Páginas vistas en total

miércoles, 26 de mayo de 2010

Cómo se podría escribir una columna de opinión

Nos contaba el maestro Umbral, quien tal vez fuera nuestro mejor columnista en lengua castellana/española, que el artículo y/o columna tiene que ser un rastro de actualidad, algo que se enciende como una noticia, se remonta como un ensayo y se resuelve en una metáfora o un endecasílabo conceptual. Esto que a primera vista podría parecer harto sencillo, en modo alguno lo es. Y se requiere mucho entrenamiento para llegar a escribir columnas o textos breves como lo hacía el propio Umbral.

Umbral, que era un magnífico poeta escribiendo en prosa, entiende por endecasílabo conceptual esa frase final, rúbrica, que sintetiza todo lo anterior y, en ello, una idea del mundo, una verdad momentánea, una iluminación tan intensa como las que tuviera Rimbaud, por veracidad o por estilo.
A uno, dicho sea de paso, le gustaría parecerse a Rimbaud en lo que tiene de iluminado y aventurero, y a Henry Miller en su modo de contar y emocionarnos con su prosa, en su vida bohemia y libertaria.

Sabido es que Miller reconoce en Rimbaud a uno de sus maestros. Léase ese revelador ensayo, El tiempo de los asesinos. Por su parte, Umbral se sentía deudor de Miller.

En la columna del columnista profesional tiene que haber una idea central -según Umbral-, o argumento secreto, o un anillo finísimo de oro/plata/cobre que presida o articule toda la aparente dispersión snob de lo que se cuenta o reflexiona, pues, de no ser así, caeríamos en lo que Unamuno llamaba “una prosa desmedulada”, un escribir por escribir, que es en lo que uno no debe caer, pues de ser así la columna sería una mierda pinchada en un palo. Y tal vez no sería ni siquiera una mierda.

Escribir por escribir es algo que hacían durante los años 40 del franquismo muchos articulistas de la Prensa del Movimiento, y lo que hacen hoy algunos enchufados ilustrados del sainete nacional, sin preocuparse jamás de que aquello tenga una composición circular, coherente, porque el artículo, como el soneto -nos sigue recordando Umbral- es una rosa tipográfica, una cosa geométrica.

El articulista nato suele ser manierista porque nunca ataca frontalmente las grandes ideas o los grandes hechos de la actualidad, sino que les entra por el costado sangrante de una minucia, de un detalle mínimo, de una anécdota sobre la que, luego, su oficio o su talento, hará descender el cielo dorsiano -o antidorsiano- de las categorías.


Partir de lo pequeño para alcanzar lo grande, dar más importancia al bodegón o naturaleza muerta de lo que se va a comer, que a la escena central (y remota) que motiva el cuadro, es un perspectivismo típicamente manierista, y que todo buen escritor de periódicos aplica, sabiéndolo o sin saberlo, con más o menos éxito, según los casos.

D’Ors, por la suya, también nos deja sus Glosari (hazaña casi nunca superada en el periodismo peninsular).

martes, 25 de mayo de 2010

El harén de la talla 38

Muy pocos/as parecen acordarse de nuestra historia "velada", hecha de negrura y luto por muchos réquiems de muertos, algunos tirados en la cuneta, otros tantos fusilados, enterrados incluso vivos. Como queda constancia por tantos testimonios, y por multitud de fosas comunes. Historia fratricida, la nuestra, como para echarse a temblar. Y ahora todo quisque se escandaliza si una rapaza musulmana lleva velo en la testa. Que cada cual se vista como le apetezca. ¿O no? Acaso se mete el paisanaje con las niñitas que enseñan braga por encima del pantalón, o muestran ombligo con piercing, o lo que se tercie. Acaso el gentío bien pensante se mete con un rapaz por llevar los pantalones caídos, que, de tanta bajura marina, parece que se fuera a dar un hostión en el acantilado de lo surreal. 

Cuánta mojigatería y cuánta formalidad en este país hecho a prisa en lo democrático, y en tantas otras cosas... Y, por si fuera poco, también en Occidente -en la decadencia de Occidente, Europa ha muerto- hay una suerte, o mejor dicho desgracia, de harén, según la ensayista marroquí Fátima Mernissi (Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2003), para quien los cánones de belleza del mundo occidental pueden humillar y/o herir a una mujer desde un punto de vista psicológico. 

Las mujeres occidentales, según la autora marroquí, también están sometidas a reglas rigurosas, como la dieta, pues la talla 38 acaso sea una restricción aún más violenta que el velo musulmán. 

