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miércoles, 31 de marzo de 2010

Antidepresivos

Los Antidepresivos, adecuados para tratar la ansiedad así como dolores crónicos, son los psicofármacos utilizados para tratar sobre todo las depresiones "de caballo". A grandes rasgos hay tres tipos: los inhibidores de la monoaminooxidasa (IMAO), los tricíclicos, y los antidepresivos de segunda generación, que son los más utilizados, porque actúan sobre los neurotransmisores implicados en la depre, a saber, la serotonina, la dopamina y la noradrenalina. De ahí que también existan algunos otros Antidepre como los Inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina, de dopamina y de Noradrenalina, entre otros "combinados", incluso los opioides (véase la buprenorfina).
Uno de los más conocidos es sin duda el Prozac o fluoxetina, que algunos consideran como estimulante de acción lenta y anorexígeno. La fluoxetina es un Inhibidor Selectivo de la Recaptación de Serotonina, que se usa para tratar sobre todo la depresión y la bulimia nerviosa, aunque también se emplea en otro tipo de trastornos. El prozac aumenta los niveles de dopamina y noradrenalina.
La mayoría de antidepresivos, salvo los IMAO (que estimulan la Acetilcolina) producen disfunciones sexuales. Y casi todos suprimen la fase REM del sueño, provocando pesadillas. Los IMAO, por ejemplo, suprimen por completo esta fase del sueño, y encima producen hipertension, incluso letal, si se toman con alimentos que contengan altos niveles de tiramina, tales como los quesos fermentados, habas, carne de caza...
Algunos siguen prefiriendo los remedios, casi caseros, con hierbas para tratar la depre, o bien la acupuntura, que ponga en funcionamiento nuestras endorfinas, las drogas de la felicidad.

Estimulantes químicos, cocaína, crack, anfetas...

La cocaína (coca, perico, farlopa, etc.) es un estimulante del SNC, que actúa modulando la Dopamina, y un alcaloide, parecido a los alcaloides de las plantas alucinógenas como la belladona, beleño, mandrágora, etc., aunque diferente en cuanto a su acción fisiológica y psicológica, que se obtiene de la planta de coca (kuka, en quechua), cultivada sobre todo en América del Sur, así como en la isla de Java y en la India. Sus hojas se mastican como estimulante para resistir diferentes males, incluido el mal de altura. Existen unas 200 variedades, aunque sólo unas cuatro producen dicho alcaloide.
Se usa desde finales del siglo XIX como anestésico en clínicas alemanas, sobre todo en intervenciones oftalmológicas
. Y en algunos países se ha usado como anestésico local en varias cirugías, y como ingrediente básico de tónicos y elixires. Ha gozado, y sigue teniendo, gran popularidad, sobre todo entre la población adinerada actual. Sin embargo, no es una droga nueva. Existe desde hace más de 100 años. Se vende en el mercado negro en forma de polvo blanco, fino y cristalino, casi siempre o mejor dicho siempre adulterado, con otros productos como la maicena, talco o azúcar, lo que supone un riesgo para la salud. Y existen dos formas de cocaína: sal de hidroclorato y cristales de cocaína (lo que se conoce como crack o la droga de los pobres).

El consumo regular de cocaína crea sobre todo dependencia psicológica y aumenta el riesgo de sufrir trombosis y derrames cerebrales, al igual que infartos de miocardio. Asimismo, acelera la arterioesclerosis y provoca cuadros psióticos, con sintomatología alucinatoria, en la que destacan las llamadas alucinaciones liliputienses o visión de pequeños individuos. También produce esquizofrenia paranoide y depresión. Su uso continuo, cuando se aspira o esnifa, puede llegar a perforar el tabique nasal. Por otro lado, no están probados sus efectos afrodisícos, como se cree, y si bien puede aumentar el apetito sexual, aunque por lo demás anula la sensación de hambre, sed, frío y fatiga, también puede provocar impotencia.


Asimismo, activa el sistema simpático, que mantiene al organismo en estado de alerta, así como el hipotálamo, que se ocupa de regular el sueño, la temperatura del cuerpo y las reacciones de cólera y miedo.

En un primer momento, la cocaína resulta muy estimulante, con aumento de presión, pulso acelerado, convulsiones, pero luego, y en dosis elevadas, puede producir subestimulación, con parálisis muscular, pérdida de reflejos y conciencia, dificultades respiratorias y parada cardíaca.


El empleo crónico -incluso en dosis moderadas- acelera el envejecimiento de la piel, de un modo similar al producido por largas exposiciones al sol, así como descalcificación. Diluida en agua, después de las comidas, fue recomendada por Freud, adicto a esta sustancia, para combatir el ardor de estómago. "La cocaína -escribió el doctor Freud- es un estimulante más vigoroso y menos dañino que el alcohol".
En dosis pequeñas, convenientemente espaciadas, produce euforia y vigor, mientras que en dosis altas crea desasosiego y malestar físico, en forma de calor y sudoración súbita, sequedad de boca, sensaciones de agarrotamiento muscular, rechinar involuntario de dientes, verborrea, fuga de ideas e irritabilidad.
La inyección intravenosa de cocaína actúa casi instantáneamente. De ahí que, en la mayoría de los casos, quienes se inyectan cocaína, emplean también opiáceos o tranquilizantes.

Como curiosidad, cabe decir que la primera receta de Coca-Cola contenía extractos de hojas de coca, pero al descubrirse el potencial adictivo de la sustancia, se sustituyó el contenido de coca por cafeína.


El "crack" (también llamado piedra, por el ruido peculiar que emiten sus piedras al ser calentadas por una llama) es un derivado de la cocaína, del resultado de hervir clorhidrato de cocaína en una solución de bicarbonato de sodio, que da una pasta amarillenta, que se endurece como “roca” al enfriarse. Posee un alto grado de impurezas. Se suele aspirar, una vez calentado en papel de aluminio, y procura sensaciones de euforia, pánico, insomnio y dependencia psicológica.

Debido a la rapidez de los efectos, casi inmediatos, aunque relativamente breves (elevación de la autoestima y la confianza en uno mismo, excitación y extrema irritabilidad), y porque resulta mucho más barato que la cocaína, se hizo muy popular en la década de los 80 entre aquellos que no podían pagarse la cocaína. Sus efectos secundarios son muy similares a la farlopa. Puede producir, entre otros, impotencia, daños en el cerebro y pulmones.
Y en cuanto a los trastornos psicológicos, cabe señalar la d
epresión, así como cuadros psicóticos y esquizofrénicos.

La anfetaminas o anfetas son derivados químicos de la efedrina (alcaloide vegetal) -sintetizadas por primera vez a finales del siglo XIX-, y potentes
estimulantes del SNC, que ayudan a mejorar la vigilia, aumentan los niveles de alerta y la capacidad de concentración. Asimismo, favorecen la atención y la memoria. De forma que permiten pasar largas noches y días sin dormir, con el consiguiente cansancio que lleva a ataques de ansiedad y aun a crisis de paranoia. Por esto se habla del síndrome de psicosis anfetamínica, similar a la psicosis cocaínica o a la esquizofrenia paranoide, con cuadros delirantes.
Además de potenciar el SNC, a través de la activación de determinados neurotransmisores como noradrenalina (NA) y dopamina (DA), también tiene una acción sobre la serotonina, aunque relativamente más débil. Asimismo, activan el SNS (sistema nervioso simpático), con efectos adrenérgicos, que se traducen en un aumento en la actividad motriz y en una resistencia a la fatiga.
Comienzan a usarlas, a principios del siglo XX, sobre todo los militares para combatir la fatiga e incrementar la alerta. Aunque también han sido muy empleadas por estudiantes para rendir en los exámenes, o por deportistas, incluso de élite, para mejorar en lo físico, vésase el dopaje deportivo, y aun en casos de obesidad, con el fin de adelgazar. Por tanto, funcionan como anorexígenos o fármacos que reducen el apetito.

Las anfetas, en definitiva, han sido utilizadas para tratar una gran variedad de trastornos, entre otros, el trastorno por déficit de atención con hiperactividad o la obesidad.

martes, 30 de marzo de 2010

Estimulantes vegetales del SNC, té, café, mate, etc.

Los estimulantes, también llamados psicoestimulantes o psicotónicos, son sustancias que refuerzan la vigilia, el estado de alerta y la atención al estar asociados a determinados neurotransmisores como la Noradrenalina y la Dopamina.

