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jueves, 24 de junio de 2010

La hoguera de San Juan en San Juan de la Mata

























Este año no quise perderme la hoguera de San Juan. La lumbre como inspiradora y regenerativa. La Gran Hoguera en la población berciana de San Juan de la Mata, próxima a Arganza, tierra de vino, frutales y romanticismo, porque recuerdo que Doña Beatriz, la prota de El señor de Bembibre, es hija de los señores de Aganza.


Es la primera vez que acudo a esta cita, porque al decir de muchos se trata de la mayor hoguera de Europa. Lo cierto es que se quemaron muchas toneladas de maderamen, y el calor llegaba incisivo hasta la barra donde se servían, al módico precio de dos euritos, bocatas de chorizo escaldado, y luego, para rematar la fiesta, un chocolatín con pastas (invitación de la casa o la comisión o quien sea).


Ver el fuego, elevarse inmenso sobre un cielo nocherniego, resulta un espectáculo hipnótico. El fuego y a continuación el agua para calmar las llamaradas.


En el Bierzo abundan sobre todo las leyendas acerca del agua con sentido purificador, como el baño de personas y ganado, precisamente en la noche de San Juan, porque se supone que ese día el agua está bendita.


Pues purifiquémosnos con las llamas sagradas de San Juan, y después démonos un baño con el rocío mañanero para preservarnos de toda enfermedad. Como hacían antaño, por ejemplo, en la localidad ancaresa de Burbia y aun en otras poblaciones del Valle del Sil.

miércoles, 23 de junio de 2010

Los gatos como guardianes de los libros

Recupero este texto, de hace algún tiempo, aunque reelaborado.

Sospecho que a los gatos bercianos no se les trata como se merecen tales criaturas. Esta es mi impresión. Ya sé que de todo hay en la viña del Señor, como suele decirse de un modo castizo, religioso, catolicón, y que algunos gatos viven cual reyes en el palacio del bienestar y el confort. Pero estos animales, que según refrán popular tienen hasta siete vidas, no disfrutan ni de una sola vida como dios manda. Pobres felinos.


En tiempos los gatos eran animales bien considerados porque se zampaban los ratones de las casas. Eran útiles y laboriosos, orgullo de las casas. Entonces había muchos ratones en los desvanes y en las bodegas de las casas. Ahora, que al parecer vivimos sin ratones, ya no necesitamos gatos que nos echen un diente. Son un lujo que no se permite el personal. “Tener un gato es como tener un adorno encima del mueble-bar del comedor. Están todo el santo día ronroneando la sopa boba. No tienen olfato ni para entrarle a los ratones”, se le oye decir a alguna gente. Y se les apedrea y despelleja en cuanto se pasan de la raya, o les da por salir a la calle a tomarse un respiro. Hay que andar con ojo avizor si no quieres que te hagan la vida del gato, esto es, que te metan las barbas a remojo, te emponzoñen la sangre y acabes estopando o estoupando como una castaña a fuego de carbón.


Hace años asistí con angustia a la desaparición de un gatín, un siamés precioso. Lo busqué con insistencia. Lo esperé con devoción. Pero nada. No apareció. Confieso que le tenía un gran cariño. Era un gato noble, amoroso y juguetón, al que le gustaba subirse a mis libros para recostarse en ellos. Se echaba grandes siestas al amor/calor de los libros. Y parecía dormido con un sueño sin fin. Un día salió de casa y nunca más se le vio el pelo. No dejó ni rastro. Es evidente que alguien tuvo que cargárselo. Se debió descuidar, era muy confiado, lo pillaron a “geito”, a la trampa, y le cayó el garrotazo encima. Me llevé un calentón y se me bajaron los alientos. Me dio mucha pena. Un animal también tiene derecho a la buena vida.


Hace años también me di una vuelta por el Monasterio de Yuso, en La Rioja, y se me alegró el ánimo al enterarme de que los gatos han sido casi casi los protectores de nuestra cultura libresca. El Monasterio de Yuso, en San Millán de La Cogolla, es la cuna de las primeras letras en castellano, y los gatos se encargaron de salvaguardar en buen estado los libracos que hay en este monasterio, en unas hornacinas o nichos de madera. Libros éstos con pesos superiores a los cuarenta kilos. Incluso hay un ejemplar que llega a los cien kilos.


Los monjes, dicho sea a vuelapluma, debían pasarlas putas para manejar estos tochos. Gracias a los gatos, que se colaban de rondón por una gatera hecha ex profeso, estos libros no fueron roídos, devorados por los ratones. Algo así me contó un guía que peinaba greña engominada en cabeza calvorota. Uno de estos guías que te cuentan la historia como si te estuvieran leyendo o rezando el catecismo con voz monocorde. ¿Qué hubiera sido de nuestros libros sin estos guardianes de las letras? A decir verdad, no vi un solo gato por aquellos pagos.

Esto de viajar enriquece, engorda el espíritu gatuno que uno llevaba en las venas. Y este viaje a La Rioja me supo a gloria monacal y a cuba de roble con sabor a coco, vainilla y pan tostado.


Los gatos, aparte de animales de místicas pupilas, divinos, son seres letrados, instruidos, cultivados. Baudelaire, que tenía alma de gato y era amante de cuerpos eléctricos, se le ocurrió hacer versos a los gatos: “amigos de la ciencia, del deleite gustosos,/el silencio y el vértigo de las tinieblas buscan”. 


Baudelaire, en Las flores del mal, les dedica varios poemas a estas amables bestias. Los gatos son, pues, los intelectuales del reino animal, si exceptuamos a Hans, el caballo calculador o matemático, que era un bicho muy listo. Ya sabéis, cuidad de vuestros gatos, y de los del vecino, como si estuvierais velando por vuestras entendederas y nuestros ancestros culturales.

lunes, 21 de junio de 2010

El miedo y la muerte o el miedo a la muerte

http://www.diariodeleon.es/noticias/bierzo/el-miedo-a-muerte_318546.html (Diario de León,
23/04/2007). Aquí os dejo una versión reelaborada. 