La moda, en todo caso, impone cánones estéticos que acaban convirtiendo a las chicas en puros maniquíes de pasarela, sin chicha, con una figura esquelética, que en ocasiones genera auténticos desequilibrios mentales, véase la tan cantada anorexia mental, que no es un trastorno de la alimentación, como se cree, sino un severa patología de la psique, que mucho tiene que ver con el sometimiento a la talla 38 y a un modelo aniñado y frágil como ideal "puro" de belleza femenina. 

Si en el mundo musulmán la dominación sobre la mujer se ejerce por medio del espacio -viene a decirnos esta pensadora-, en Occidente se da a través del tiempo: Una mujer debe de ser siempre joven y bella, aunque para ello tenga que romperse literalmente la cornamenta contra los muros insalvables de la bien civilizada y manipuladora, consumista y vendida sociedad capitalistoide. 

La dominación resulta harto sutil porque no se obliga -en la sociedad occidental, claro está- a que una mujer pase hambre (saturada como está de grasamen y colesterol malsanos) pero se rechaza a quien se aparta de la norma imperante, digamos estética, que convierte a la mujer, una vez más, en objeto de exposición, de deseo, que tiene que estar continuamente luchando para parecer una adolescente atractiva, una esclava del harén 38, a los ojos del macherío andante, a los ojos de esta sociedad/"suciedad" vendida hasta las trancas a un sistema vicioso y perverso.

lunes, 24 de mayo de 2010

Harén

Ahora que a todo cristo le da por salir del armario -cada uno que salga de donde le venga o le entre bien-, a este menda se le ocurre que, con las muchas mujeres lindas y cariñosinas que hay por el mundo “alante”, encetando la hornada por el Bierzo -si es que cada día las chicas están más lindas-, lo mejor sería montar un harén. 

Pido disculpas por adelantado si alguno o alguna se ofendiera por largar este pensamiento.

En estos tiempos de cruzadas no conviene airear ciertos asuntos, mas echar leña al fuego de vez en cuando aviva el espíritu, pues no sólo de pan y buenos alimentos vive el hombre, sino de la estimulación que procuran las mujeres, diosas del universo.

La mayoría de la gente no piensa -esto es un decir- y en cambio actúa, incluso comete barbaridades sin cuento, de forma que montar un harén, si nos dejan, podría entrar en la llamada lógica bien-pensante. Si al personal le da por salir del armario, porque uno, que es un ser bien normalito, no va a adentrarse en las alcobas alfombradas de la sensualidad y en los vergeles rosados del amor.

Confieso mi admiración por el erotismo islámico y la voluptuosidad que imprime el ateísmo revolucionario a la sociedad cubana. Por ejemplo.

A propósito de armarios, recuerdo que siendo un niñín gustaba de meterme en los armarios en ese juego de “escondite” que tanto apasiona a algunos chavalines. Qué extraordinario juego era el escondite. Luego mis papás se tiraban un buen rato buscándome hasta dar con mis huesos de infante penitente y algo pendejín.

En el fondo, a uno siempre le ha gustado entrar, aunque en ocasiones conviene salir de estampida. Qué remedio. No tengo nada en contra de los “homos” -perdón ahora se les dice gays-, incluso he conocido a muchos a lo largo de la vida. Algunos eran bisexuales. O tal parecían. Como un gran tipo que conociera en el Reino de Disney, que por lo demás tenía una novia guapita y cachondísima. O una rapazona que conociera en Dijon, devota de Miller y Anaïs Nin.

Ser homosexual, además, no es algo que uno elija, como se eligen algunas cosas. Me parece. Pido disculpas, una vez más, por si no estoy atinando con el tema. Uno se excita o no se excita, le pone o no le pone el mismo sexo.

En cualquier caso, creo que no debemos reprimir nuestros instintos más primarios, que luego se engendran monstruos, y no hay quien los pare. Aunque -bien pensado- si no los reprimiéramos, esto sería la rehostia. No olvidemos, tampoco, que nuestra voluntad, aun siendo mucha y buena, está en función de las circunstancias. Los reclusos y toda suerte de encerrados saben lo que ocurre en estas situaciones. A estas alturas del partido no vamos a ser más papistas que el Papa Benedictino, Dios santo.

Sólo los imbéciles y los “fachistas” podrían estar en contra de los homosexuales. Lo digo en serio. Cada cual que sea lo que quiera ser. Esto me parece más acertado. Y sobre todo que disfrute con su sexualidad. 

Más a uno le encantan las mujeres, qué se le va a hacer, sobre todo las chavalas hermosas cuyo perfume enciende nuestro diosecito del amor.

miércoles, 19 de mayo de 2010

¡Escribir, vaya tontada!