Los estimulantes vegetales, como su nombre indica, se encuentran en especies vegetales, algunas de las cuales cuentan con alcaloides (nitrogenados), y a partir de éstos surgen los estimulantes químicos o sintéticos.

Diversas plantas tienen el potencial de desencadenar efectos estimulantes, liberando, normalmente alcaloides, con potencial psicoactivo.

Los estimulantes vegetales más conocidos son el café (surgido hacia el siglo X en la península arábiga), el té, la yerba mate, el cacao, el guaraná, el betel (semilla de un tipo de palmera que se da en India o Indonesia), el cat, la cola y la coca. Salvo el cat y la coca, los demás tienen como principio activo alguna metilxantina (cafeína, teofilina, teobromina), variando la concentración según los casos.

La cafeína, por ejemplo, aumenta los niveles de Noradrenalina y Dopamina, lo que explica buena buena parte de sus efectos favorables sobre la concentración. Se trata de un alcaloide del grupo de las xantinas, que actúa como droga psicoactiva y estimulante del SNC, y se emplea para reducir la fatiga física y ponerse en alerta mental.
La cafeína también forma parte de la guaranina (que está en el guaraná), mateína (en el mate), y teína (en el té), las cuales contienen además algunos alcaloides adicionales como los estimulantes cardíacos teofilina y teobromina.La cafeína, que tiene propiedades diuréticas al menos en dosis suficientes, también se encuentra en el cacao, algunas bebidas no alcohólicas (las gaseosas como refrescos de cola, originariamente preparados a partir de la nuez de cola) y bebidas energéticas como Red Bull.
La cafeína produce un síndrome de abstinencia en menos tiempo que el opio, la heroína o los barbitúricos. El consumo de cafeína, en cantidades muy grandes, puede provocar una intoxicación, aparte de insomnio, nerviosismo, excitación, aumento de la diuresis y problemas gastrointestinales. Los síntomas de la intoxicación con cafeína son similares a los del pánico y de ansiedad generalizada.
El mate es una infusión típica de Argentina y Uruguay, que contiene cafeína, aunque en una concentración algo menor que la del café.

El guaraná proviene de una trepadora amazónica (Paulina Cupana), cuyas semillas poseen una concentración de cafeína unas cuatro veces mayor que la del café. Es asimismo un ingrediente primario en las bebidas energéticas.
Por su parte, la nuez de cola, que es el estimulante africano por excelencia, tiene una potencia equivalente a la del café, y la misma proporción de cafeína que el té.

El cacao, por su parte, contiene tanta cafeína como teobromina y fue empleado como estimulante por los aztecas; sin embargo, los chocolates actuales no son tan estimulantes.

El cat es la planta con mayor poder estimulante conocido; porque sus alcaloides (la catina y la catinona) poseen afinidades con las anfetaminas.

Por su parte, la planta de coca, originaria de los Andes amazónicos, es un estimulante menos activo que el cat, aunque posee varios alcaloides, entre otros la cocaína. Los indígenas andinos, sobre todo, tienen por costumbre mascar hojas de coca por sus propiedades nutritivas y para aguantar determinados trabajos.

El (probablemente de etimología china, Chá) es otra fuente común de cafeína, incluso contiene más cafeína que el propio café, aunque el té se prepara normalmente en una infusión mucho más diluida. El té proviene principalmente de China -donde se considera medicinal-, India, Sri Lanka, Taiwán, Japón, Nepal... Hay muchas variedades: té blanco, té de invierno, té negro; té rojo o el té verde (que se considera como el más beneficioso para la salud humana).

El chocolate, derivado del cacao, contiene una pequeña cantidad de cafeína. El tenue efecto estimulante del chocolate podría deberse a la combinación de teofilina y teobromina tanto como a la cafeína.

Un apartado especial requiere la Nicotina, por ser otro estimulante del SNC, además de un potente veneno y uno de los principales factores de adicción al tabaco, causa de tantas y tantas enfermedades. Se trata de un alcaloide que se halla en la planta del tabaco (Nicotiana tabacum), con alta concentración en sus hojas. La nicotina se vincula a los receptores nicotínicos del neurotransmisor acetilcolina. Imita a la acetilcolina, y se encarga de que las neuronas liberen abundante dopamina.

En dosis bajas, la nicotina pone en alerta y vigilancia al individuo, y en dosis elevadas produce un efecto reforzador o de recompensa sobre el sistema límbico, mediado por la vía neuronal del placer.
Son bien conocidos los trastornos cardiovasculares, debidos a la nicotina, que incluyen vasoconstricción periférica, taquicardia e hipertensión.

Tranquilizantes Mayores o Neurolépticos, y Grandes Narcóticos

Nuestro experto en sustancias psicotrópicas, el gran Escohotado, nos sigue llevando de la mano por este apasionante mundo, que entronca de lleno con la psiquiatría y la psicopatología, pues gran parte de estos fármacos o psicofármacos causan algún tipo de trastorno en quienes consumen estas sustancias.
Los Tranquilizantes Mayores o Neurolépticos, también conocidos vulgarmente como atanervios o «lobotomizadores químicos», son indicados sobre todo en trastornos psicóticos y esquizofrénicos (en algunos pacientes no son del todo eficaces), aunque también -paradójicamente- en casos de depresión. Entre los más conocidos están el haloperidol y la reserpina, comercializados bajo nombres distintos en cada país.
En dosis altas, estos fármacos, de altísimo riesgo, podrían producir catalepsia. Se caracterizan por bloquear o destruir algunos de los principales neurotransmisores como la dopamina (sobre todo ésta), norepinefrina o noradrenalina y serotonina. Por eso, se cree que la esquizofrenia puede ser causada por una excesiva actividad dopaminérgica. Las anfetaminas, por ejemplo, agravan la esquizofrenia y las psicosis.

Entre sus conocidos efectos secundarios están el parkinsonismo o incapacidad de estarse quieto, la destrucción de células, anemia, vértigos, visión borrosa, retención urinaria, estreñimiento, irregularidad menstrual, atrofia testicular, arritmias cardíacas, congestión nasal, sequedad de boca, trastornos de peso (desde una marcada obesidad a pérdida de masa muscular), síndrome con hipertermia y aun muerte repentina.

También afectan de un modo negtivo en la potencia sexual, con inhibiciones en la eyaculación y frigidez, y degradación en el deseo erótico, así como una merma en la capacidad afectiva, cuando los tratamientos son prolongados y frecuentes.
Se administran tanto por vía oral, sublingual, intramuscular como endovenosa, según el caso y el producto. Y se pueden distinguir entre Neurolépticos Típicos o clásicos (véase por ejemplo el Haloperidol), cuya acción antipsicótica se ejerce al bloquear los receptores dopaminérgicos D2. Y por esto son eficaces sobre los síntomas de la esquizofrenia, aunque tienen muchos efectos adversos. Por otra parte, están los Neurolépticos Atípicos o nuevos, que producen una mínima sedación como la Risperidona. Su acción antipsicótica se ejerce al bloquear los receptores dopaminérgicos D2, como ocurre con los típicos o clásicos, y también por el bloqueo de los receptores serotonérgicos, histamínicos y muscarínicos.
Son más eficaces que los anteriores y producen menos efectos adversos.

Para finalizar este apartado, incuiré los Grandes Narcóticos como el Cloroformo (léase el poema de Valle Inclán dedicado a esta sustancia), que se obtiene por destilación de alcohol con otros compuestos (cloruro de cal, acetona, etc.). Se trata de un potente narcótico por inhalación. Su efecto anestésico es muy breve y entraña el riesgo del llamado colapso primario. Se puede producir muerte, además de intoxicaciones agudas, por la falta de oxígeno en el cerebro y una depresión en la mayoría de los órganos (corazón, hígado, páncreas...). Su abuso produce dolores de estómago y vómitos, pérdida del impulso sexual, irritabilidad, insomnio, debilidad física y mental, incluso delirium tremens, más violento que en los alcohólicos.