La muerte sigue acechando, siempre brujilla y despótica, tras la sebe o el matorral del zambombazo. Y nos hace reflexionar, una vez más, acerca del miedo a lo desconocido, a la incertidumbre, incluso para aquellos que no creemos en dioses, ni siquiera en diosas, que nos ayuden a soportar el vacío existencial, la nada.

Nunca llegué a conocer a Saramago (al que esperaba ver hace ahora dos años en un Congreso de Literatura en León), y eso me entristece, aunque siempre nos quede su obra, su Ensayo sobre la ceguera, que nos dejó a todos deslumbrados, como un ángel exterminador que nos fogoneara la mirada. Qué terrible. Y qué angustia se nos metió en el cuerpo. No poder ver, ni siquiera con los ojos del alma, se me hace espantoso. Una de mis peores pesadillas, aparte de la muerte, sobre todo de aquellos a quienes quiero, sería quedarme ciego. Y luego aquel Viaje a Portugal, que me hizo amar a ese país hermano y a la vez tan diferente, y que le sirvió a Julio Llamazares -sospecho- para componer su extraordinario libro de viajes Trás-os Montes (imprescindible para entender la tierra de otro coloso de las letras como lo fuera/es Torga, léase también su sugerente libro de viajes, Portugal). 

Se nos ha ido un grande de las letras, y una excelente persona (al decir de muchos que tuvieron el gusto de conocerle). Y en el Bierzo nos ha dejado otra gran persona, Emilio, el ciclista intrépido de Torre del Bierzo, que con ochenta y cinco años recorría diariamente un montón de kilómetros subido en su bici. Un hombre fuerte, saludable y vitalista, que así, de repente, se quedó en el camino. Con Emilio sí tuve la suerte de coincidir en varias ocasiones -la última hace tan sólo unos días, con motivo de la representación de La clase chiflada en Ponferrada-. Se le veía muy bien y con excelente ánimo. "Vente a cenar -le dije- y acompaña a tu mujer Araceli, que será divertido". Aquel fue el último día que lo vi. La noticia me la dio esta mañana una amiga: "Creo que se murió un señor con quien estuvimos el otro día, luego del teatro", me alertó. No puede ser, pensé. Pero la comí. El ciclista Emilio Fernández, conocido como el rubio de Torre, fallece por infarto. Y me queda el pesar de no haberle hecho un reportaje, entrevista, etc., como alguna vez le prometí.

Lo que nos sigue dando miedo es que algún día, y nadie se escapa, vamos a desaparecer, y sólo, por algún tiempo, puede que permanezcan nuestras cenizas. El alma o el espíritu, en algunos casos, pervivirán en el recuerdo, mas tampoco por mucho tiempo, salvo que entremos en los anales de la historia. Y eso es todo. Nacemos para morir, y vivimos al tiempo que nos vamos muriendo, lo que supone una liberación, si uno sufre terribles dolores en cuerpo-alma como en algunas enfermedades, o después de sufrir un accidente paralizador. De ahí nuestras angustias y nuestros miedos ancestrales. 

El miedo, además de un arma de dominación política y de control social, es un mecanismo adaptativo y de supervivencia que, llegado el caso, nos permite responder con rapidez y eficacia ante situaciones adversas. Por otra parte, está la cultura a la que pertenecemos, que condiciona nuestros miedos. El judeocristianismo, por su lado, también ha alimentado nuestro miedo. 

Sorprende, no obstante, que haya culturas en las que el miedo a la muerte parece que no existiera, tal vez porque la vida no vale nada, como ocurre en Méjico, donde hay una convivencia fraterna con la muerte, como sabemos, y como bien nos contó Octavio Paz en El laberinto de la soledad (obra de cabecera para quien quiera entender este país, al menos algo, porque Méjico da mucho de sí). 

En Méjico la gente suele hacer bromas con la muerte, incluso con la propia. Como buenos cínicos son conscientes de que cuando llegue la muerte uno ya no estará para encararla. "Ese güey ya se fue a tocar el arpa con el arcángel San Gabriel", "esa pendejita chupó faros", "ese cabrón ya colgó los tenis". “¿Qué es lo máximo que puede ocurrirme, qué me maten, nomás?”, me dijo un mejicano, que me heló la sangre, en una época en que viviera en el país de los aztecas. 

Los mejicanos también gustan de exhibir los ataúdes en la acera de la tienda, como puede verse en localidades como Chalco, por ejemplo, y así en este plan. Aún más macabro resulta para un occidental, siervo del cristianismo y capitalismo, que alimentan la vida eterna, lo que ocurre en la India, como me recordó el amigo Ramón, que tuvo la ocasión de comprobarlo en Benarés, donde los vivos queman a los muertos en una hoguera, que a la vez les sirve para calentarse, y suelen lavar la ropa, incluso bañarse, en el Ganges, río sagrado y putrefacto, adonde van a parar algunos finados, amén de muchas porquerías. 

También en la Ciudad de los Muertos, en El Cairo, los vivos moran en las tumbas de los muertos con absoluta naturalidad. Por tanto, deberíamos aceptar la muerte como tal, sin aspavientos. Pero se nos bajan los ánimos cuando nos abandona gente buena como Saramago y Emilio Fernández. Van por ellos estas líneas.