Hace tiempo alguien me dijo que escribir es una "tontada". Lo de tontada lo pasaré por alto. Para qué tener en cuenta semejante tontería, valga la "rebuznancia" de asno acaballado a la grupa de lo ridículo. Pero lo de escribir no lo saltaré a la torera. Por ese aro no pasará mi ánima de rejoneador. En todo caso, podría hacerle una verónica y aun otra chicuelina, como sugieren los más castizos estilos toreros. 

Es probable que escribir sea una tolada, sobre todo si uno no lo hace tan bien como Dostoievski, pongamos por caso. También es cierto que una cosa es escribir lo que a uno le gusta, y otra es escribir lo que le agrada a los demás. A veces hay suerte y se llega a una feliz coincidencia. Ya se sabe que no es lo mismo escribirle una carta a una señorita, sobre todo si esta es dulce y tierna, que escribir algo para presentarlo a un certamen literario, o para entregárselo a algún diario o editorial. A veces uno hace piruetas lingüísticas y le sale amor por todos los entresijos de la psique. Huelga decir que a una señorita, sobre todo si está de rechupete, se le debe escribir con el pulso, temple, equilibrio o propiocepción que da una mano juguetona, capaz de componer versos y trazar renglones aun en los papelajos más amarillentos. A tu Dulcinea lo mejor es escribirle a mano y con la tinta de tu propia sangre/semen, que así es como le gustaba escribir a Ramón Gómez de la Serna, o al propio Nietzsche: “yo amo sólo aquello que alguien escribe con su sangre” (Así habló Zarathustra). "Amo todo lo que fluye", escribe Henry Miller en su Trópico de Cáncer.

Escribir a mano, según el Umbral de Los cuerpos gloriosos, es como hacerse "chicuelinas". Un ejercicio sano, onanista y placentero. Y escribir a ordenador es como ir al Lukács gyógyfürdó, en Budapest, o a un hamam turco o marroquí a que te hagan un masaje en toda su variedad de estilos. Lo mejor es probarlos todos. El manco de Lepanto se las ingeniaba muy bien, dicho sea de corrido, con una sola mano. Una mano inteligente puede dar grandes glorias a la humanidad. Lástima que en el mundo haya muchos botarates incapaces de utilizar las manos con inteligencia, y sólo les sirvan para arrear guantazos y empuñar pistolones.

Escribir es acostarse con las palabras, acariciar los verbos, besar a las conjunciones en los párpados de los ojos. Es hacer el amor con cada una de las frases que se van construyendo. Escribir es un acto de amor, según Jean Cocteau. Me encanta hacer de la sintaxis diván de perversiones. Las palabras son mis musas, mujeres de a diario. Bien mirado, no estaría nada mal hacer con estas palabras una cama redonda, un “ménage à plusieurs”, o un harén lingüístico. Continuaré con el harén.

martes, 18 de mayo de 2010

El laísmo la la la

El laísmo no es un movimiento de vanguardia, como lo fueran el surrealismo, dadaísmo, cubismo y aun otros muchos ismos, aunque pudiera creerse que el laísmo, si se analiza bien, tiene mucho de surrealismo lingüístico, y sobre todo de surrealismo dalianiano, pues era Dalí un tipo al le importaba un “carallo” si las palabras se escriben con “be” o con “uve”, con “hache” o sin ella. Que el personal hable en un laísmo constante y malsonante no debería alarmarnos en principio porque si vemos la televisión, escuchamos la radio o leemos los diarios hasta los presentadores y aun otros muchos periodistas y comunicadores le arrehostian unas patadas al lenguaje que nos hielan la sangre.
Que cada cual hable como le salga de la punta de las entretelas, aunque no se entienda ni Cristo bendito, que es más o menos lo que ocurre con el euskera que se habla en un caserío y el que se habla en otro.
El laísmo es un vicio bien extendido en la provincia de León, y sobre todo en la ciudad, aunque en Valladolid y Madrid el laísmo también es común y frecuente entre la población. Siempre se nos dijo, cuando éramos unos renacuajos, que donde mejor se hablaba en España era en Valladolid. Que me disculpen, pero eso sería en tiempos de Franco o cuando Cervantes escribiera el Quijote. Por fortuna, en el Bierzo no le damos al vicio del laísmo, aunque le demos a otros vicios y perversiones linguales. En cambio, en la ciudad de León la gente utiliza el la la la hasta para cocinar los verbos en el microondas de las sorpresas: “la dije que viniera esta noche,” “la compré un traje guapísimo”, “la escribí un correo el otro día”, “la leí un cuento fantástico”, y así en este plan hortera y finolis, que viste moda pija y queda en boca de quien así habla como una cagada de vaca charolesa, por ejemplo.
Esto del laísmo, además de ser una metedura de pata hasta el corvejón del lenguaje, es como un afán por parecer distinguido y bien hablado, y un deseo inconsciente o subconsciente de feminizar el palabrerío. Pues, feminicemos diciendo la médica, la estudianta, la música (al referirse a una mujer músico) y hasta la "miembra", etc; ahora que tiene gancho el feminismo entre la intelectualidad y politiqueo andante.
Pero prosigamos con el laísmo la la la, que nos hace recordar a la Massiel de la Eurovisión y al oh là là de los franceses, quienes, además de feminizar la lengua, distinguen a la perfección lo que es un indirecto de un directo, y jamás se les ocurriría decir “la dije”. Siempre dirán “le dije”. Así son los gabachines.