Éter. Se obtiene por destilación del alcohol con ácido sulfúrico, y procura una ebriedad similar a la del alcohol. El éter, que también se emplea como disolvente desde hace siglos, ha
sustituido al cloroformo como anéstésico de inhalación. Al igual que el cloroformo, provoca en el consumidor un síndrome de abstinencia con un violento delirium tremens, que en ocasiones se resuelve en muerte. En dosis leves procura desinhibición controlable, con una sensación de que se agudizan los sentidos y el intelecto. Y en dosis medias y altas se producen alucinaciones visuales y auditivas. En algunos casos, y en atmósferas impregnadas con vapores de éter, también se dan delirios ninfomaníacos.

Además de otros somníferos y sedantes, como los bromuros, que resultan espantosos, también está el Gas de la risa (óxido nitroso), que aún se utiliza hoy en la cirugía general y odontología. En dosis medias o pequeñas funciona como un analgésico.

Por último el fentanil o fentanilo (Fentanesc en España), de uso más o menos reciente. Está controlado a nivel legislativo, incluso monopolizado, y cuyos efectos son unas cuarenta veces más potentes que los de la heroína. El fentanil se emplea en intervenciones quirúrgicas realizadas sobre todo en clínicas occidentales.


Otras sustancias psicotrópicas depresoras del SNC: Tranquilizantes Menores o Ansiolíticos y barbitúricos

Los Ansioliticos o Tranquilizantes Menores también ejercen como depresores del SNC, cuya acción disminuye, atenúa o elimina los síntomas de la ansiedad o angustia, entre ellos, la taquicardia, sensación de ahogo, insomnio, terrores nocturnos en forma de pesadillas, etc., logrando una tranquilidad emocional o apaciguamiento en el consumidor. Se podrían definir como "amansadores de fieras". Incluso en dosis leves provocan aturdimiento, dificultad para hablar y coordinar movimientos. Por eso están contraindicadas para manejar vehículos. También se utilizan en estados afectivos como el Trastorno Bipolar y aun en casos de epilepsia. Activan la Dopamina.

Entre los más conocidas cabe citar el Tranxilium, Trankimazín y Dormodor, por ejemplo.


Su descubrimiento se realiza a partir de los años cincuenta, y desde entonces se producen en grandes cantidades. Se suelen extraer del aceite pesado, cuyo coste es inferior a los opiáceos naturales.


Entre los ansiolíticos más empleados en la actualidad destacan las Benzodiacepinas (BZD), entre otras, el diazepam y Tranxilium, muy uilizadas por los occidentales para combatir el estrés y el insomnio.


Contrariamente a otros narcóticos y sedantes sintéticos, éstas no deprimen de modo generalizado el SN (Sistema Nervioso), sino sólo partes del mismo. En dosis pequeñas o medias son sedantes, y en dosis mayores funcionan como hipnóticos o inductores del sueño. También funcionan como relajantes musculares, y llegan a producir distintos grados de amnesia. Poseen un alto grado de tolerancia, con un peligroso síndrome abstinencial, que incluye temblores y convulsiones intensas. Entre sus efectos secundarios figuran la somnolencia, confusión, mareos, dolor de cabeza y estómago, diarrea, estreñimiento, sequedad de boca y depresión.
Otro inconveniente de las benzodiacepinas es su larga permanencia en el cuerpo. Por contrapartida, estas drogas suelen ser bastante seguras, aunque también hayan producido casos de intoxicación, incluso de muerte.


Por otra parte, están los barbitúricos, como el Pentotal, derivados del ácido barbitúrio, que también son sedantes del SNC, incluso anestésicos, cuyo uso y abuso crónico reduce la memoria y la capacidad de comprensión y provoca episodios delirantes.

Derivados del opio

Entre los derivados del opio están la morfina (que es como un opio concentrado), la heroína, la codeína, metadona, etc.

La Morfina, que debe su nombre en honor a Morfeo, el dios griego del sueño, es un potente alcaloide del opio, usado como analgésico para aliviar el dolor/sufrimiento. Se trata de un polvo blanco, cristalino, inodoro y soluble en agua, empleado en el tratamiento del infarto agudo de miocardio, en el postquirúrgico, y fundamentalmente en el cáncer.

La morfina está contraindicada en casos de Depresión respiratoria aguda; pancreatitis aguda o en fallos renales.

Sus derivados químicos son la
Heroína; Naloxona y Naltrexona (éstos dos últimos empleados para el tratamiento de la intoxicación aguda por opiáceos), etc.
La Heroína es una droga altamente adictiva e ilegal en la mayor parte de los países. En los ochenta del pasado siglo fue letal para muchos, sobre todo en nuestro país, y aun en nuestra comarca del Bierzo. Se trata de un opiáceo, también depresor del SNC, como todos los derivados del opio, cuyo efecto es muy rápido, aunque es menos depresora que la morfina.

La heroína, que ya se conoce desde finales del siglo XIX, se prepara a partir de la
morfina. De ahí que también se le llame diacetilmorfina. Se vende en forma de polvo blanco o marrón, y aun como sustancia negra pegajosa (goma o alquitrán negro). El gigante farmacéutico Bayer registró la marca comercial Heroin (Heroína) por sus cualidades heroícas, para combatir la tos y la tuberculosis, y luego la tuvo que retirar por presiones ejercidas por los defensores del opio. Cuando está sin refinar, la heroína se conoce como “azúcar moreno” y, ya refinada, como “caballo”.
Puede adulterarse -y suele hacerse- con
quinina, lactosa, azúcar, así como con otros fármacos depresores del SNC, tales como los barbitúricos y sedantes, incluso se contamina con estricnina y aun otros matarratas, que resultan letales en dosis altas. Cuando se mezcla con cocaína, y aun con anfetas, se conoce como Speedball.

La Heroína crea una gran dependencia física y psicológica, quizá sea la droga que más "mono" da, con moqueo, lagrimeo, calambres y dolores musculares, síntomas similares a una gripe, que se acompañande una gran ansiedad y diarrea, entre otros, hasta llegar a convulsiones y alucinaciones.
Se puede fumar en forma de chino -aspirando el humo al ser calentada sobre papel de aluminio, y cuyo efecto es casi inmediato-, aunque también se esnifa y se inyecta. Por esta vía, y debido a las agujas compartidas entre algunos consumidores, muchos han contraído el VIH, algunas hepatitis así como otras enfermedades infecciosas.
Entre sus efectos están la sedación, euforia, analgesia, depresión respiratoria (causa principal de la muerte por sobredosis), náuseas y vómitos, efectos gastrointestinales, cardiovasculares, renales, urinarios.
Impactante me resultó la película de Preminger, El hombre del brazo de oro, en la que veíamos a Frank Sinatra intentanto superar, convulsionado, el "mono" por la heroína. Algo parecido a lo que le ocurre a un personaje en Trainspotting.
La Metadona es un opioide sintético, conocida en sus inicios como "dolofina", y ofrecida a los médicos del ejército alemán, durante la Segunda Guerra Mundial, como analgésico, sedane y remedio contra a tos. "Una droga contrarrevolucionaria" capaz de curar a los heroinómanos. Es una sustancia más potente que la morfina, con propiedades similares y cuyos efectos secundarios también se asemejan a los de ésta última, entre ellos el estreñimiento, contracción de pupila, bradicardia, aumento de la temperatura corporal y depresión generalizada, a sabe, circulatoria, respiratoria y digestiva.

En la actualidad, la metadona se suministra, líquida y aun en pastillas, para desintoxicar a los farmacodependientes de opiáceos, como la
heroína.

