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domingo, 31 de enero de 2010

La insoportable levedad del ser

La insoportable levedad del ser es quizá una de las mejores novelas de las últimas décadas. O al menos esa es la impresión, subjetiva sin duda, aunque intentaré explicarme y contar por qué esta obra de Milan Kundera es tan buena. En este caso, no se trata de lo que nos cuenta este novelista checo, sino de cómo es capaz de enganchar al lector a través de una habilidosa y bien entretejida narración, aderezada con sabias reflexiones filosóficas, erotismo y un excelente sentido del humor.

Estructurada en siete capítulos, cuyos títulos o subtítulos se repiten, de un modo intencionado, en la primera y quinta partes (la levedad y el peso), al igual que en la segunda y la cuarta (el alma y el cuerpo... el alma no es más que la actividad de la materia gris del cerebro), esta novela comienza con un planteamiento vital, definitivo: "una vida que desaparece de una vez para siempre, que no retorna, es como una sombra, carece de peso, está muerta de antemano". Parece una pregunta, pero en realidad es como una afirmación. De ahí el título de la novela, la insoportable levedad del ser.
Se trata de una tesis que aboga por la no creencia en otra vida, de una vida tal vez sin dios, "la vida humana acontece sólo una vez", nos recuerda. "Siempre he admirado a los creyentes", prosigue Tomás.
La idea de Nietzsche del eterno retorno, cuya repetición se prolongaría hasta el infinito, da la impresión de que no fuera más que un mito. "Si la Revolución francesa tuviera que repetirse eternamente -señala el autor con humor-, la historiografía francesa estaría menos orgullosa de Robespierre". Y, aunque la historia tiende a repetirse, no es exactamente de la misma manera, ni con los mismos individuos. "Si cada uno de los instantes de nuestra vida se va a repetir infinitas veces, estamos clavados a la eternidad como Jesucristo a la cruz", insiste el autor, con cierta ironía, que subraya la idea del eterno retorno como la carga más pesada. Entonces, surge la duda existencial: ser o no ser, ¿el peso o la levedad? El compromiso o la libertad. El problema irresoluble es que vivimos una sola vida, y lo que ocurre una vez es como si no ocurriera nunca. Qué fuerte, ¿no? Ya, de entrada, Kundera nos somete a una prueba de fuego. ¿A quién quieres más, criatura, a papá o a mamá? ¿Qué prefieres: una vida comprometida, responsable, "como dios manda" o bien una vida a libre valer, sin compromisos ni responsabilidades? ¿Es que esto se elige o nos viene impuesto?, ¿uno decide ser sólo sus sueños o bien es la sociedad, en la que estamos inmersos, quien nos modula y en verdad decide por nosotros?