jueves, 17 de junio de 2010

Amador Fierro

Sigo recordando. La memoria, esa fuente de dolor, y a veces de placer. Prefiero, no obstante, la memoria a la amnesia, prefiero recordar a no poder hacerlo, prefiero continuar rememorando a la jodienda de la demencia o el Alzheimer, que te deja fuera de onda y de juego. Aunque tampoco me gustaría ser Funes el memorioso, como aquel personaje que inventara Borges, el cual padece un insomnio monstruoso, que le impide eliminar recuerdos y olvidar. En ocasiones, resulta más sano olvidar. En cualquier caso, hoy, ahora, quiero rememorar a una persona, que para mí fue especial. Se trata de Amador Fierro. Lo cierto es que a medida que uno crece se le agolpan los recuerdos, o eso da la impresión. Es como si estos pidieran ser contados, porque uno siente la necesidad de contar y escribir. Como un"escribidor" que relatara todo cuanto ve, siente, piensa, observa, imagina, fantasea. Algo parecido a lo que hace el bueno de Joyce en su Ulises, a través de sus personajes principales o álter egos, Leopold Bloom y Stephen Dedalus. O lo que nos cuenta Sartre, en La Náusea, a través de su personaje Roquentin. "Escribo para poner en claro ciertas circunstancias...Hay que escribirlo todo al correr de la pluma".
León es una ciudad o "poblachón" -como diría nuestro querido Pedrín Trapiello-, que visité por primera vez siendo un “nazcrayín”, lo que me dejó entusiasmado. Un rapaz, sobre todo de pueblo, suele quedar impresionado cuando ve por vez primera una ciudad, aunque León no sea una ciudad grande.
Siempre he sentido gran afecto por nuestra capital provincial -aunque a veces la haya criticado, por tantas cosas-, tal vez porque tengo buenos recuerdos de la misma cuando era pequeño, y porque allí iban a vivir muchos paisanos, nocedenses que montaban sus negocios, como Molinete con el bar Noceda, en la calle Tarifa del Barrio Húmedo (hoy ya desaparecido), Tina la de Álvaro Furil, con su pensión de la plaza Mayor (que tampoco debe funcionar), o en tiempos más recientes Gelines la de Sicoro con su pizzería Tutto en la Avenida Padre Isla (aunque ya no está Gelines al frente)...
Por otra parte, estaban aquellos amigos de mis padres, Mercedes y Amador, que alguna vez me acogieron en su casa durante una temporada. Incluso recuerdo ir a recoger lúpulo en compañía de Mercedes. Pues ellos y sus hijos, Carlos y Alfonso, solían veranear en Noceda, cuando éste era un verdadero paraíso vaquero, con vacas pintas y lecheras legendarias, alejado del mundanal ruido.
En aquel tiempo desplazarse de León a Noceda era un viaje al fin de los tiempos, una aventura fascinante. Durante muchos años -tal vez veinte, que se dice pronto- perdí el contacto con ellos, hasta que un buen día me dio por llamar a Carlos, el hijo de Amador. Busqué su número de teléfono en la guía y lo llamé. Le pregunté por su familia, y fue cuando me dijo -hará ahora unos tres años- que su padre, Amador Fierro, había fallecido hacía unos meses. Se me encogió el corazón. Es como si me lo hubieran atravesado con un puñal. Por fortuna “hay muertos que en el mundo viven”, como él.
Carlos está casado felizmente con una berciana y es ferroviario, como lo fuera su padre, y Alfonso ejerce como médico. Carlos retomó contacto con mi familia, aunque cuando vino a Noceda, hace ahora cerca de dos años, yo no estaba. Andaría, a buen sguro, danzando por el mundo "alante". A ver si un día quedamos, querido Carlos, y nos vemos, después de tanto tiempo.
Guardo buenos recuerdos de aquel León de los 70, de la casa de Mercedes y Amador en el barrio de El Ejido, en el Divino Obrero, de alguna excursión a La Candamia -a la que no he vuelto, y eso que he estado miles de veces en León-, y alguna sesión de cine, viendo por ejemplo El Zorro, en compañía de Alfonso (Alfonsito) y Luis Miguel, el hijo pequeño de Lorenzo y Avelina. Avelina también era nocedense y familiar.
Cada vez que doy una vuelta por la Plaza del Grano, también rememoro aquel año, fiesta de San Froilán, en que mis padres, en representación del “Ajuntamiento” de Noceda, ganaron el primer premio con carro engalanado. Pero no lo recibieron ellos sino el entonces alcalde, que gustaba de acaparar la atención y lo que se terciara, que para eso era autoridad, y a las autoridades, en aquellos tiempos (y ahora también), les gustaba ejercer el poder, algo que me sigue trastocando las neuronas. Mientras, sigo recordando a Amador Fierro, con su sentido del humor y su generosidad. Un gran amigo. Un amigo de verdad.