La Codeína o
metilmorfina es otro alcaloide del opio, con sabor amargo, quizá el más vendido por la industria frmacéutica, y descubierto casi a mediados del siglo XIX como resultado de metilizar o metabolizar la morfina.
Se suele tomar en jarabe -casi todos contienen codeína-, para aliviar la tos, o bien inyectada, con efectos analgésicos excelentes en casos de dolores moderados. Y sobre todo tiene mucho menor riesgo que la morfina de provocar dependencia o efectos tóxicos. De efectos parecidos a la codeína es la Buprenorfina, incluso la Pentazocina. También cabe mencionar la Tebaína (que se usa para crear otros derivados sintéticos del opio, como la naloxona); la Papaverina (cuyo efecto es relajante); Noscapina, Narcotina, etc.

lunes, 29 de marzo de 2010

Depresores del SNC, el Opio

El opio (del griego ópion, que viene a significar jugo, o látex de la adormidera) es un narcótico y analgésico, extraído de las cabezas verdes de la adormidera (con gran parecido a una amapola común).
La adormidera, conocida así por sus virtudes dormitivas o narcotizantes, es una planta que florece a finales de mayo (cuando se procede a la recolección de opio), y puede llegar a crecer un metro y medio, cuyas flores se muestran de color blanco, violeta o fucsia.
El origen de su cultivo apunta a la cuenca mediterránea: España, Argelia y Chipre. Aunque se puso de moda entre el proletariado inglés de la Revolución Industrial porque el vino y otros licores les resultaban más costosos. Y según uno de sus adictos, el escritor De Quincey, mientras el vino desordena la facultades mentales, el opio introduce orden y armonía. De ahí que no sólo los obreros, sino las casas reales europeas, y un gran número de artistas y escritores, entre ellos Goethe, Keats, Coleridge, Goya, Tolstoi, Novalis o Delacroix, se vuelvan adictos a este fármaco.
El opio contiene varios alcaloides, entre otros, la Morfina, Heroína, Metadona, Codeína, Papaverina, Noscapina, etc., en los que me detendré en otro apartado, al menos en los más conocidos.
Los efectos narcóticos del opio procuran cansancio y somnolencia, hormigueo y picores en el cuerpo, sueños en duermevela o "sueño crepuscular", incluso alucinaciones (aunque no está incluido entre los alucinógenos), además de náuseas, vómitos y molestias estomacales. Por lo demás, esta sustancia inhibe la libido, haciendo difícil o casi imposible alcanzar el orgasmo.
El opio se diluye en agua, se calienta a fuego lento, luego se filtra y se calienta otra vez hasta evaporar el agua, para fumarlo de un modo convencional o en papel de aluminio, como los chinos de heroína o caballo. También se puede comer o ingerir por vía oral, incluso se puede introducir por el ano.
El opio ha sido utilizado para la elaboración del láudano, que es una mixtura alcohólica compuesta, entre otros productos, por vino blanco, azafrán, clavo, canela, además de opio. El láudano, cuyo principio más activo es la morfina, aparte de codeína y narcotina, se usaba para aliviar cualquier tipo de dolor.
Su empleo médico se remonta al Antiguo Egipto, como analgésico y calmante, para «evitar que los bebés griten fuerte» y «hacer olvidar cualquier pena». Los griegos, por su parte, también utilizaban la adormidera como analgésico, para dolores de muelas, como anti-diarreico, para combatir las fiebres y hacer dormir a los niños, incluso para tratar la histeria.

Los árabes, a través del Islam, mostraron su rechazo al vino para adherirse al opio y el café. Han utilizado el opio como euforizante -aunque paradójicamente disminuye esta capacidad a medida que se aumenta la dosis y la frecuencia de consumo-, y para el tránsito de la segunda a la tercera edad, con el fin de sobrellevar los sinsabores de ésta última, según Avicena.
Según el filósofo e investigador en estos temas, Escohotado, el opio sigue siendo para él la mejor droga de paz, que calma el desasosiego, los dolores y sufrimientos, la angustia. Y no altera las facultades de raciocinio.

Actualmente, resulta difícil encontrar opio salvo en Asia Menor y Oriente, aunque la adormidera sigue creciendo de un modo silvestre en buena parte de Europa. Los principales países cultivadores (a fin de obtener sobre todo codeína) son entre otros India y España.

Hay una abundante literatura acerca del opio, léanse sobre todo Confesiones de un inglés comedor de opio, del siempre genial De Quincey); Opio, el diario de una desintoxicación, de Jean Cocteau, o Los Paraísos artificiales, de Baudelaire.

Sustancias depresoras del Sistema Nervioso Central, el alcohol

Como ya señalé, en un principio, a propósito de drogas en su relación con los trastornos de la psique, y en este caso como depresores del SNC (Sistema Nervioso Central) están, entre otros, el alcohol; el opio y sus derivados: morfina, heroína, codeína, metadona... y los tranquilizantes Mayores o neurolépticos, los tranquilizantes Menores (Benzodiacepinas...), grandes narcóticos (cloroformo, éter, etc.).
El alcohol (y en concreto el etanol o alcohol etílico), con el que la sociedad está tan familiarizada, aquí y allá, es una potente droga psicoactiva, cuyos efectos, sobre todo en alcohólicos crónicos, son demoledores (y esto no lo digo con afán moralista, claro está). Veamos a continuación algunos de éstos.
El alcohol crea, además de una dependencia psíquica, una gran dependencia física, manifestada a través del síndrome de abstinencia o mono, que se traduce en temblores, sudoración, taquicardia, ansiedad, irritabilidad, náuseas, vómito, falta de apetito, insomnio, incluso alucinaciones visuales o auditivas, como sabemos por el Delirium tremens, en el que se manifiesta una confusión de la conciencia y una desorientación espacio-temporal, acompañada por ilusiones y alucinaciones, sobre todo visuales, donde es frecuente la vísión de animales pequeños, o la enfermedad de Wernicke (aunque no sea exclusiva del alcoholismo), cuya psicopatología obedece a un cuadro confusional con componentes amnésicos, el primer estadio, en definitiva, de la enfermedad de Korsakov, que también se caracteriza por amnesia, en concreto e fijación (pues no es capaz de fijar ningún recuerdo después del inicio de la enfermedad), confabulaciones, donde las lagunas de memoria se tienden a rellenar con invenciones, falsos reconocimientos (reconocer a gente que no se conoce), alucinosis alcohólica (caracterizada por alucinaciones de tipo audioverbal, con voces que se refieren en tono acusatorio y amenazante al alcohólico), celotipia alcohólica (cuando el alcohólico sospecha o duda acerca de la fidelidad de su cónyuge, un auténtico delirio, o sea), esclerosis laminar de Morel (con un progresivo deterioro mental), atrofia cerebelosa o encefalopatía hepática, aguda y crónica (acompañada esta última por trastornos emocionales, intelectuales y de la personalidad, que en ocasiones evolucionan progresivamente hacia la demencia).
En un principio, el alcohol deshinibe y excita produciendo sensaciones de relajación, incluso alegría, luego resulta hipnótico y anestésico, y al final, cuando hay un consumo excesivo, puede llevarle a uno a la inconsciencia o la muerte por parada cardiorrespiratoria.
Sus efectos, en dosis elevadas o muy elevadas, son catastróficos en el individuo, porque se incrementa presión arterial y debilita la capacidad para bombear sangre, produce ardor de estómago, incluso úlceras y hasta cáncer, inflamación del esófago y el páncreas, diabetes, cirrosis. Asimismo, disminuye los azúcares en la sangre, lo que produce una sensación de agotamiento, inhibe la razón y la vasopresina, que es una hormona encargada de mantener el balance de los líquidos en el cuerpo. Cuando deja de funcionar la vasopresina, el riñón empieza a eliminar más agua de la que ingiere y hace que el organismo busque agua en otros órganos, lo que procura dolor de cabeza. Daña las células del cerebro, de modo irreversible. Altera los neurotransmisores, retarda los reflejos, disminuye el autocontrol, afecta a la memoria y la capacidad de concentración, inhibe la absorción de algunas vitaminas y en concreto disminuye la vitamina B1, lo que puede llevar a los trastornos de Wernicke y de Korsakov.
Por otra parte, el alcohol aporta abundantes calorías con escaso valor nutritivo, que a la larga puede generar desnutrición. Disminuye la libido y por consiguiente la actividad sexual. Incluso puede causar infertilidad en las mujeres, porque altera y trastoca el ciclo menstrual así como las hormonas femeninas e impotencia en los hombres. Y en las mujeres embarazadas, que abusan del alcohol, éste puede producir malformaciones y retraso en el feto. También inhibe la producción de glóbulos blancos y rojos. La falta de góbulos blancos provoca un fallo en el sistema inmunológico, lo que aumenta el riesgo de contraer infecciones de bacterias y virus. Y en el caso de los glóbulos rojos, cuando son insuficientes para transportar oxígeno, sobreviene la anemia...

