre este brazo y corazón de Teresita de Jesús. "Análisis diamérico", lo subtitulé, quizá en un arrebato pedante, influido cómo no por la filosofía buenista (a Gustavo Bueno me refiero). Qué tiempos de delirio y "filosofe". Si es que... 

He rescatado, una vez más del arcón de los recuerdos, el texto que escribiera, hace ahora más de 20 años, sobre  el brazo y corazón "partido"  de Teresita. Y me apetece darle giro en este espacio bloguero. Eso sí, lo retocaré como mandan los cánones eclesiásticos... no vaya a ser el "demoi" que se nos cuele de rondón y por la gatera grande, y vaya a parar a donde más nos duela. 

Veré cómo lo encaro, con las consiguientes modificaciones y templanzas, que no es cuestión de "auto-censura" sino de presentar las cosas claritas y en su justa medida. En próxima entrega daré cuenta del mismo. 

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Sin Diario en Salamanca

Prosigo con la racha salmantina porque he rescatado, también del baúl, otro texto publicado precisamente en el Diario de León. Qué curioso, n'est-ce pas?
Esto ocurrió en octubre del 2007. Y en mi reciente viaje a la ciudad charra ni siquiera osé volver a preguntar si ahora ya sí vendían Diarios.


Resulta sorprendente, cuando menos, que en Salamanca no se venda el Diario de León. La verdad es que hasta ahora no había reparado en tal asunto. El pasado fin de semana, con motivo de un concierto, me acerqué a la taurina, monumental y universitaria ciudad charra. Siempre se inventa uno algún pretexto para viajar, para salir del terruño, para airearse, porque viajar orea el alma y ejercita el cuerpo. El concierto lo daba el compositor italiano Ludovico Einaudi en el Auditorio de Fonseca, lo que se me hizo delicioso. 






Einaudi es como un Philip Glass mediterráneo y sosegado que toca el piano con sensibilidad repetitiva aunque estimulante. Por cierto, el compositor minimalista Glass dio un concierto, también el pasado fin de semana, en Madrid. Lástima que uno no pueda estar en todo. Por fortuna a este músico estadounidense, autor de varias bandas sonoras, entre otras de  Las horas así como de la última película estrenada de Allen, El sueño de Casandra (ya ha llovido y aun diluviado), lo pude ver/escuchar, la última vez en el Teatro Emperador de León. Y la anterior en Toledo, aunque aquella vez el maestro del minimalismo musical no acompañaba a su Emsemble. 

Como siempre, la música le transporta a uno a mundos emocionantes, porque es sin duda el arte por el arte, tal vez el más sublime. Ahora que lo pienso a uno le hubiera gustado ser músico. 

Después de visitar la feria del libro antiguo y de ocasión, en la Plaza de Los Bandos de Salamanca, le pregunté a un quiosquero por el Diario de León del domingo. Su respuesta fue categórica y enfadada: “En Salamanca no se vende el Diario de León, en ningún sitio, porque tampoco se venden los periódicos salmantinos en León”. Bueno, señor, no se ponga así, sólo le preguntaba por el Diario. 

Me quedé fuera de juego, y continué rumbo a la Plaza Mayor en busca de un sitio donde quizá encontraría un Diario, en balde, claro está. Se podría entender que el Diario no se vendiera fuera de la Comunidad de Castilla y León, pero en Salamanca, tan castellana y próxima a nuestra capital provincial, no me encaja.  Al final se va a cumplir el dicho de “León solo”. 

Luego de intentarlo una vez más, sin éxito, desistí en el empeño de conseguir un Diario, y regresé de nuevo a la feria del libro antiguo y de ocasión con la esperanza de encontrar algo que mereciera la pena, pues la primera visita la había hecho de un modo apresurado. Había algunos libros interesantes, como la biografía que le dedica Ramón Gómez de la Serna a Valle-Inclán, pero lo que me entusiasmó fue dar con el tercer y cuarto libros de La arboleda perdida, de Alberti. Pues el primer y segundo libros de estas memorias recuerdo haberlos comprado en la feria del libro de antiguo de Ponferrada. A falta de un Diario, me cargué con algún libro, porque lo que la naturaleza no da, Salamanca no lo presta.