miércoles, 16 de junio de 2010

Viaje de Atenas a Budapest

Acrópolis
Desde hace días he vuelto a escuchar música griega, aparte de música turca, argelina, tunecina, etc. Es como si me calmara y me hiciera ver la realidad de otro modo, tal vez más afectuoso. Ahora ando tras los huesitos de Alkistis Protopsalti y su Lava mou, que me sigue conmoviendo. Y escucho, cómo no, a las otras divas, Haris Alexiou y Elefthería Arvnitaki. A todas ellas he tenido el placer de escuchar/ver en conciertos. La música griega me hace recordar, ahora, aquel primer viaje a Atenas. Agosto de mil novecientos noventa y tres. Un año que dio mucho de sí, sin duda. Y me permitió viajar por esta Europa de contrastes en un Inter-Rail.
El ocho de agosto -lo recuerdo como si fuera hoy- acabé tomando un tren nocturno vía Budapest, qué locura, habida cuenta de la fecha y de los sitios que tuve que cruzar.
No se me ocurrió otra feliz idea que atravesar los terrenos bélicos y escarpados de Macedonia (Skopje) y Serbia (Belgrado). Quería acercarme a Budapest, y este era, en principio, el recorrido más corto posible. Aquello se convirtió en toda una odisea.
Nada más subir al tren, un astuto y joven revisor me esquilmó las pocas dracmas que llevaba encima, y aun cien francos franceses que guardaba en alguna carterina, so pretexto de reservar una litera, que después de todo me ayudaría a reposar la angustia de sentirme en un país sangriento. Me refiero a ex-Yugoslavia.
Dos noches, con sus respectivos días, permanecí en aquel tren derechito a la boca de algún infierno, cual si estuviera encarcelado en un departamento, eso sí, reservado para mí solo, qué lujo, después de todo, aunque no olvido que estuve sometido a continuos y farrogosos controles. Dos días a pan, agua, salchichas y queso, mis únicas provisiones, mirando la lluvia a través de las ventanillas del despacioso tren. ¿Quién se atrevía a apearse del tren en busca de comida y bebida? Dos días que se hicieron cuasi interminables. Y todo por querer arribar a buen puerto.
“Please, your ticket, your passeport”, me pidieron no sé cuántas veces durante el trayecto de Atenas a Budapest. Hasta que llegó el momento en que el Inter-Rail, mi billete de tren, no era válido en territorio ex-yugoslavo, a resultas, obvio es, de la división sufrida por el país. Entonces dio comienzo el baile de San Vito con la tropa militar y aguerrida moviendo el fusil. O pagas, o te echan a fogonazo sucio. Tu verás. Algo así te debiste decir.
Nadie te avisa de las penurias que te esperan, ni siquiera el revisor griego, que se muestra falso y coleguilla: “No problem, my friend”. Lo que tú digas, hijo de la gran chingada, pero estos guerreros de tren y jodienda me la están armando mocha a base de puta madre, la rehostia que os parió a todos...
El revisor tenía pinta de pícaro posmoderno, sonreía con cinismo y se le veía alegre haciendo maldades. Era un demonio albino, con pecas en el rostro y los ojos llenos de azul y de fuego. Tenía el hablar pausado y bacilón o vacilón. Era un vivalavirgen habituado, a buen seguro, a quedarse con los extranjeros atolondrados. Los griegos son mediterráneos con una gran chispa en el alma. A lo mejor el "controlador" no era griego. Eso nunca lo supe. Podría habérselo preguntado, ya puestos. Los países que se dedican al turismo al por mayor desarrollan temprano habilidades extraordinarias, lingüísticas, embaucadoras, melosas. Los españoles tenemos un algo de griegos y latinochés, mitad y mitad, que nos hace ser chulos y faramalleros en grado superlativo, que no se ofendan los que se sientan muy españoles.
Camilo José Cela solía decir que los españoles tenemos más parecido con los ingleses que con otros latinos, no estoy nada seguro, aunque si lo decía el Nobel de Literatura sus razones tendría, él que era hijo de inglesa, y eso, se quiera o no, pesa. Al fin y al cabo, cada cual es como es, y haber nacido en uno u otro país no es del todo definitivo. Si bien es verdad, hay algo en los países turísticos que no se encuentra en esas latitudes ensimismadas, que se encierran en sus cuartos a monologar con la existencia, como suele ocurrir con y en los países nórdicos, y como hemos visto en las películas de Ingmar Bergman y Dreyer, por ejemplo, países hechos a base de nieve e introspección, lectura, sueño y sonatinas de piano de cola. En los países fríos apetece enmañanarse en las sábanas; mientras que salir a la calle es toda una proeza. Lo contrario de lo que sucede en los lugares chachachá, meneíto "pacá", merenguito "pallá".
Hay algo en Grecia - a pesar de revisores "tracamandanas"-, que te cautiva y te hace sentir como en tu propio país. Hay algo en los griegos que te hace hermanarte con ellos y seguirles el juego. Capaces como lo son de darte el pego sin que se les dilaten las pupilas y aun se mantengan elegantes y serviciales... ¡Qué dejen de chingarme estos capullos con mi billete y sus pendejadas! y ¡qué se vayan a dormirla!
A una parejita de suecos, vecinos de compartimento trenero -de Estocolmo, creo recordar- les fue aún peor en el trayecto que a mí, porque a ellos les sonsacaron el poco dinero que llevaban, no pudiendo ya quedarse en Munich, como tenían previsto. A estos pardillos suecos les obligaron incluso a sacar un visado, unos cuantos marcos o dólares por cada uno. Es bien sabido que, en época de guerra, el ingenio se agudiza y el hambre aprieta. Se aprovecha el caos y el desconcierto que genera la situación, y el que la paga, pues que se joda y se aguante. Los sollozos de la sueca evitaron, al menos, que los dejaran tirados, a ella y a su novio, en tierras serbias. Y a mí, el ingenio avivado ante la adversidad -aunque quede atrevido decirlo así-, me ayudó a no quedarme desperrado, abonando religiosa y voluntariamente al revisor lo que, en ese momento inolvidable, me permitía mi ética y mis fondos (divisas), dejándome así respirar y pasando por alto, con absoluta certeza, mis picardías.
Panorámica de Atenas
Lo que parecía todo un despropósito y locura, se fue resolviendo poco a poco para bien. El revisor abusado desapareció durante varias horas, y cuando creía que se había apeado en cualquier lugar en guerra -oh error-, volvió a reaparecer, con su sonrisa y sus modales, entonces de niño casi bueno. My friend -me dijo-, en menos de una hora llegarás a Budapest. No me lo puedo creer. Era aún noche cerrada, y tras la ventanilla no intuía más que una pesadilla, acaso kafkiana.
Medio ensabanado en la litera, por decirlo de algún modo, con legañas en los ojos del mucho descansar y poco dormir, me incorporé. Hice alguna genuflexión, respiré hondo y me dejé llevar por la intuición. Nada malo me ocurrirá. El tren se paró en medio de la nada. No es posible, esto no es Budapest, esto es una tomadura de pelo. El "controlador" de tren sigue quedándose conmigo, qué cabrón. "Pero esto, my friend, no es Budapest", debí espetarle. "Sí, esto es la periferia de la ciudad", creí entenderle. Bueno, ¡si no queda más remedio! Me había habituado tanto al tracatrá, que me parecía imposible tener que abandonarlo. Volví a respirar el aire fresco de la noche y me armé de valor. "Esta es la estación de Ferencváros, my friend", me dijo. Vale, tío, lo que tu quieras. La estación de qué... Si hubiera estado puesto en fútbol, sabría y me sonaría Ferencváros -supongo que lo escribo bien-, pero desnortado como andaba, no entendía ni un carajo. Y me apeé. Vaya si me bajé del trenecito de marras. Bye, my friend. Goodbye.