Drogas exógenas y endógenas

Aquí, de nuevo, intentando entender cómo las drogas, tanto las endógenas como las exógenas, modulan nuestra corporeidad, mente incluida, y se emplean, desde tiempos inmemoriales, por los humanos con fines religiosos, ceremoniales, festivos, por puro placer, acaso para encontrar un bienestar o felicidad. Sólo desde hace unos pocos años, y sobre todo en la llamada cultura occidental, las drogas son un tabú, al menos determinas sustancias, cuando sabemos que determinados pueblos las usan en sus ritos, como hacen, por ejemplo los Tarahumara, con el peyote. Algo que cautivó al surrealista Artaud, entre otros, que viajó a la Sierra Tarahumara, en Méjico/México, para familiarizarse con esta sustancia llamada psicodélica. También los yaquis de Sonora danzan hasta caer exhaustos bebiendo pulque, suponemos que aderezado con alguna otra sustancia... porque el pulque (que yo sepa) es sólo una rica bebida, extraida de la pita.
También sabemos que las drogas (fármacos) no sólo pueden ser un remedio, una cura o terapia a los males, sino un veneno, mortal, en algunos casos, aunque esto dependerá de la dosis, del individuo que la tome, así como de las circunstancias en que se produzca esa toma... De ahí que se hable de la dependencia física o síndrome de abstinencia (mono) o dependencia psíquica, y aun del grado de tolerancia, según la sustancia que se tome, y por supuesto el tipo de persona y el contexto.
En la actualidad, se habla de drogas inteligentes o nootrópicos (literalmente que hacen girar o dar vueltas a la mente), que se hallan en alimentos y en plantas, como nueces, aceite de pescado, romero, etc., y cuyos efectos en el cerebro son muy saludables, porque además potencian y elevan determinados neurotransmisores (nuestras drogas endógenas, a las que ya me he referido).
Mención especial requieren los neurotransmisores llamados Péptidos opioides, entre los que se encuentran las endorfinas y encefalinas, que producimos nosotros mismos ante situaciones de relajación y situaciones donde forzamos al organismo, a saber, cuando nos excitamos, reimos o realizamos ejercicio físico intenso. Por eso, resulta tan recomendable reirse, hacer el amor o simplemente practicar algún deporte, incluso caminar, y aun correr una maratón, donde el maratoniano alcanza tales niveles edorfínicos, que tiene literalmente la impresión de levitar, como si sus pies no se posaran del todo en el suelo.
Las endorfinas son nuestros analgésicos naturales, que nos procuran sensaciones de placer, bienestar, incluso euforia. Son algo así como nuestra morfina endógena. Por su parte, las encefalinas, que son moléculas más pequeñas que las endorfinas, también funcionan como analgésicos naturales, y podemos producirlas a través del recuerdo de la persona que nos gusta, un determinado aroma, a través en definitiva de situaciones placenteras. En esto se basan algunas religiones y/o filosofías como el budismo o algunas técnicas de medicina alternativa, y aun las que emplean chamanes y curanderos, que hacen uso de la meditación, además de algunos "hechizos", que pdrían explicarse, cómo no, por la vía neuroquímica. Incluso lo que se entiende por amor, podría explicarse en términos bioquímicos, cual si fuera una droga por la que sentimos dependencia física, y psíquica, pues el amor, la pasión, están impregnados de fluidos aromáticos, olorosos, feromónicos, como el resto de animalitos, con sabor, textura... A menudo se dice que las endorfinas son las drogas naturales de la felicidad, y por ende, se podría concluir que funcionan como antidepresivos. Pues, deberíamos producirlas y activarlas.
Capítulo especial merecen asimismo las feromonas, que son sustancias químicas secretadas por humanos, animales y plantas para comunicarse, relacionarse, incluso sexualmente, con el otro. Son como señales de gran alcance porque viajan a través del aire. A través de las feromonas, a modo de aromas o mensajes químicos, se puede camelar, enamorar a otra persona. Se dice que las mujeres, cuando están ovulando, segregan feromonas sexuales que provocan, al menos en algunos hombres, una excitación, tal vez inconsciente, que a su vez les eleva determinados neurotransmisores como la dopamina y la serotonina.
Ya en la Antiguedad, se utilizaban feromonas en la fabricación de perfumes, que sin duda, al menos algunos, activan el deseo sexual, tanto en mujeres como en hombres. Al parecer, el sudor, sobre todo de personas sanas y enérgicas contiene sustancias, que podríamos llamar afrodisíacas.
El Perfume, de Süskind, es como un intento, a través de Grenouille, que posee un extraordinario sentido del olfato, por lograr el aroma mágico que subyuge a la humanidad.
En animales, tanto en abejas como en hormigas, las feromonas están a la orden del día. Las hormigas son un buen ejemplo de organización social a partir de las feromonas, que también usan como medio de atracción sexual.

domingo, 28 de marzo de 2010

Sustancias psicotrópicas y su relación con los trastornos psíquicos

Las sustancias psicotrópicas o psicotropos, que literalmente nos trastocan o nos dan la vuelta a la mente y/o el cerebro, nos abren asimismo las puertas del universo, tal vez la gatera de lo surreal, para que penetremos, decididos y alegres, hacia un más allá colorido y sonoro, infinito y quizá ilimitado, y de paso nos demos un baño balsámico de beatitud o de algo que nos endulze la vida.
A través de estas sustancias, que se utilizan como fármacos y psicofármacos en medicina y psicopatologías varias, logramos cambios en nuestra pecepción del espacio-tiempo, en nuestros estados anímicos, en nuestras conductas.
Estas sustancias o drogas (exógenas) frente a nuestros propios neurotransmisores químicos ("psicotropos endógenos", entre otros las llamadas endorfinas y encefalinas) se encargan de modificar o alterar algunos procesos bioquímicos o fisiológicos de nuestro cerebro, a través de estimulación o inhibición. De ahí que exista un clasificación, más o menos aceptada y acertada, en sustancias depresoras, estimulantes y por último psicodélicas o alucinógenos (la psicodelia se me hace muy interesante, y espero entrarle de lleno en algún momento).
Entre las sustancias depresoras están el alcohol, el opio y sus derivados, como la morfina, heroína, codeína, metadona... y los barbitúricos y Benzodiacepinas o tranquilizantes.
Entre las estimulantes se encuentran la coca y la cocaína o farlopa, el crack, la cafeína (café, té, cacao...), las anfetas y sus derivados, la nicotina.
Y para finalizar están los alucinógenos o drogas visionarias, psicodislépticos o piscodélicos, que pueden subdividirse en Menores (Cannabis y derivados: Marihuana y Hachís, Éxtasis; Mayores (el o la LSD, psilocibina, el peyote y la mescalina, Ibogaína, etc), Disociativos (Ketamina, Salvia Divinorum, etc.), alucinógenos clásicos (atropina...).
Resulta fascinante saber que los trastornos psíquicos obedecen en buena medida a este déficit o incremento de los llamados neurotransmisores o mensajeros químicos que están en nuestro organismo, dependiendo, eso sí, de otras circunstancias de vida, que inevitablemente están interrelacionadas con el incremento o disminución de estos neurotransmisores.
Entre los más conocidos están, aparte de las encefalinas y endorfinas (péptidos opioides), la Noradrenalina, la Dopamina, la Serotonina, la Acetilcolina o el GABA... implicado cada uno de éstos en alguno o varios trastornos psíquicos, a saber, una disminución de Noradrenalina con la depresión, la Dopamina (anormalmente elevada), en relación con las psicosis y la esquizofrenia así como otros trastornos afectivos (véase la manía), la serotonina (también conocida como la hormona del placer y del humor) con estados depresivos, autismo, esquizofrenia, etc., la Acetilcolina (disminuida) con el Alzheimer, y el GABA con corea de Huntington.
Continuará.

Aroma a primavera

http://www.diariodeleon.es/noticias/bierzo/olor-primavera_186586.html (inicialmente publicado en Diario de León, 2005)


En el Bierzo las estaciones del año están bien definidas. No hace falta fijarse en el calendario para saber en qué estación estamos. Sólo hay que arrojar un vistazo al campo, o darse una vuelta por la naturaleza. Lo mejor es adentrarse en las campiñas y en los montes para sentir el pulso vital de la madre naturaleza. Explicar y entender lo obvio no siempre resulta fácil.

En el Bierzo, y sobre todo en el Bierzo Bajo, las estaciones suelen coincidir en tiempo y forma con el calendario. En cambio, en el Bierzo Alto, y no digamos en la estepa maragata y en el resto de los páramos leoneses, las estaciones del año no se nos aparecen tan claras como en el Bierzo Bajo. Esta es una impresión, tal vez subjetiva, que podría tener como cierta objetividad.