lunes, 17 de mayo de 2010

Negar el pan


“Un cacho de pan no se le niega a nadie”, se decía en el Bierzo cuando el Bierzo era un sitio idílico. Bueno, quizá se siga diciendo ahora, aunque no se oyen las voces con tanta nitidez. “Un tamalito no se le niega a naide”, se dice o se decía en Méjico, ese país riquísimo, en todo o casi todo, y en manos de cuatro "tranceros", amén de los narcos y otros.
A decir verdad, no se le debería negar el pan a nadie. Sin embargo, la realidad es otra. Ocurrió, hace ya algunos años, algo que me dejó trastocado en la estación de tren de Burgos, luego de un largo viaje por la Europa de contrastes "alante". Llegué a Burgos de madrugada. Mientras esperaba el enlace para Ponferrada, me dio tiempo a tomar un café. Debido al retraso del tren, algo habitual en "aquella" Renfe, hubo tiempo para entablar conversación con dos tipos. Un hip hopero, chutado hasta la médula, madrileño fanfarrón, que me contó su aventura rapera en París, y otro que tenía pinta de desarrapado, y resultó ser un pobrecito al que le faltaban “cuartos” para ir a Orense.
El rapero se metió una cerveza y dos bocatas de jamón, que según él no pensaba pagar. Aunque al final, el madrileño apoquinó con los gastos, y se fue a toda prisa en busca de su tren. El de los “cuartos”, en cambio, se quedó a mi lado. Tenía cara de buena persona. Me contó su película. “Llevo una semana sin comer”, me dijo. “Mis padres y mi hermano se murieron en un accidente, y estoy solo en el mundo”. Me mostró un papel del juzgado, en el que le ponían una denuncia por algo. “De dónde vienes”, le pregunté. “De una ciudad grande”, respondió él como si estuviera en otro universo. "Miranda de Ebro", acerté a decirle. “No”, dijo al tiempo que acompañaba su monosílabo con un toque de cabeza. Entonces sacó su billete. Había tomado el tren en Vitoria. Es obvio que el tipo no sabía leer. Era de origen portugués.
Nos sentamos, y él siguió hablándome. “Es jodido tener que dormir en la calle”, me soltó. Sí, claro que es una chingadera tener que maldormir al raso. Qué putada. Entonces se me removió la conciencia de pequeño burgués (vaya boutade, ni a eso llaga uno) y le di todo el suelto que tenía. Se entusiasmó. Sin embargo, no bastaba para su billete. Ahora me arrepiento de no haberle dado la guita suficiente para que se fuera a Orense. No paraba de decirme que tenía hambre. “Dile al hombre del bar que te regale la bollería, que de seguro tirará”, le sugerí. Y se fue derechito al bar. El hombre del bar, chiquito y matón, con calva de capullo y gafitas de nazi, le negó el pan. Cómo se puede ser tan hijoputa. De repente me acordé que aún tenía queso y chocolatinas en mi mochila. Le di el Emmental, que había comprado en Toulouse, y unas chocolatinas de Sorrento. De inmediato se puso a comer las chocolatinas con voracidad. Me abrazó. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Y, casi sin mirar para atrás, cogí el tren en dirección a Ponferrada.
























miércoles, 12 de mayo de 2010

Erotismo berciano


Hay ciudades o países en los que el erotismo parece que estuviera desterrado. Son sociedades “deserotizadas” o faltas, ay, de sensualidad. En cambio hay otras que están impregnadas de erotismo y da la impresión de que nos contagieran con son vibraciones y químicas feromónicas (valga la redundancia). La sociedad cubana, por ejemplo, resulta harto sensorial y hedonista, lo cual que a uno le resulta maravilloso. El dios o diosa Eros mueve o debería mover el mundo. Aunque sabemos que lo que mueve el mundo en realidad es el asqueroso dinero, pura podredumbre, sobre todo en manos de tiburones que se lo jalan todo ellos, sin compadecerse del prójimo, del rebañito, que sigue firme y encorsetado en su aprisco. 
El Bierzo, al menos en verano, se vuelve sensual, aunque no llegue al erotismo cubano. Hay un cuento del inolvidable y querido maestro Antonio Pereira, Las peras de Dios, cargado de sensualidad, que el cineasta berciano Chema Sarmiento ambientó en Albares de La Ribera, en aquella película entrañable cuyo título era El Filandón.