Estación Keleti de Budapest
Aquella estación, no bien asomé el morro, se me hizo desangelada. Seguía sin amanecer, a pesar de ser agosto y ya una hora propicia para ello. Es probable que la negrura del lugar me impidiera ver el sol, o a lo mejor estaba saliendo por otro costado, como en Amanece que no es poco, y no lograba verlo. Se me acercó un tipo con cara de sacarme más cuartos. Si quieres -debió decirme-, puedo llevarte al centro de la ciudad. ¿De qué ciudad? Budapest. Ah... ya. Me acerqué a otra persona, siguiendo mi instinto de supervivencia, y le pregunté si donde estábamos, quedaba lejos de Budapest. "No, no está lejos", creí entender. Puedes coger un tranvía que te llevará al centro. Me fié. Esperé. Y al poco tiempo apareció un tranvía hasta los topes. Me subí, sin pagar ningún billete. Allí nadie controlaba. El revisor ya había quedado atrás, mejor dicho, adelante. Me dio la impresión de que el tranvía estaba dando algún rodeo de más -volví a interrogar a alguien si iba hacia el centro de Budapest-, pero al final llegó, llegué. Reconocí algunos edificios, respiré hondo y largo, y me bajé, ya contento, después de dos días y casi dos noches en un tren guerrero.

martes, 15 de junio de 2010

Instantes

Incluso con cuarenta y pocos años a cuestas comienzas a entender que la vida es demasiado corta y terrorífica, sobre todo para algunos. Entonces te entra la náusea y vomitas tus ilusiones en el lavabo. Por momentos el auto-engaño deja de funcionar y crees pensar con cierta claridad. 

Por mucho que intentes vivir, siempre te sentirás sometido al yugo existencial, al paso inexorable del tiempo, ese tiempo que aparece como un tanque de guerra en nuestros diarios y delirios más coherentes, un tiempo verde y precioso que se nos escurre entre los dedos del alma. 

El alma también tiene dedos y es capaz de tocar el piano del tiempo con aceleración cardíaca, a ritmo de infarto. Cada instante es único, irrepetible, aunque nuestra vida sea a menudo extremadamente rutinaria. “Yo no tengo próxima vez -escribe Bioy Casares en La invención de Morel-, cada momento es único, distinto, y muchos se pierden en descuidos”.

 Cuántos momentos perdemos en nuestra vida. 
Uno nunca o casi nunca vive la vida que soñaba en la más tierna infancia, cuando creías en los héroes y las hadas madrinas, cuando aún creías que algún día llegarías a volar como los pajaritos. Los ideales, desafortunadamente, se van desvaneciendo con el paso del tiempo. Entonces, no nos queda más remedio que aceptar nuestra condición de mortales. Tenemos que aceptar que somos seres limitados, vulnerables.

Hay un poema de Jorge Luis Borges (o atribuido a él, porque se dice que la autoría real le corresponde a otra persona) que me sigue poniendo los pelos de punta. Es un poema que a uno le hubiera gustado escribir. Lleva por título “Instantes”, como el texto que ahora intento escribir. Es un poema muy conocido, que hasta se llegó a utilizar en algún anuncio televisivo. El poema dice así: 

Si pudiera vivir nuevamente mi vida, 
en la próxima trataría de cometer más errores. 
No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más. 
Sería más tonto de lo que he sido, 
de hecho tomaría muy pocas cosas con seriedad. 
Sería menos higiénico. 
Correría más riesgos, 
haría más viajes, 
contemplaría más atardeceres, 
subiría más montañas, nadaría más ríos. 
Iría a más lugares adonde nunca he ido, 
comería más helados y menos habas, 
tendría más problemas reales y menos imaginarios. 

Yo fui una de esas personas que vivió sensata 
y prolíficamente cada minuto de su vida; 
claro que tuve momentos de alegría. 
Pero si pudiera volver atrás trataría 
de tener solamente buenos momentos. 

Por si no lo saben, de eso está hecha la vida, 
sólo de momentos; no te pierdas el ahora. 

Yo era uno de esos que nunca 
iban a ninguna parte sin un termómetro, 
una bolsa de agua caliente, 
un paraguas y un paracaídas; 
si pudiera volver a vivir, viajaría más liviano. 

Si pudiera volver a vivir 
comenzaría a andar descalzo a principios 
de la primavera 
y seguiría descalzo hasta concluir el otoño. 
Daría más vueltas en calesita, 
contemplaría más amaneceres, 
y jugaría con más niños, 
si tuviera otra vez vida por delante. 

Pero ya ven, tengo 85 años... 
y sé que me estoy muriendo.

A decir verdad conviene no tomarse demasiado en serio esta vida, que con frecuencia se vuelve absurda y dramática. Como la guerra y el horror que en cierto modo todos hemos sufrido, estamos sufriendo, porque nunca la paz reinará en este mundo de caníbales y reyes, psicópatas y endiosados. 
Es primavera avanzada, casi verano, y me estoy muriendo de ganas por viajar, volar, tal vez a algún lugar lírico.

Como en casa



























Hay países y ciudades que a uno se le antojan familiares. Este es el caso de Marruecos y Marrakech, donde resulta, cuando menos, curioso ver autobuses Alsa por toda la ciudad roja. Es Marruecos un país tan cercano en lo familiar, que uno se encuentra como en casa, incluso me da la impresión de haber vivido alguna vez en mi vida, tal vez en otra vida, en esta tierra (eso que uno no cree en la reencarnación ni en nada o casi nada), aunque sea éste un país desconocido para muchos españolitos, que se sienten asépticamente europeizados, y ahora relamidos por la crisis en que nos han metido los tiburones, véanse sobre todo los bancos, quienes los miman, y toda la tropa de corruptos y mangantes que existen en este país, reino de taifas. "Dicen los tiburones o ricos que hay dios, no hay dios, no, dios es el dinero", solía/suele decirme mi padre en portugués brasileño, él que tuvo la suerte de vivir y conocer Brasil, otro destino apasionante, sin duda.