En los páramos provinciales da la impresión de que se pasara del crudo invierno al verano torrador en un abrir y cerrar de ojos. Sin embargo, en el Bierzo, y en concreto en el Bajo, uno ve con claridad el cambio y paso de una estación a otra. Más que verlo uno lo huele y lo siente en su sangre y cerebro. “¡Cómo siento dentro de mí la primavera!”, dice el personaje de la Gradisca en la película “Amarcord” de Fellini, mientras el gentío se dedica a encender una hoguera para quemar simbólicamente el invierno.


El otoño berciano es bien conocido por ese contraste de colores que nos invita a retratarlo cual si fuéramos pintores impresionistas. En realidad, el otoño berciano es una hermosa pintura impresionista. Un cuadro, acaso pintado por Auguste Renoir. Un desayuno campestre a la sombra de un castaño. O una merienda en medio de las cepas de una viña.


Pasado el otoño, y ya finalizado el invierno, que este año fue harto duro, según los paisanos y vecinos, ya estamos entrandole a la primavera, que huele a ramo florido y a almendro en flor. No obstante, el invierno, que es estación traidora, resurge cuando uno menos se lo espera. Y aun perfumados de primavera, puede el invierno darnos unos brochazos de blancura amarga que nos deja tiesos. El invierno, incluso en el Bierzo Bajo, siempre duele porque el frío y la falta de luminosidad nos vuelven aletargados y morriñosos. La dureza del invierno reside más que nada en la falta de luminosidad, que nos vuelve depres y algo idos de la realidad.


Pero llegado el mes de marzo, que ahora está a punto de estirar la pata, los días se alargan y se hacen más luminosos. Hoy, en concreto, con el nuevo cambio de hora, hemos gozado de más luz, y eso se agradece. 
Entonces, ya no importa que haga frío o nos caigan nevadas y centellas -como en Gistredo o La Guiana- porque comienza un nuevo ciclo vital. Y nos entran unas ganas enormes de salir al campo en busca de esos brotes de vida que nos alegran el alma y dan energía y sosiego al cuerpo. Como en el Corte Inglés, hace días que uno siente la sangre y savia primaverales, el aroma de esta estación vital.

viernes, 26 de marzo de 2010

Gaudí en el Bierzo, en Astorga, en León, en el universo



Ahora que estoy en León, veo a Gaudí por todos lados, su monumento, la casa de Botines... incluso lo siento en Turquía, país que visitaré, o mejor dicho, revisitaré en breve.


Quedan ya pocos días para que viaje a Estambul, una vez más. Y pienso en Gaudí, en la Capadocia, en la primera vez que fui a este país... en tantas y tantas cosas...


Gaudí, que era un ermitaño y se sentía atraído por la vida ascética, es probable que hubiera vivido encantado en la cueva de San Genadio, en el Valle del Silencio, en ese Bierzo hecho para ser soñado más que para ser contado. Y seguramente se inspirara en el paisaje lunar de Las Médulas para llevar a buen término sus construcciones, esos edificios que parecen tocar el firmamento, en esa su ascención a la gloria eterna. El fulgor místico parece impregnar toda la obra de este genio universal.
Si uno se queda contemplando el singular y cinematográfico paraje berciano, desde el mirador de Orellán, te entran ganas de levitar. Es como si flotaras en la inmensidad del espacio, desafiando la ley de la gravitación universal, absorto en un espejismo, aura de embrujo y fantasía, en medio de una onírica y hermosa plasticidad.
El paisaje medular berciano, aunque único, tiene cierto parecido con el “Valle Rojo” de la Capadocia. Y esta región turca, cuya extensión se aproxima a la del Bierzo, también pudo haber servido de inspiración al renombrado arquitecto catalán.

Juan Goytisolo, en su libro “Aproximaciones a Gaudí en Capadocia”, nos cuenta que Gaudí, como el gran Cervantes o el atormentado Goya, buscaba la España profunda, la España negra, y seguramente la llegó a encontrar en las vetas ocultas del mestizaje mudéjar.

Por cierto, me llevaré bajo el brazo, en la maleta quizá, este libro cuando viaje a la Constantinopla bizantina.


El mestizaje como alimento espiritual. El “espíritu” como algo que debemos recuperar en esta época abrasada por un capitalismo salvaje y un consumismo estúpido. La espiritualidad frente al materialismo grosero que nos invade. La sensibilidad y la verdadera inteligencia frente a un pensamiento único, totalitario, ramplón, terrorífico. Incluso el arte se está convirtiendo en un sucedáneo, en una chapuza.

También sabemos que a Gaudí le atraían los templos hindúes y los minaretes de las mezquitas árabes. Le fascinaba, en definitiva, el espacio físco y cultural del Islam. Su único viaje de juventud, al parecer, fue a Marruecos. Y no a la Capadocia, como uno pudiera llegar a creer.

Quien visite el valle de Göreme, en la Capadocia, se percatará de que Gaudí estuvo dándose una vuelta por allí. Y se quedó embebido con el sabor de los hongos y el color de las chimeneas fungiformes en donde habitan los trogloditas -esa estirpe inmortal, como nos dice Borges- y algunos anacoretas fugitivos.

Gaudí, que tenía algo de hombre cavernario y mucho de cenobita, fue capaz de devolver la naturaleza al arte. Y transformar éste en algo sublime.

martes, 23 de marzo de 2010

Goran Bregovic

A este extraordinario músico y compositor balcánico, que vive o vivía en París, he tenido la fortuna de escucharlo, al menos, en dos ocasiones en concierto, una en Madrid, y otra vez en León, cuando en la capital del Reino se hacían festivales de Nuevas Músicas, algo que echamos en falta porque ha dejado de existir. Por estas nuevas mísicas leonesas pasaron grandes musicos como Philip Glass, Marta Sebestyen, Kepa Junquera, Joan Valent, o algunas bandas de zíngaros, que por cierto también han acompañado en algún concierto a Bregovic. Estoy rememorando sólo a algunos, pero hay muchos más.
Bajo el nombre de El tiempo de los gitanos, como la película de Kusturica, nos deleitaron, con sus animadas y folclóricas músicas, algunas bandas como los rumanos Taraf de Haïdouks, a quienes luego puede escuchar de nuevo, hace unos años, en el mítico festival de Ortigueira.
Y un año le tocó a Goran Bregovic poner el trombón de oro a este festival de nuevas músicas, en la ciudad de León.
Bregovic ha compuesto gran parte de las bandas sonoras de las películas de Emir Kusturica, su amigo del alma, hasta que se escacharraron.
A Kusturica, que también es músico y tocaba el bajo en un grupo punk, lo conoció en los años 70. Y desde entonces, y hasta hace sólo algunos años, formaron o han formado una pareja inseparable.
Entre las bandas sonoras de Bregovic figuran, aparte de Tiempo de gitanos, otras como Gato negro, gato blanco; Underground o Arizona Dream.

Francia me descubrió la música de Bregovic y el cine de Kusturica. Y a partir de ese momento he seguido casi con devoción a cada uno de ellos.
La música de Bregovic tiene tal fuerza que es capaz de conmover a un muerto. Y nunca mejor dicho porque suele actuar con su orquesta para bodas y funerales.

Se me antoja decir que Kusturica es como el Fellini de los Balcanes, y Bregovic es como Nino Rota.
Su música parece alegre y triste al mismo tiempo. Es intensa y muy expresiva, impregnada de folclore balcánico, con cierto sabor rock, hecha con
melodías zíngaras, voces búlgaras y charangas festivas.
Cuando uno escucha Ederlezi, que quizá sea su canción más conocida, es como para que a uno se le pongan los pelos de punta.
 

lunes, 22 de marzo de 2010

Cinco horas con Mario

Me dice Fernando Tascón, director de Radio Bierzo, Cadena Ser, si podría hablar de un libro de Delibes. Por supuesto.
Hay varios suyos que me parecen joyitas de nuestra literatura, Literatura con mayúsculas, como asegura Fermín López Costero (nada de literatura prefabricada, deconstruida, de untar (Nocilla, Parlín, Nutella), léanse, por ejemplo, El camino, Los santos inocentes, Las ratas o el impresionante Cinco horas con Mario, que el maestro Delibes publicó en 1966, un año antes de que me nacieran, como a buen seguro diría otro grande, en este caso leonés, el señor Crémer, que también nos dejó hace un tiempo, con el siglo bien cumplido, los deberes hechos y una gran vitalidad. Lástima que, incluso los grandes y quienes a priori gozan de excelente salud, también se mueran.