El verano -estación ansiada- le sienta bien al personal berciano, que parece desinhibirse al amor de las romerías y las parrandas. El verano, como es quizá la estación más lírica y voluptuosa del año, le sienta bien a casi todo el mundo porque los días son largos y luminosos. La gente sale a la calle y al campo a exhibir su cuerpo serrano. A dejarse ver y a mirar a los otros en ese ejercicio de voyeurismo saludable que procura intensas emociones. Y a bailar esos bailes “aperruñados” en los que se rozan los cuerpos en busca de amor y sexo. Como ocurre con el reggaetón o reguetón. 
Sin embargo, hay sociedades que parecen vacías de erotismo como, pongamos por caso, el noble País Vasco, Euskadi de mis amores, tierra en la que he estado en muchas ocasiones, porque allí vivió una parte de mi familia durante varios años, y aún me quedan amigos entrañables en esa tierra. Que me disculpen quienes allí viven, en el país de las cuadrillas y las ruedas, los chuletones de a quilo y el txakoli, los zuritos, los pintxos y los txiquitos. 
Debo hacer acto de confesión -aunque no me sienta ni me crea religiosín- que en estos últimos años no he pisado mucho esa tierra, salvo para atravesar la frontera en dirección al país galo. Supongo que lo suficiente para que uno se de cuenta de que ésta es una sociedad poco o casi nada sensual.
Otros y otras, a buen seguro, tendrán una impresión diferente, porque cada cual percibe según sus esquemas, digamos, culturales, acunturales, contraculturales... “Es una sociedad cerrada y prejuiciosa”, me recuerda alguien cercano. A lo mejor esto último resulta exagerado. Y se nos está yendo el santido o la santita a los cielos malvarrosa de la irrealidad/surrealidad. “Resulta difícil formar parte de una cuadrilla”. Joder con las cuadrillas. Como si fueran sectas. Al parecer, las cuadrillas se reúnen más que nada para comer. En el fondo al vasco, y al españolito en general, lo que le gusta es comer, lo que daría para una tesis doctoral. Nunca me han gustado, ni siquiera cuando era adolescente -otra confesión- las pandillas ni las cuadrillas ni nada que tenga que ver con “peñas”. Prefiero la compañía de unos pocos bien avenidos o la soledad que le permite a uno hacer lo que le sale de la punta de los contrapuntos. Nomás. Ni menos. Y por supuesto prefiero el erotismo de la sociedad cubana a las comilonas con las que se atiborran las cuadrillas vascas, las bascas vascas, o sea, y todos los españolitos en general. Y lo dice alguien a quien le va la comida. Quede clarín clarete.

martes, 11 de mayo de 2010

Eremita en sociedad


Eremita es quien logra vivir alejado de toda tentación, y por ende se siente satisfecho, y quizá feliz, en su estado de gracia, en su morada de enajenación, solo y libre en su soledad filosófica, contemplativa, aristotélica. 

A uno lo que en verdad le gustaría es hacerse eremita, como aquel “cuate” mallorquín que conociera en Buenavista, hace ya varios años, en las faldas del Popocatépetl, el volcán sagrado y “fumarolo” del Estado de México. Época de algún volcán fumarolo, la nuestra. 

A buen seguro no es necesario largarse tan lejos del Bierzo para ejercer de ermitaño. La Sierra de Gistredo y el Valle del Silencio siguen invitándonos al retiro espiritual. Basta con que uno se retire, aunque sea en un espacio-tiempo quimérico, y te sientas anacoreta, mientras lees La República de Platón bajo la sombra de un castaño en flor, que es sin duda una buena forma de convertirte en un eremita en sociedad, un asceta dialéctico, en diálogo permanente consigo mismo. 

En el fondo, y bien mirado, no resulta fácil obviar la sociedad, esta sociedad basura agarrada por el huevamen, mediatizada y manipulada hasta límites insospechados. La perversión no tiene límites, y la mierda enfanga nuestras visiones espirituales. No, no resulta fácil pasar por alto al personal, que se dice congénere de todas tus ilusiones y sanas esperanzas, a ese Gran Hermano que se encarga de observarnos con lupa si ha menester, ese Ente que nos vigila en todo momento y nos procura hachazos en el corvejón del alma. Toda precaución es poca.