Cuando era un niño soñaba con un sitio como Marruecos, y cuando lo descubrí por primera vez me quedé impresionado, y aún sigo cautivado, aunque no sea oro todo lo que reluce en Al Maghrib. Ya sabemos que los fanáticos islamistas, los tiburones, quienes mandan, son unos osados, y la población está sumida en la ignorancia, con ese miedo o temor que causa una religión anclada, en tantos aspectos, en el Medievo. Aunque me entusiasma visitar Marruecos, pues es un sitio de gran belleza, en el que se vive de otro modo, conviene ser crítico y analizar todo. De lo contrario, ya me hubiera ido a vivir allí. Algún día puede que me lance a la aventura. ¿Cómo podría sobrevivir en Marruecos? ¿Impartiendo clases de castellano? Tal vez en el Instituto Cervantes que está al final de la Avenida Mohamed V, en Guéliz. A propósito, el próximo 19 de junio se celebrará el día del español/castellano en la ciudad de Marrakech.



Por lo demás encuentro muchas similitudes entre el Bierzo de hace treinta años y nuestro vecino del sur. Entonces los rapaces bercianos -al menos los del Alto-, y los marroquíes compartíamos hábitos, y en cierto modo una forma de vida. Como anécdota diré que también los bercianos apechugábamos en la casa, en el campo, o lo que fuera menester, teníamos disciplina, éramos respetuosos con los mayores y nos encantaba jugar en la calle, al fútbol, opio del pueblo, aunque fuera con algún bote de plástico, y montar en una bici varios a la vez. Siempre había alguno que se sentaba en la barra de la bici, como seguimos viendo a los guajes marroquíes, incluso en ciudades como Marrakech. La vida entonces era natural, olorosa, incluso jodida, como lo es en Marruecos para la mayoría de sus ciudadanos, habituados a vivir en condiciones precarias, cuando los ricos, una minoría, viven en un lujo ensoñador, y ejercen un poder que resulta hipnótico y deslumbrante para el pueblo. Esta es la terrible realidad. Incluso en el Bierzo algunos rapacines andaban medio descalzos y medio desnudos, con los mocos colgando. Pero de esto ya nadie se acuerda, porque nuestra amnesia funciona como una apisonadora. Ahora todos nos creemos burguesitos, y así nos luce el pelo, siempre viviendo por encima de nuestros posibles, incluso/sobre todo materiales, fantasmas que somos, construyendo castillos en el aire, como a buen seguro nos diría algún gabachín, que sí tiene por costumbre o cultura poner los pies sobre la tierra, materialistas y racionales que son los franchutes. No en vano ellos han heredado toda una filosofía fundamentada en el análisis. Pero esto es otro cantar, que da para algún cancán.


El pueblo marroquí, sobre todo el berebere, me recuerda al berciano de hace algunos años. La gente, por lo general, es afectuosa, hospitalaria, sencilla, y te ofrecen lo que tienen porque están habituados a compartir, a complacer al visitante, que esté dispuesto a ofrecerles su amistad. Cada vez que visito este país se me trastocan las neuronas, y siempre encuentro a gente maravillosa, que abre su alma, como el camarero berebere del Toubkal o Ibrahim, y me ayudan a conocer su cultura, su forma de ver la realidad.


Lástima que uno viva alejado de la ciudad roja, con el Atlas al fondo, y de esa plaza legendaria y ahora bien dispuesta, Jemaa-el-Fna, declarada patrimonio oral e inmaterial de la Humanidad por la Unesco gracias al escritor español Juan Goytisolo, que vive tan ricamente cerca de esta plaza, medineando, escribiendo, contemplando la vida desde la terraza del Café de France. La Jemaa como espacio vital que vibra día y noche, al ritmo de los gnauas, que me hacen recordar a los tamboriteros bercianos, y donde uno acaba encontrando su lugar.

lunes, 14 de junio de 2010

El Atlas


Cada vez que pienso en la palabra "Atlas", mis huesitos bailan un o una samba en la punta nevada de alguna ilusión montañosa. Qué gozada. Recuerdo aquellos mapas-Atlas en los que se aparecía contenido el mundo en todo su esplendor, entonces era un guajín ansioso por recorrer mundo, aunque sólo fuera sobre el papel. Se dice que Verne, Julito, hizo tantos y más viajes, al fondo de la tierra, a la luna y alrededor de la tierra, provisto de libros, documentos varios y sobre todo buenas dosis de ingenio y fantasía. Viajar siempre procura intensas emociones, aunque el viaje sea nomás al fondo de la mente, un trip psicodélico hecho de psicotropía y fluidos rosa.


Aquel "Atlas" antiguo, que aún conservo en casa, me sigue invitando a viajar, a volar en busca de nuevos horizontes y alegrías, estimulaciones y aromas. Luego llegarían las lecturas de Tartarín de Tarascón, aquel personaje pintoresco y aventurero, dispuesto a cazar un león en el Atlas, lo que me abrió una nueva vía para alcanzar la utopía o la cima de alguna montaña, que quizá sólo fuera Gistredo, qué lírico nombre, o el pico Catoute.


Cuando viajo a Marruecos (ese país que ya había visto y sentido con las entrañas cuando era un niño, sin haber puesto un pie en él) -lo hago con cierta frecuencia, siempre que puedo-, intento asomar el morro al Atlas, incluso al Alto, cuyo punto más elevado es el Toubkal, que también da nombre y sabor a un entrañable restaurante de Marrakech, con vistas espectaculares sobre el caos sagrado de la animación, que es sin duda la Plaza de Jemáa el Fna, patrimonio oral e inmaterial de la humanidad.