Esto es nomás un fiel reflejo de aquello que nos decía Ortega, en La España Invertebrada, que vivimos en compartimentos estancos. El Bierzo triste y solo, como Fonseca; León, más solo que la una; Castilla y León como entelequia inabarcable, mísera y alejada del mundo... salvo Vallata o Fachadolid, que vive en el pesebre, en el meollo del cogollo, o sea, con Juanvi, ay, haciéndole ejercicios loyolescos a la vida contemplativa, y dándole de paso a las buenas viandas y mejores caldos de la Ribera del Duero. ¿Qué fuerte, no? Hasta otra. 
            

domingo, 18 de septiembre de 2011

Algunos recuerdos salmantinos

Prosigo rescatando recuerdos de aquella época en la ciudad charra. Pertenecen a un Diario escrito hace un montón de años. Vayan aquí unos pocos:

De la Facultad de Psicología de Salamanca recuerdo al profesor José Navarro Góngora, mi coordinador de doctorado en Salud mental. Pepe, que así le gustaba que le dijéramos, era un tipo muy irónico y "bacilón". Había realizado una tesis doctoral en psicoterapia sistémica, y era buen conocedor de las terapias que ingeniara Milton Erickson. Pepe, al menos, sabía por donde andaba, cosa que la mayoría de apoltronados en los escaños universitarios no saben. Salamanca tiene buena fama en lo que a enseñanza universitaria se refiere, pero la realidad me desveló que no es oro todo lo que allí reluce, ni está el campus adornado con mandrágoras.

En la célebre Universidad de Salamanca se encuentran botarates como en cualquier otro sitio. Es normal. De todos los profesores y profesoras que conocí durante el doctorado se salvan muy pocos, si exceptuamos a Navarro Góngora (a quien le deseo lo mejor), al parecer casado con una francesa, aunque esto no sea significativo. Al que no soportaba era a un tal J.A.H, un trepa, jovenzuelo y con los humos subidos al quinto pino. Era Vice de algo, ahí es nada. Estaba enchufado, como es obvio, por alguna entelequia. 

El ínclito de marras era un atrevido, y lo dejó clarín clarete durante la exposición que hiciera delante de un grupo de doctorandos de un trabajo sobre psicología sistémica, un curso de doctorado que dirigía y coordinaba el profesor Navarro Góngora. Aquel J.A.H. no parecería entender nada. Y por supuesto se sentía perdido y arrebujado en su propia verborrea mental. En verdad, no sabía adonde meterse, no acertaba a dar pie con bola, le salían los coloretes en las mejillas y le resbalaban las palabras en la garganta, o sea, estaba hecho un lío.

Navarro Góngora, por su parte, no podía contener la risa... y aquello estaba derivando en una situación cómica de primer orden. El profesor Navarro Góngora hacía muecas como queriendo decirle: “Déjalo ya, J.A., no empeores las cosas”. Pero el botarate de turno estaba erre que erre,  insistía en  exponer su entrecortada y estúpida palabrería, quizá creyendo que estaba ante un auditorio de descerebrados, como él mismo. Ya se sabe, el tuerto en el país de los ciegos se cree el rey. “No, amigo J.A., hasta aquí has llegado, te acabas de encontrar con la horma de tu zapato, no más”. Lo cierto es que para pararle los pies a un tipejo así no hace falta tener muchas luces, se le ve venir a leguas, ¡hasta ahí podíamos llegar!, no, nordá, muletilla que utilizara nuestro paisano, el señor Teresín, como queriendo reafirmar sus convicciones: “¿Es cierto que las ovejas entraron al trigo?”, le pregunta el padre a su hija, ante unos tipos que  acusaban a la muchacha de que sus ovejas hubieran hecho escabechina en en tierra ajena.  “No, padre”, responde su hija Consuelo. “La pastora es fiel y dice la verdad, nordá, así pues lárguense de mi casa o los corro a patadas”, les suelta al parecer Santiago Teresín a quienes pretendían denunciar a su hija. Así se las gastaba el señor Teresín, que Dios lo tenga en el cielo, y nosotros que lo veamos. Hecho este inciso, retomo:

Salamanca tiene una luz y un color que siempre me han gustado. La Plaza Mayor, La Rúa Mayor y la Plaza de Anaya son sitios extraordinariamente encantadores, qué cursi me quedó esto último. Salamanca sin estudiantes universitarios sería un pueblo, con sus charros y su casticismo, una población tumbada en la hierba, a orillas del Tormes. Pero los estudiantes le dan un aire colorido y cosmopolita. En el fondo, no deja de ser una capital de provincia. “En Salamanca yo tenía la impresión de vivir en la Edad Media y en el siglo XX a un mismo tiempo”, se reía Gustavo Bueno, cuando nos hacía soñar con sus clases de Antropología en la Universidad de Oviedo.

Si lo que deseas es conocer a extranjeros y extranjeras en tu propio país, inscríbete a un curso de idiomas en Salamanca, y verás cómo te espabilas dándole a la lengua, en todas sus variantes lingüísticas: los franceses y francesas te esperarán en el Moderno, los teutones y germanas lo harán idem de lienzo en El Camelot... y así ininterrumpidamente, hasta festejar las lenguas europeas en todo su esplendor, divirtiéndote con alguna modulación hispana, y aun con la vecina o vecino de tu piso, que es de Alba de Tormes, y tal vez con la cuñada de tu primo, esto es un decir, que estudia Medicina y es de Vitigudino.

En Salamanca tuve el gusto de codearme con la Rana de la fachada de la Universidad, incluso con una tal María Jesús. Aparte recuerdo a Anita, una alemana delgada y con gafitas, a Lenka, una checa grandullona, a Olivia, una  medio belga, medio yanqui, medio-medio, a quien le gustaba la O’Connor. Olivia vivía con otras guiris encima de los soportales de la Plaza Mayor.

María Jesús era una rapaza salada, a quien conociera en el Centro de Idiomas en clases de francés, clases que recibíamos los que habíamos solicitado una beca Erasmus y en general los universitarios. Un día quedamos para tomar café en el Bécquer y luego paseamos, con bucólico sentir, hasta el campus universitario, a orillas del Tormes.

Por su parte, Lenka, la chica checa, me escribió algunas cartas cuando uno ya estaba en la ciudad francesa de Dijon practicando expresiones en La Chartreuse (La Cartuja), y ella había abandonado la ciudad Helmántica para regresar a su ciudad, Praga.

Y sobre todo guardo un especial recuerdo para Agustín de Burgos, a quien he vuelto a ver y coincidir con él y con su chica Amina, en Ponferrada, Abel "Ser", quien me acogiera hace unos años, durante unos días, en su casa de Aberystwyth (Gales), y con la catalano-castellana Teia, con quien compartí ratos muy agradables, y a quien no veo desde hace muchos años. 

En Salamanca también conocí a Frank, un alemán que se tomó seis meses sabáticos para aprender castellano en España. Frank era amigo de Alex, otro medio alemán, medio español. Ambos compartían cocina y comida con nosotros, en la avenida de los Comuneros. La verdad es que en aquel piso de Comuneros lo compartíamos todo, éramos como una comuna de hippies dispuestos a comernos el mundo de un solo bocado.

Frank prefería nuestras tertulias, y luego quedarse flipado a base de porros delante de la televisión, que soportar rollos mañaneros de castellano en la Academia en que estaba matriculado. Frank le pegaba al hachís y a la marihuana, quizá esperando aprender con más celeridad el castellano. A veces surte efecto. Frank era electricista en su país y muy simpático con nosotros. Como la cocina no se le daba nada bien, prefería fregar platos y barrer la casa. Allí todo el mundo tenía tarea encomendada.

Alex tenía un buen dominio del español, incluso daba el pego, pues con su entonación podía pasar por vasco o catalán. Qué curioso. Alex, cuyo padre era de origen español, tenía un gran oído y una espléndida novia extremeña, cuyo mirar era dulce y alegre, ilusionado y a la buena fe. 