Cinco horas con Mario, que ha sido adaptada al teatro, con buen tino y gran éxito, y aun llevada al cine por Josefina Molina, como otras muchas obras de Delibes, se me antoja realmente extraordinaria, no sólo por lo que nos cuenta, sino cómo nos lo cuenta, lo que resulta innovador para la época, sobre todo en nuestro país.

Recuerdo, al menos, haber visto una función teatral en el Bergidum de Ponferrada, dirigida por Josefina Molina, con Lola Herrera como protagonista estelar, quien llegó a identificarse de tal modo con su personaje, incluso a creerse la Carmen de la novela, como Bela Lugosi lo hiciera con Drácula.

A través de un deslumbrante y fluido monólogo interior y un empleo casi constante de la segunda persona, el autor, metido en la piel de una mujer, nos va relatando cómo es la vida en una ciudad provinciana (tal vez Valladolid), y en una España gris de posguerra, o mejor dicho dos Españas irreconciliables, que podrían estar representadas por Mario y Carmen.
Delibes, oculto tras la voz de Carmen Sotillo o Menchu, nos cuenta, siempre desde el punto de vista de ésta y en un lenguaje coloquial, cómo se siente tras la repentina muerte, supuestamente por infarto, de su marido, Mario Díez Collado.
Carmen se nos muestra como una mujer conservadora, de clase media, envidiosa, harto remilgada y neurótica, con ideas racistas y clasistas, reprimida y resentida, dogmática, hipócrita, ignorante, que descarga toda su frustración, a modo de fusilería verbal, contra el pobre Mario, un catedrático de instituto, liberal, idealista, angustiado, depre, según su “sacrosanta” esposa, que escribe artículos comprometidos para un periódico, en los que sale en defensa de los desheredados de la sociedad, y va en bibicleta, algo que no es propio de su clase, según su rancia y clasista esposa.
Creo que Carmen, como muchas otras donnas, debería darse un garbeo por los Países Bajos, y montarse en alguna bici, como los ejecutivos y mujeres de negocios, que van tan campantes, móvil en mano y cartera en ristre, bien trajeados y floreados, pedaleando con ilusión entre canales y el colorido erótico del paisaje humano, que da gusto verlos, sobre todo cuando en sus bicis portan a sus retoñitos, rubiecitos y angelicales. Una monada, o sea, que podría decir Carmenchu.

Mario, aunque da título a la novela, es un personaje ausente, como Rebeca de Hitchcock, del que llegamos a saber como es sólo por su mujer, que nos lo va reconstruyendo a su modo, con sus libres asocioaciones de ideas, en ese fluir intenso de su conciencia/subconsciencia, quizá de un modo distorsionado.

Mientras lo vela, durante cinco horas en el propio despacho de Mario (lo que incrementa la intensidad dramática), le cuenta todo aquello que piensa y siente de veras y que nunca le pudo decir en vida, durante veintetantos años de matrimonio, entre otras, alguna de sus pequeñas infidelidades con un tal Paco, cómo no fue correspondida sexualmente la noche de bodas por su marido, "que sabrá de amor un hombre que la noche de bodas se da media vuelta y si te he visto no me acuerdo", "tú te acostaste y "buenas noches", como si te hubieras metido en la cama con un carabinero", le recuerda Carmen a su marido... También le echa en cara que no le comprara o comprara un coche Seiscientos. Esto me hace recordar una secuencia, emocionante, cuando el genio Brando vela a su mujer muerta en El último tango en París.
Toda la acción de Cinco horas con Mario se desarrolla, como señalé, en la casa mortuoria entre la salida del último visitante la noche del velatorio o velorio y la salida del cadáver y la comitiva fúnebre la mañana siguiente, todo ello en un ambiente cargado, viciado, incluso de humo, hipócrita, con besos al aire, al vacío, como a menudo hacen algunos franchutes cuando te saludan por puro compromiso, un ambiente lleno de cuchicheos.

Se trata de una confesión o auto-confesión, ella que es muy catolicona, delante del muerto, que ni siquiera en vida la escuchaba. Y lo hace con un lenguaje vulgar, hecho con tópicos, repipi por momentos, lleno de imprecisiones y reiteraciones, frases hechas, proverbios, cierto abuso del laísmo, propio de esta tierra pucelana, etc.

Delibes, a través de este brutal mono-diálogo, escrito desde el «yo» de la viuda a un «tú» de cuerpo presente-ausente que es el cadáver, nos adentra en un mundo pequeñoburgués y franquista, que por momentos nos eriza hasta los pelos de la nuca, porque ella es una mujer reaccionaria, que culpa de todas sus desdichas y frustraciones, incluso de su propio fracaso matrimonial, a su marido, y en general a los hombres, a los que considera unos egoístas, porque ella se considera una buena mujer y además de buen ver, con una gran poitrine (señala ella misma, haciéndose la finolis, en repetidas ocasiones), o sea, con una potente delantera o pechera, con muchos y buenos pretendientes, como el tal Paco, etc.

En cuanto a su estructura, esta novela consta de un a modo de prólogo, precedido de la esquela mortuoria de Mario, y veintiocho capítulos (el último en forma de epílogo, narrado fundamentalmente en tercera persona, como el prólogo) por contraposición a los veintisiete restantes, narrados en segunda persona del singular y en un estilo diferente al resto.

Cada capítulo, desde el primero hasta el veintisiete, comienza con una cita bíblica escrita en cursiva. Las citas de marras son como brevísimos pasajes que Mario, liberal aunque católico comprometido, supuestamente había subrayado en su Biblia de cabecera. Y a partir de estas citas, Carmen va hilvanando pensamientos, recuerdos y sobre todo continuos reproches a Mario por no haber sido como ella quería que hubiera sido, más pragmático en la vida, más adaptado al sistema, con aspiraciones de ascenso en la jerarquía social, y sobre todo menos frío con ella.
“Que siempre me ha dolido tu pobre concepto de mí, Mario, como si yo fuera una ignorante o cosa parecida” “Que te pones a ver, Mario, querido, y conversaciones serias, lo que se dice conversaciones serias bien pocas hemos tenido”.
“Que los días buenos los desaprovechabas y luego, zas, el antojo, en los peores días, fíjate, “no seamos mezquinos con Dios”; “no mezclemos las matemáticas en esto”... que luego la que andaba reventada nueve meses, desmayándose por los rincones era yo”.
“Luego, cuando te vino eso, la distonía o la depresión o como se llame, llorabas por cualquier pamplina, acuérdate, hijo, ¡vaya sesiones!, y que si la angustia te venía de no saber cuál es el camino”.
Sí, Mario, sí, estoy llorando, pero bueno está lo bueno, que yo paso por todo, ya lo sabes, que a comprensiva y a generosa pocas me ganarán, pero antes la muerte, fíjate bien, la muerte, que rozarme con un judío o protestante.
“Todos iguales, para Dios no hay diferencias... ahora bien, los negros con los negros y los blancos con los blancos, cada uno en su casita y todos contentos”.

«Mario, cariño, lo que pasa es que ahora os ha dado la monomanía de la cultura y andáis revolviendo cielo y tierra para que los pobres estudien, otra equivocación, que a los pobres los sacas de su centro y no sirven ni para finos ni para bastos, les echáis a perder, convéncete, enseguida quieren ser señores y eso no puede ser».
A lo largo de la novela, vemos desfilar a toda una galería de personajes, incluidos los hijos de Carmen y Mario (cinco en concreto), algunos amigos y/o enemigos de ambos, sobre todo de Mario, etc., entre ellos Valen, la gran amiga de Carmen, o Paco (el pretendiente número uno de ella), o bien Mario, el hijo mayor, y ese Pepito Grillo, llamado Borja, al que oímos gritar:
"Yo quiero que se muera papá todos los días para no ir al colegio".
Cría cuervos, dice Carmen, para que se saquen los ojos.
Da la impresión de que Mario fuera el alter ego, o una proyección del propio Delibes, aunque quiero creer que su mujer no era, ni de lejos, como Menchu.
No dejéis de leer esta novela, que sin duda os marcará.








jueves, 18 de marzo de 2010

Luis Buñuel, Don Luis, Un suspiro de libertad


En estos tiempos carcelarios y coercitivos que vivimos, siempre la represión chingándonos, metiéndonos en vereda, ¿por qué no podemos ser libres de verdad, aunque queramos serlo?, siempre es sano y conveniente volver a Buñuel, a su cine, y también a sus textos, tan hermosos y revolucionarios, surrealistas y definitivos. Luis Buñuel, Don Luis, como le decían su cuates, es sin duda lo más grande que ha dado el cine español hasta la fecha. Ni Almodóvar, ni Saura, ni siquiera Erice... que me disculpen todos ellos, han logrado lo que hizo Buñuel, que además tuvo que ingeniárselas para filmar en México, ese país al que nunca pensó ir, pero que le sirvió para sobrevivir, luego de sus no demasiado buenas experiencias en Gringolandia, y que al final también le valió... madre... de morada, durante muchos años, México, tan lejos de Dios, y tan cerca de USA.