El Atlas me sigue fascinando, como cuando era un rapacín, y lo veía sólo en mi imaginación y en aquellos mapas escolares.

La "unidimensionalidad" de la especie



La unidimensionalidad del hombre (y de la mujer, que nadie se ofenda) hace tiempo que llegó al Bierzo. Lo unidimensional ha llegado, desgraciadamente, a casi todos, a todos los rincones de la tierra. Todos uniformados, embutidos en un traje único, clones de rebaño, moral de rebaño, ovejas que sestean en la pradera de los dineros, guita que bala un vals hortera y miserable. Hace timpo que sabemos que el patrimonio genético, en un porcentaje elevadísimo, es compartido e idéntico en todos los seres humanos. 

Lo unidimensional se extiende por el orbe desde que Marcuse nos abriera los ojos. En El hombre unidimensional, de los sesenta del pasado siglo, quizá su obra más famosa, nos presenta una sociedad capitalista “avanzada”, con falta absoluta de sentido crítico. El consumismo nos ha convertido en seres cada vez más adaptados e integrados al sistema. Ya no hay espacio para la oposición y la crítica, porque la sociedad unidimensional “integra en sí toda auténtica oposición y absorbe en su seno cualquier alternativa”. En ella se da “una confortable, tersa, razonable, democrática no libertad”. 

El capitalismo avanzado ejerce su dominio, su control total, de un modo sutil, manipulando nuestros deseos y nuestras necesidades. “No sólo determina las ocupaciones, las habilidades y las actitudes socialmente requeridas, sino también las necesidades y las aspiraciones individuales”. 

Los políticos de derechas e izquierdas se pelean como gallos en el OK Corral, pero no llega la sangre al río, porque tanto unos como otros -con sus matices y diferencias- están en el mismo barco a la deriva, sin saber como llevar a buen puerto esta sociedad sin valores, sin espíritu y sin norte. 

La izquierda es un mito, como ya nos anunciara el maestro Gustavo Bueno, y la derechona, sangrante y sangrona, corrupta al por mayor, es cada día más extremista. Qué miedo. Si unos nos llevan a la bancarrota -a los de a pie, claro está, que los ricos siempre lo serán, cada día más-, otros pretenden meternos en vereda. Vaya panorama. Pero es que los políticos son fiel reflejo de la sociedad. Si somos como somos, que esperamos de nuestros regidores, acaso que nos salven de la quema. Como uno por sí mismo no se salve, y resulta harto complicado, ¿quién te echará una mano?
La unidimensionalidad ya se impuso hace años. Y la gente peculiar se extingue en el Bierzo, y aun en el resto de lugares españoles. Aún quedan algunos por estos pagos, pero poco a poco van estirando la pata. La muerte, que es una cabrona, no perdona ni a Cristo bendito, que en gloria esté. Acarreamos la muerte como el estiércol que va a parar a la tierra. Y abonamos nuestros sueños baldíos con agonía. 

La homogeneidad de la especie humano-animal, a través de los medios de comunicación de masas, está acabando con todo bicho viviente, eso parece, y sobre todo con aquellos seres que se sentaban al amor de la lumbre a hilvanar historias, en lunas de calecho y filandón, a la sombra de un corredor, qué idílico, una estampa hermosa, cuando el sol lucía espléndido en las calurosas tardes de verano. o al amor de unas lámparas. Como si bajáramos al Moro, a esa mítica plaza que es la Djemáa el Fna.
Aún recuerdo a aquella señora de toquilla negra y blancas melenas que me iniciara en la lectura del catecismo y el Silabario Viejo. Aún recuerdo a aquellas personas a las que escuchaba, boquiabierto, cuentos de hadas buenas y ogros sacamantecas. Se me ponían los ojos como platillos volantes. Dispuestos como estábamos, los chavalines, a tragarnos toda la historia universal en forma de cuento oral. La oralidad como sabiduría que te conmueve. 

Presto a saborear las palabras de una persona cargada de años, con experiencia y, a veces, con mucha sabiduría. La sabiduría que dan los años bien llevados. La sabiduría que uno adquiere cuando ha sabido vivir y ha dejado vivir a los demás. Lejos estamos de todo aquello. 

En un quítame allá esas pajas, hemos pasado de la vida perfilada con la textura del calor humano al Internet y los cables satélites, la globalización de la aldea. Se impone la indiferencia glacial y nuestros huesos se congelan sólo de pensar en la deshumanización de nuestra especie.

jueves, 10 de junio de 2010

Fellini, mago y prestidigitador

Fellini, a quien lloré cuando se murió, fue/es un padre-maestro para mí. Y supongo que para muchos cinéfilos, porque su cine es especial, único, genuino. A veces siento que sus recuerdos, sus sueños, sus fantasías son mis propios recuerdos, mi infancia recuperada, la única patria verdadera. Y su Amarcord, película por la que siento debilidad, es como mi subconsciente cinematográfico, que estuviera filmando el universo mágico del Bierzo, poblado de personajes conmovedores, como el abuelo perdido en la niebla, que en realidad se encuentra al lado de la puerta de su casa; La Gradisca, la Volpina, el acordeonista ciego; el tío loco, que se sube a un árbol para gritar desesperado: voglio una donna, hasta que una monja, menudita, logra bajarlo a tierra. A uno, en verdad, le hubiera gustado filmar y firmar esta entrañable cinta, que me sacude las vísceras cada vez que la veo, y la he visto en muchas ocasiones. Es tal su fuerza, su magia, redoblada por la música de Nino Rota, que te hace reír y llorar a la vez.