Siempre he sentido como una inclinación especial hacia esos seres capaces de retirarse espiritualmente del mundo-entorno, véase mundo podrido, en el que anidan las inquinas y miserias humanas más repugnantes cual cigüeñas envenenadas de tanto tragarse sapos, sapines y “culuebras”, que así es como se les dice a los reptiles punto y medio ponzoñosos en mi pueblo.

Vivir en sociedad significa vivir entre fieras salvajes, capaces de divertirse descuartizando tus vísceras y orinando luego sobre tu cadáver. Como si estuviéramos en una Lección de Anatomía, y aun en el hospital psiquiátrico de las perturbaciones más absurdas y atrevidas. Aunque para ser sinceros, el infierno no sólo son los otros, como diría Sartre, pueblo chico, infierno grande, sino uno mismo. 
No olvidemos que el hombre es un lobo para el hombre, y que la sociedad pervierte y trastoca al individuo, que ya de por sí no es un buen salvaje, sino sólo un salvaje buenísimo. Excuso decir que a salvajes no hay animal que nos gane. Las tres consignas del Partido, como en la novela 1984 de Orwell, siguen siendo:

LA GUERRA ES LA PAZ. LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD. LA IGNORANCIA ES LA FUERZA.

lunes, 10 de mayo de 2010

Karl Kraus y los periodistas




Karl Kraus, mago encolerizado, bajo cuyo manto aún resuena la azul coraza del guerrero, fue uno de los pensadores más corrosivos del pasado siglo, un todoterreno de las letras. 
A estas alturas, y en momentos en que los periodistas están literalmente enganchados por las pelotas, serviles a las causas empresariales y así en este plan de planes, porque en nuestro país todo lo manda el dinerito, muy pocos se acuerdan de su genio y su figura. 
Kraus fue algo así como nuestro Ramón Gómez de la Serna en su versión austríaca. Pues nació en el llamado Imperio Austro-húngaro (fetiche berlanguiano, por lo demás). 

A este ensayista también le entusiasmaba escribir aforismos disparatados (aunque con mucho trasfondo) como al bueno y greguerístico Ramón. Algunos de estos aforismos los escribió contra la corrupción de la prensa, que ya por aquel tiempo exhalaba cierto tufillo, pero muchos otros los escribió contra los estetas, políticos, psicólogos, estúpidos y eruditos. Qué Venus nos coja confesados. 
Si Kraus fue un sátiro que se rebeló contra la sociedad de su tiempo, poniendo a parir a los periodistas, y a otros, Baudelaire fue poco menos que un chulo puta de los versos. El asunto es vivir bajo el signo de la pura espiritualidad, o de la pura sexualidad, que funda esa solidaridad del literato con la prostituta. Como es el caso de Baudelaire, que daría para al menos otra reseña. 
Kraus fue como una especie de demonio para quienes se dedicaban a la opinión pública. Así pues, tengamos cuidado con este ilustre personaje. Se cuenta que acostumbraba a dormir de día, y en esto también se parece a Ramón, y trabajar de noche. La sátira era su razón de vida. En ella, o a través de ella, hizo su resistencia y se convirtió él mismo, como nos dice Elías Canetti -uno de sus discípulos-, en una escuela de resistentes. 
Redescubrir a Kraus es como sentirse más cerca de la putrefacción. Leyendo y releyéndolo uno se queda como apijotado. Es tal su chispa que te dan ganas de no volver a escribir ni una línea más en toda tu vida. Su visión de la realidad es demoledora. “Todos pueden escribir y entender y solo el azar social decide quién destaca como escritor o como lector en esa horda de gallinas que avanzan en contra del espíritu”. “Los periodistas, al menos, comunican lo que oyen, sienten y ven, aunque a veces prostituyan sus intereses en aras de una ideología omniscente y devoradora. ¡Qué sonoro es todo!”, exclama. A este monumental escritor se le ocurrió la utopía -vaya ocurrencias señor mío- de hacer un periódico objetivo, que no funcionara como instrumento del poder. Sin embargo, era consciente de que la maquinaria de un periódico necesita de frases, mano de obra y un mercado como una fábrica. Y que en realidad se dedica a comerciar con el pensamiento.