Alex comenzó estudiando Filología Inglesa -un alemán dándole al inglés en España, qué divertido-, se aburrió y acabó abandonando la carrera; lo que quería en verdad es ser músico, incluso llegó a formar una banda musical, en la que tocaba la batería. Nunca supe si era habilidoso para tal asunto.

Alex tenía un hermano muy pintoresco -no recuerdo cómo se llama-  que  hablaba castellano con acento sureño o andaluz de Cádiz. Un fin de semana se acercó a Salamanca. Y se quedó todo el fin de semana, con su fogosa novia,  en el cuarto de Alex. De no ser por sus jadeos, a fe que los hubiera dado por muertos. Cuando llamé a su puerta, para saber si aún seguían con vida, me invitaron amables a que me adentrara en la caverna. Allí estaban aquellos dos seres, en cueros, como la madre que los parió, exhibiendo sus cuerpos serranos. “Perdón”, les dije, creía que os había pasado algo.  “No te preocupes -me respondieron-,  estábamos muy cansados. Nos gusta el reposo y la tranquilidad"... 

Con Sara y con Abel "Ser" (un astur renegado de su tierra, qué raro), tuve la ocasión de compartir clases de alemán en el Centro de Idiomas de la universidad. Sara necesitaba practicarlo para cuando se fuera a Alemania con su novio Alex. Mientras que el amigo Abel "Ser" y uno mismo queríamos familiarizarnos con el pueblo teutón, y para ello nada mejor que aprender su lengua. Kaja (Kaya), que se cambió la jota por una y griega para que no le dijéramos Kaja, era nuestra profesora de alemán, una chavalona con aspecto de baloncestista, melena  de caballo y dentadura algo estropeada a resultas de los muchos ducados que se metiera en la boca. Kaja estaba casada con un hombre lobo de Salamanca, lo de lobo lo digo por la barba que se gastaba el cuate. Esto no es importante, sólo anecdótico.
                    
Yo, a la sazón, duré sólo unos meses en las divertidas clases de alemán, porque en enero de  1993 regresaría de nuevo a la France, entonces como becario Comett (Leonardo Da Vinci). Una beca que me concediera la Universidad-Empresa de Salamanca, que a la postre me permitiría familiarizarme con el arte-terapia durante un tiempo en el centro hospitalario de La Chartreuse, a saber, la Cartuja de los desamparados... Una beca que me dio buenos quebraderos de cabeza, pues parecía imposible conseguirla. Es más, decidí largarme a Francia aunque aún no estaban los papeles en regla, y ya desde este país pude solucionar el asunto a través de fax, llamadas telefónicas, correspondencia (entonces no había Internet), pijadas varias y cuentos de nunca acabar.  

Entonces, en la Universidad-Empresa salmantina había una directora de cuyo nombre prefiero no acordarme, que me lo puso realmente difícil, haciéndome repetir una y otra vez documentos administrativos, burocracia de pesadilla: que si falta el sello de la empresa, que si no especifican el período de tiempo que te van a acoger en su empresa -ella siempre decía empresa en vez de hospital-,  que si no aparece en tal o cual carta que te admiten como becario Comett, y que aparezca esta palabra es fundamental... y así, en este plan delirante... Me tenía harto con sus detallitos y neurastenias. Y encima no tenía (o no tenían quienes estaban en la administración charra) ni pajolera idea de hablar francés, o sea, un desastre, con lo que la comunicación con el país galo era harto complicada.  Si bien es cierto, debo reconocer que una de las secretarias se portó muy bien conmigo, preocupándose por mi situación, incluso llamándome a mi apartamento de Dijon. Muy amable la chica, que resultó ser curiosamente ponferradina, o sea, paisana. Se llamaba Mari Angeles Delgado.

Para entonces ya había abandonado la Residencia Universitaria en que me alojara tiempos atrás y vivía en el piso de Agnès, la novia de mi amigo François Dillenseger.