Fellini, a quien no tuve la fortuna de conocer -aunque lo intenté en uno de mis viajes a Roma, a su Roma, a los estudios de Cinecittà-, es como un padre inventado que te enseñara a mirar a través de la ventana de los espíritus, al fondo de la libertad, a escuchar una sinfonía uterina de colores y olores, a sumergirte en el mar de las sinestesias, su mar simbólico (tan presente en su cine), a jugar con la caricatura de la realidad en el trampolín de la muerte y hacer malabares y piruetas circenses, siempre con el sentido del humor a flor de piel, a adentrarte, en definitiva, en el mundo del circo -su gran pasión-, como vemos por ejemplo en La strada (otra de sus legendarias pelis, con su musa Giuletta Masina y Anthony Quinn) o en Ginger y Fred (magnífica sátira contra la televisión basura, invadida por toda suerte, mejor dicho desgracia de frikis, cual si estuviéramos en cualquier plató actual de la televisión española).

Aunque intenté dar con el maestro en Cinecittà, su decorado preferido, no hubo suerte, y tuve que conformarme con hacerme un retrato a la entrada de estos grandes estudios de cine, situados en la vía Tuscolana, a las afueras de Roma, una foto que guardo con cariño. En mis siguientes viajes, a la ciudad de las fuentes y las plazas, volví a sacar alguna foto más de Cinecittà.

A veces siento que el Bierzo -¡oh, qué maravilla, parece un decorado!- podría haber sido un universo fellinesco o felliniano, un jardín de las delicias habitado por seres poéticos y fantasmales, que a su vez decidieran exiliarse entre los muertos en el nicho de un cementerio, tal vez con la intención de rellenar el vacío y la nada existenciales, como le ocurre al profesor de música de La voce della luna. Como les ocurre a esos personajes fúnebres de E la nave va, ese viaje a ninguna parte, o a Toby Dammit y Casanova, seres muertos en vida. A veces siento que los bercianos somos, como el cine de Fellini, un espejo que nos devuelve una imagen esperpéntica y bufona, una pintura clownesca y lunática que mostrara al desnudo la mezquindad del paletismo y el poder despótico y cómico de algunas entelequias provinciales.

Fellini, que nunca abandonó su condición de periodista, se nos presenta, a través de algunos de personajes o alter egos como el colosal Mastroianni, como un cronista-director. Véase por ejemplo Otto e mezzo o La dolce vita.


No en vano, Italo Calvino, cuyo sentido de la observación solía ser mordaz, escribe que “la fuerza de la imagen en las películas de Fellini tiene sus raíces en la agresividad redundante e inarmónica de la gráfica periodística”.


Fellini-Satyricon (versión libérrima de la interesante obra de Petronio), Fellini-Roma (reinventada y reconstruida como un sueño delirante, alucinatorio), Fellini-Amarcord (amore e ricordo, su propia autobiografía sublimada, fantaseada) es ante todo un mago y un prestidigitador que sabe jugar como nadie con las fantasías y los sueños. Y nos sumerge en las coloridas y poéticas aguas de la hipnosis: el cine como sueño.

sábado, 5 de junio de 2010

Blanca Andreu























Mientras escucho a una de las divas de la música griega actual, Eleftheria Arvanitaki, me acuerdo de Blanca Andreu, musa de las letras, poeta coruñesa bañada por la luz mediterránea, que hace unos días se acercó a la capital del Bierzo Alto, con motivo de Tardes de Autor, y nos sumergió en las cálidas e inspiradoras aguas de Grecia, ese país mítico y entrañable, "paraíso de la estética mediterránea", que tanto me emociona, desde que descubriera aquellos libros de Gerald Durrell, El Coloso de Marusi, de Miller y algunos viajes al país de la filosofía clásica, al centro mismo del saber, del logos, de la racionalidad, aunque ahora Grecia sea tal vez un país menos racional, más visceral y bronceado por una belleza sensitiva, sensual, despreocupado de su historia, esencial, definitiva, descuidado incluso con sus ruinas gloriosas, grandiosas, pues en el año de 1993, la primera vez que puse los pies en Atenas, daba la impresión de una ciudad bulliciosa, caótica, y poco mirada con sus piedras históricas. Como si viviera de espaldas a su pasado. Transcurridos algunos años, luego de aquel primer viaje, Atenas resurgió de sus cenizas y sus piedras, con un lavado y planchado de rostro, aunque ahora nos dicen que Grecia se está hundiendo otra vez. Pero esto daría para mucha tela que cortar.


Atenas -llegó a decir Andreu, según mi reinterpretación- es como un barrio periférico de Madrid, que se hubiera trasladado a un lugar donde sobresalen dos impresionantes colinas, la Acrópolis y el monte Licabeto, desde donde la ciudad se abre como un sueño blanco.


Blanca nos leyó algunos emocionantes poemas con aroma griego, como la Oda a los perros de Atenas, que en su día dedicó a Vicente Ferrer, ser que irradiaba amor, según ella, y que fue/es un gran ejemplo, un modelo para los ecologistas, un verdadero símbolo de ayuda a los demás, por sus implicaciones con la India, que hoy sigue en pie gracias a su Fundación, creada a finales de los noventa.


Blanca Andreu, con sus palabras inspiradas y vivas, con su aliento de poeta sensible e inteligente, nos invitó a viajar a Atenas, a Grecia, a alguna de sus islas, y eso nos resultó balsámico. También nos adentró en el universo de Shakespeare y aun en el de Miguel Hernández. "Si desapareciera todo atisbo de Orihuela -creo recordar que me dijo Blanca-, siempre quedaría el gran Poeta Hernández, con su escritura tan personal", genuina, me atrevería a decir.


Con una primera edición de El Señor de Bembibre en la mano, cual si fuera la Biblia, Blanca se nos presentó y reveló como una enamorada de esta novela histórica y romántica, ambientada en el Bierzo, que su familia ha ido leyendo a través de los años, y que parece haberle marcado.


Gracias, Blanca, por habernos obsequiado tu preciado y precioso tiempo, el tiempo de la poesía, en una Tarde llena de reflexión y sensibilidad hacia lo bueno/bello. Hasta siempre.