“Los periodistas dicen: ¡sin nosotros no habría cultura!
Los gusanos dicen: ¡sin nosotros no habría cadáver!”
El cadáver exquisito y surrealista está servido.
El día del Juicio Final -nos anuncia Kraus- no sólo se abrirán las tumbas sino también los libros de lectura. Pues que se vayan abriendo.

martes, 4 de mayo de 2010

A propósito de Amenábar

El perfume me trajo a la memoria la visita de Amenábar al Bierzo y en concreto a la Escuela de cine de la capital pimentera, ahora ciudad de la energía. Entonces escribí algo, que ahora rescato para este blog, con algunos retoques y modificaciones.

Si la literatura es una de las bellas artes, y la música un arte sublime, sublime sin interrupción tal vez, como hubiera dicho Baudelaire, el cine puede llegar a ser una aventura excitante, o un tango argentino con mucha marcha. No hay más que echarse en los brazos de “El hijo de la novia” y abrazar guiños de ternura capaces de hacernos saltar las lágrimas. ¡Qué peliculón se largó Campanella! Y el paso del tiempo, nos ha dado la razón en cuanto a la genialidad de este director argentino, con El secreto de sus ojos.
 
El tiempo tiene una cuarta dimensión, que es el cine, según el Umbral de “La forja de un ladrón”. Pues glorifiquemos el culto de las imágenes. Eso sí, no nos olvidemos de los aromas y las palabras.

El cine, además de una tecnología y una industria cultural, puede llegar a convertirse en un arte. Y cuando esto ocurre se nos estremece el cuerpo de pura emoción y nuestras vísceras bailan un o una samba entretenido/a, sensual y definitivo/a. El cine debe ser ante todo entretenimiento, como quisiera el maestro Billy Wilder. O el propio Hitchcock. No nos dejemos engañar por las apariencias. Y volvamos al mito de la caverna platónico.


El concepto fetiche de industria cultural, en palabras de Umberto Eco, nos remite directamente a la circulación extensa y comercial de objetos convertidos en mercancía. “Nada tan dispar a la idea de cultura (que implica un sutil y especial contacto de almas) como la de industria (que evoca montajes, reproducción en serie...)”, escribe el señor Eco en ese libro-biblia de la comunicación que es “Apocalípticos e Integrados”. No cabe duda que la noción de “cultura” también exige una reelaboración y una reformulación -como apunta el filósofo Bueno en su libro El mito de la cultura- en la que no voy a entrar ahora, porque además ya lo he hecho en otro momento y espacio.


Dicho lo cual, y en espera de nuevas sugerencias, uno se alegra enormemente de que el joven y ya afamado director de cine Alejandro Amenábar nos visitara en el 2002. Fue un lujo contar con su presencia. Y disfrutar de su compañía. No resulta fácil ser joven y célebre a la vez, sobre todo en nuestro país.


Amenábar, acompañado por Ayanta y Gonzalo Suárez, llegó al Bierzo un lunes 13 de mayo a eso de las dos de la tarde. Comimos y conversamos acerca del cine y la vida en general. Amenábar se mostró amable y ameno conversador en todo momento. Hablamos de “Los otros” y de Nicole Kidman, musa y arcángel cinematográfico. Uno siente una devoción especial por Nicole desde que la viera en Eyes Wide Shut, de Kubrick. Una buena interpretacion en una película quese me antoja extraordinaria, y Amenábar acertó con la Kidman en su película.


En ese momento, Amenábar me habló de la posibilidad de adaptar El Perfume, la novela de Süskind, pero al final acabó haciendo Mar adentro, quizá su película más lograda, con la inspiración/transpiración de El hijo de la novia. Qué curioso.