Apasionante la vida y obra de Buñuel, tanto en Méjico/México como en Francia, incluso sus obras rodadas en España, véanse Tristana o Viridiana, por ejemplo.


Me apetece mucho acercarme a Luis Buñuel, sobre todo ahora que se avecinan tiempos de santas y nazarenos, procesiones y redobles de tambor. Los tambores de Calanda le ponen a uno la carne de pollo. Y los cristos que aparecen en sus películas, como ese que se ríe a carcajadas en “Nazarín”, te invitan a tomarte el mundo, cual si fuera un dry-martini, con sentido del humor. De lo contrario, estaríamos perdidos.


Buñuel ha significado mucho en mi vida, y mi admiración por él comenzó hace tiempo. Desde entonces he seguido muy de cerca el fantasma de su libertad, o ese oscuro objeto de deseo. Me he aproximado a sus obsesiones, sueños y pinceladas surrealistas. He visto una y otra vez sus películas. He leído su obra literaria, publicada en Ediciones de Heraldo de Aragón, 1982, y algo de lo que se ha escrito sobre su obra, que es muchísimo.


En cuanto a su literatura me quedo con ese texto sorprendente y feroz que es “La descomunal batalla de las catedrales y las vagonetas”, y ese poema dedicado a las hostias consagradas, que en tiempos leyera José Luis Moreno-Ruiz en su programa “Rosa de Sanatorio” de RNE, Radio 3. Lo que le valió algún disgusto.


Entre las obras que he leído de Buñuel, y que os recomiendo, está “Mi último suspiro”, un libro de memorias que escribiera con la ayuda de su guionista Jean-Claude Carrière. Quien quiera acercarse a este cineasta debería leerse este librín.


También he visitado algunos lugares donde él estuvo o vivió como La Residencia de Estudiantes de Madrid (El Pinar, 21), el MOMA de Nueva York, algunos bares de Montparnasse y Saint-Germain en París, México DF, etc.


En la Cinemateca de Coyoacán (México DF) hay dos placas donde aparece Buñuel entre los diez mejores directores de la cinematografía mexicana. En una placa por “Los olvidados”, y en otra por “El ángel exterminador”.


Érase una vez un hombre al que se pretendió encadenar, incluso aniquilar ¿Qué hubiera sido de mí, de no haberme escapado de España?, llegó a decir más o menos, un humanista, digo, que incendió con su cámara las subconsciencias, y transgredió los velos de la hipocresía, un hombre fuerte y socarrón que puso en evidencia los encantos de la burguesía, y nos erizó los pelos al encerrarnos en un espacio de ángeles exterminadores, a puerta cerrada, cargados de tequila y mezcal, tentados por un demonio con aspecto de querubín (Silvia Pinal o Catherine Deneuve, a vuestro antojito). Un día, hartos de ultrajes, decidieron subirse a la columna de Simón, que ahora está en el Paseo de Reforma del Distrito Federal, en Mejiquito lindo y chingado, amoroso y brutal.
Esperanza, lucha y conquista son necesarias para alcanzar la belleza.

Busquemos la belleza, una y otra vez, porque acaso sea, como repitiera tantas veces Ramón Trecet en sus Diálogos 3 de Radio 3, la única protesta que merece la pena en este asqueroso mundo, que en determinadas ocasiones se nos muestra aromáticamente atractivo.

Don Luis, como le decía el gran Paco Rabal, entre otros, da mucho de sí, y en otra ocasión volveré sobre él y su estimulante obra.

martes, 16 de marzo de 2010

La nueva Edad Media





Resulta apasionante y estremecedor al mismo tiempo volver a releer “La nueva Edad Media”, sobre todo ahora que las veladas, fiestas y espectáculos varios se resuelven o intentan resolverse por el cauce viciado del Medioevo, bajo los harapos sagrados de lo antiguo, aun a sabiendas de que no siempre el tiempo pasado fue mejor, ni tiene por qué serlo, pues agua pasada, según el refranero español, no mueve molino.

Estamos mostrando una especial inclinación por el pasado más añejo, cuya peste negra parece embriagar nuestros sentimientos más puros, mientras que, por otra parte, tendemos a olvidarnos de nuestro pasado más reciente, ese pasado hecho de miseria y de sangre, ese tiempo de guerras inciviles, holocaustos, catástrofes mundiales. Es como si tuviéramos amnesia para con los acontecimientos más cercanos, y nos fuera la marcha con lo que nos queda más lejos en el tiempo. Puesto que el pasado más lejano no nos afecta y hasta nos resulta exótico, nos gusta recrearnos en él.
Nuestro pasado más próximo, en cambio, nos asusta y nos produce monstruos insuperables de conciencia, huellas aterradoras en las lagunas de nuestro subconsciente. Tratamos por todos los medios de falsear o pasar por alto nuestra conciencia como si no fuera con nosotros. Asunto peliagudo, que convendría revisar. Es necesario repensar la realidad, analizarla, aplicar la dialéctica, progresar y a la vez regresar para dar cuenta del lugar en que estamos “parados”, que diría cualquier hispano-americano. Pues, parémonos a pensar, a reflexionar, qué está fallando para que todo dios -mandatarios, el pueblo, todos-, sienta esa necesidad por montar saraos medievales. No sería mejor que nos diera por el humanismo, el Renacimiento, la Grecia esplendorosa, la filosofía…
Es sabido que quien desconoce la historia está condenado, cuando menos, a repetirla. La historia de la infamia se repite. Somos animales de costumbres y por ende repetitivos. Nada que ocultar bajo las bóvedas celestiales. Y así por los siglos de los siglos. Hasta el final de los tiempos. Que algún día habrán de llegar… casi seguro. El Apocalipsis tocando la trompeta, acaso como en El nombre de la rosa, el tan-tan berebere, el muecín resonando en el orbe de las religiones confusas
Hace tiempo que venimos asistiendo y/o presenciando ceremonias y teatros medievales por todos los rincones de nuestra sacrosanta provincia leonina, excuso decir leonesa. Se están poniendo de moda las justas y los mercados medievales, aquí y acullá, tanto en el Bierzo y la Maragatería como en el Páramo y Tierra de Campos.

Pero si queréis adentraros de lleno y por la puerta grande en la Edad Media sólo tenéis que abrir, por ejemplo Bab Boujloud, y caminar cuesta abajo por Talaa-Al-Kébira hasta alcanzar el meollo del cogollo de Fez-el Bali. Allí, inmersos en un laberinto de sorpresas, en el Gran Bazar de las emociones olorosas, que os devolverán a vuestros ancestros, os encontraréis con el Medioevo en toda su salsa.
La Medina de Fès o Fez, en Marruecos, os acogerá con los brazos abiertos. Sólo tenéis que dejaros encantar por los olores, colores y sabores, que acabarán impregnando de tal modo vuestra presencia, que os creeréis trasladados a la tan ansiada época medieval. O bien daros un paseo literario por El Perfume, de Süskind, para embriagaros con los aromas y feromonas que se desprenden de un París nauseabundo como un tubo de escape y un rebaño de letrinas en Auschwitz-Birkenau.

La nueva Edad Media es, por lo demás, un magnífico ensayo de los años setenta, cuyos autores, entre otros, Umberto Eco y Giuseppe Sacco, sostienen la tesis de que caminamos hacia una nueva Edad Media. Al parecer, ya estamos morando en ella.
“Surgirán psicosis parecidas a las que se habían producido en el pasado... y se consolidará un nuevo maccartismo mucho más cruento que el primero”.