lunes, 3 de mayo de 2010

El perfume

Hace ya años que leí El Perfume (Historia de un asesino), de Süskind, y me encantó. Ahora lo releo porque me han pedido, de la Ser, Radio Bierzo, que hable de un libro, y he elegido, cómo no, esta novela impregnada de aromas, efluvios y también hedores, nauseabundos, como los que caracterizan ese París del siglo XVIII en que está ambientada esta obra. 
Un París que poco o nada tiene que ver con el actual (capital de perfumes sofisticados), aunque si uno se adentra en los bajos fondos, y aun en la céntrica e histórica calle de Saint-Denis, la capital francesa, la ciudad de la luz, sigue hediendo a queso rancio, a leche agria... como en la novela de Süskind, escritor alemán que logró proyectarse en todo el mundo con esta singular, sorprendente, olorosa y poética narración. 
El argumento es bien conocido, no sólo por aquellos que la hayan leído, sino por quienes se asomaran, en su día, a la película homónima, con un prodigioso Dustin Hoffman en el papel de Baldini, como maestro perfumista del personaje principal o prota, Jean Baptiste Grenouille (la rana). 
Süskind nos cuenta la historia de un niño huérfano, abandonado, como si se tratara de un Oliver Twist dickensiano, al que le ocurren todo tipo de desgracias, y aun así, es capaz de sobreponerse a todas, lo que lo convierte, con el paso del tiempo, en un monstruito "por dentro y por fuera", cual Frankenstein que vagara solitario y en la noche oscura del alma por las montañas, alejado del mundanal ruido -como un eremita, profeta o loco-, y sobre todo de los humanos, a quienes desprecia. Si bien se siente muy atraído por las doncellas -en realidad por su aroma-, a las que asesina, con el fin de obtener, a partir de sus efluvios, una pócima mágica. En este sentido, cabría emparentarlo con otro libertino (y francés), estilo el marqués de Sade.
Bajo, encorvado, cojo, feo, picado de viruela y sarampión, nacido sin olor y aun embotado para olerse a sí mismo, aunque con un sublime y desarrollado sentido del olfato y una extraordinaria memoria olfativa... insensible al amor, al afecto, a la ternura, inmune al mal, casi analfabeto y descreído, reniega de Dios -"¡Qué miserable era el olor de este Dios!-" y de toda condición humana.
Su verdadera y única aspiración es poseer una fragancia o elixir, lograr un aroma "mágico", "hipnótico" que hechice a la humanidad, con el fin de subyugarla, para que se doblegue ante él. 
Abandonado a su suerte (o desgracia) comienza laborando como curtidor -limpiando de carne las pieles putrefactas de los animales, donde contrae una enfermedad que no consigue acabar con él-, luego, cual buen aprendiz de lazarillo, se le ofrece al reputado perfumista Baldini para ayudarle en su trabajo y aprender la técnica de la destilación, hasta que se harta de éste y emprende rumbo hacia la universitaria ciudad de Montpellier donde lo acogen como a una celebridad. Y así continúa recorriendo diversos lugares de Francia, entre otros, Marsella, Cannes, Grasse, en busca siempre del preciado elixir o fragancia única, que acaba logrando con el asesinato de hasta 25 mujeres virginales. 
Al final, acaban descubriéndolo y apresándolo, pero cuando lo van a ejecutar -oh, milagro-, con su perfume consigue que la muchedumbre, y aun sus verdugos y familiares de las doncellas asesinadas por él, se arrojen a sus pies, como si fuera un Nuevo Mesías, y se les despierte a todos un apetito sexual salvaje, y comiencen a fornicar en una orgía o bacanal. Es como si se riera de la humanidad, pero cuando uno cree (incluso él mismo) que ya está a salvo, de regreso a París (su ciudad natal), sus congéneres (los de su misma calaña) lo despedazan y se lo zampan en gesto amoroso y sin remordimiento. "Aparte de una ligera pesadez de estómago, tenían el ánimo tranquilo" (escribe el autor refiriéndose a los caníbales).
De este modo, tan irónico y tan cruel a la vez (como la vida misma, como el propio Grenouille) nos relata Süskind el trágico final de este desharrapado que algún día creyó que podría llegar a ser un nuevo Mesías.
La novela es, en el fondo, una crítica feroz contra nuestra sociedad de caníbales, nuestro sistema antropófago, que devora a propios y extraños. También nos muestra el apasionante y efímero mundo de los olores (sobre todo en una época, la nuestra, tan audiovisual). A través de Grenouille, Süskind no invita, en un ejercicio harto arriesgado y sinestésico, a ver a través de los olores, algo parecido a la propuesta fílmica de Wenders en Lisboa Story: ver la ciudad a través de los sonidos. 
"El olfato, los olores, ese mundo complejo...", escribe Umbral en ese monumental diario en prosa poética que es Mortal y rosa. "Oler es una actividad poética -prosigue Umbral-. El olfato es quizá el sentido más lírico". 
Y Süskind, con El Perfume, logra una narración lírica de altos vuelos. "Basta con dar un olor o un color -insiste Umbral-. Al lector le basta". "Los seres tienen aura, que es el olor. Por el olor somos mágicos... Drogarse de olor". Por el olor nos enamoramos. Cada cual tiene su propio olor, cada ciudad, cada casa... tiene el suyo. Somos pura feromona. Y muy, pero que muy caníbales. Caníbales y reyes, por decirlo al más puro estilo materialista-cultural antropológico. Ahí queda eso. Léase al siempre genial Marvin Harris.
Ahora recuerdo que Amenábar, cuando nos visitó en la Escuela de Cine de Ponferrada, me dijo que le habían propuesto adaptar El perfume, de Süskind, pero al final no salió. Entonces aún no había realizado Mar adentro.