Kundera elige a un personaje, Tomás, que da la impresión de que fuera su alter ego, o algo así, y lo caracteriza como un "mujeriego épico" por contraposición a lo que él llama "mujeriego lírico" (que persigue siempre al mismo tipo de mujeres). Tomás es, por tanto, un auténtico seductor (léase asimismo Diario de un seductor de Kierkegaard), incapaz a priori de enamorarse de una sola mujer o muchas iguales, y dispuesto, en cambio, en su búsqueda incansable de conocimiento y de una singular belleza femenina (la millonésima diferencial), a establecer una "amistad erótica" con sus muchas y variopintas amantes pasajeras, con quienes tiene contactos sexuales, sin que pueda dormir con ellas, lo que perturbaría su intimidad, su yo esencial, salvo con Sabina, su amante permanente y especial, con quien se permite ciertas licencias.
"Hacer el amor con una mujer y dormir con un mujer son dos pasiones no sólo distintas sino contradictorias", se decía Tomás.
Tomás es un médico de prestigio (científico) que, por pura casualidad (una vez más se impone el azar), se acaba enamorando de Teresa, aunque al principio, y por seguir fiel a sus principios, Tomás no lo reconozca abiertamente, y se invente algunos subterfugios -falsa conciencia- para enmascarar la evidencia. Incluso pretende convencerla de que el amor y la sexualidad son dos cosas distintas, aunque ella no lo entienda.
Tomás, casi sin quererlo, se enamora de Teresa cuando ésta inscribe su primera palabra en su memoria poética.
Tomás, como le ocurriera a Kundera después de la invasión rusa de Praga en el verano de 1968, pierde su plaza (en este caso novelado, de médico) por escribir un artículo en el que, inspirado en el Edipo de Sófocles (cuyo personaje mata a su padre y se acuesta con su madre, sin saberlo, y acaba cegándose por los actos cometidos) critica, supuestamente, al comunismo, a los comunistas (quienes también debieran quitarse los ojos luego de las barbaries que han hecho).
Teresa es el otro personaje protagonista, con gran peso en la novela, aunque su vida también tenga cierta levedad (no tanto como la de Tomás, porque ella se aferra con uñas y dientes al doctor), a pesar de que éste le sigue siendo infiel, en lo que al sexo se refiere, con otras mujeres, entre ellas Sabina, la pintora, que ayuda a Teresa a cambiar su estatus de camarera por el de fotógrafa, y que dice querer a Tomás porque es el "polo opuesto al Kitsch".
Sobre el kitsch, que sería como una mala imitación del original, un sucedáneo, o un arte pasado de moda y de mal gusto, reflexiona el autor en el capítulo 6, La Gran Marcha, que también dedica a Dios y la mierda (la mierda, con perdón, como problema teológico más complejo que el mal). A este respecto, y dicho sea de paso, recomiendo Para terminar con el juicio de Dios, de Antonin Artaud. "¡Quisiera aprender a ser leve!", dice Teresa, que no cree en la divertida intrascendencia del amor físico.
Aparte de este trío amoroso: Tomás, Sabina y Teresa, hay otros personajes, en apariencia con menos peso, como Franz, el otro gran amante de Sabina, que intenta subyugarla por su capacidad de ser fiel, aunque desconoce que a Sabina lo que la conquistaría sería la traición, y no la fidelidad (vaya cuestionamiento para nuestra pulcra y "fidelísima" sociedad europea, y no digamos para la vida islámica).
Franz es un intelectual izquierdoso, apasionado de la música como arte que más se aproxima a la belleza dionisíaca, tocada por la embriaguez, que se pregunta qué es la belleza, y que decide abandonar todo, incluida a su mujer Marie-Claude, para largarse a Camboya; un "ingeniero" o alguien que se hace pasar por tal y que acaba teniendo un encuentro sexual fugaz con Teresa; el hijo de Tomás (muy parecido a éste en lo físico), quien le comunica, por carta, a Sabina la muerte de su padre y de Teresa (lo que ocurre antes de llegar a la mitad de la novela, como en las grandes pelis del maestro Hitchcock, que nos hace asistir a la muerte -por asesinato, véase por ejemplo Psicosis-, y aun así, o quizá por esto, logra mantenernos en vilo hasta el final); el chistoso cerdito Mefisto, y el perro Karenin (que toma su nombre de Karenina, Ana, la novela de Tolstoi).
De éstos últimos, es sin duda Karenin quien tiene un gran peso en la novela, pues se trata de un animal fiel a sus dueños, sobre todo a Teresa, con quien mantiene un gran amor, desinteresado, y nos ofrece momentos de maravillosa ternura.
El último capítulo se lo dedica Kundera a la sonrisa de Karenin, lo que le permite al autor reflexionar acerca de los animales: vacas, el cerdo Mefisto, Karenin, como si estuviéramos ante un texto de etología, que como sabemos ha reivindicado los sentimientos de lo animales. También en este capítulo nos muestra cómo se conmueve hasta llorar el filósofo Nietzsche ante un caballo castigado por su cochero con un látigo, cómo Descartes creía que los animales eran sólo máquinas o autómatas -vaya aberración-, cómo el ser humano, mientras vivió en la naturaleza, rodeado de animales, y en función de las épocas del año y de su repetición, era "feliz". Pereo ahora ya no podemos ser felices porque la felicidad es el deseo de repetir (una vez más la repetición) y el tiempo humano no da vueltas en redondo sino que sigue una trayectoria recta. Necesitaríamos, para alcanzar una vida plena, que la vida se repitiera, porque la felicidad es el deseo de repetir, piensa Teresa, y porque "hasta el humor está sometido a la dulce ley de la repetición". "¡Qué terrible es asumir el papel de la muerte!". Qué difícil es asumir la muerte, por cáncer, de Karenin, que el autor ha querido, intencionadamente, dejarnos para el final, cargado de tristeza y felicidad a la vez, mientras suena música, quizá como liberación.
Aunque la novela está ambientada en Praga -"la ciudad más hermosa del mundo", donde nació Kafka, que aspiraba a vivir en la verdad, no mintiéndose a sí mismo ni mintiendo a los demás, qué extraordinario, sobre todo no mentirse a sí mismo, porque a menudo nos portamos de un modo en la intimidad y de otro en público. Incluso el amor, 'el deseo de encontrar a la mitad perdida de nosotros mismos', cuando se hace público, aumenta de peso, y por ende se convierte en una carga-, se mencionan algunos otros espacios como Zurich, Ginebra, "ciudad de surtidores y fuentes... capital del aburrimiento... hermosa y llena de aventuras", París, Nueva York (belleza no intencional o belleza como error), Amsterdam (entre el mundo de las putas y el mundo de Dios).
Dios, o su inexistencia, está muy presente en la novela: "O el hombre fue creado a semejanza de Dios y entonces Dios tiene tripas, o Dios no tiene tripas y el hombre no se le parece"... Y "si el hijo de Dios puede ser juzgado por cuestiones de mierda, la existencia humana pierde su dimensiones y se vuelve insoportablemente leve".

sábado, 30 de enero de 2010

Ser sólo espíritu


Para ti, con la emoción del reencuentro después de tantos años en la Vetusta estudiantil.

Ser sólo espíritu
en un cuerpo hermoso, lleno de vida
sonriente y dulce
tocado con la varita mágica de lo galaico
y la fuerza intrépida de una Asturias verde y lluviosa
Ser sólo espíritu
para elevarse por encima de lo material grosero
en este barco-mundo a la deriva
y volar, volar y soñar como gaviotas
tan alto
que podamos tocar las estrellas
en un universo irreconocible y agujereado
vuelto del revés
Ser sólo espíritu
qué difícil
para abrazar el amor y la ternura
y entrañar una amistad
hecha de luz y razón
en medio de una sociedad corpórea
que juega a intercambiar fluidos
en esta galaxia curvada
y sin dios
Ser espíritu solo
más allá de nuestro olvido
y la ceniza de nuestras palabras
más acá de la obscenidad...
de la carne
que amortaja las esperanzas
de espiritualidad
en este tiempo de asesinos
Ser espíritu, sólo espíritu
en un cuerpo radiante
capaz de hacer el amor con todo
el universo.

miércoles, 27 de enero de 2010

Cuevas de Valporquero

Es revelador que el único monumento de nuestra provincia, declarado Patrimonio de la Humanidad, sea una ruina, como ha dicho un prócer de la cultura leonesa. Una ruina medular, rojiza y hermosa, donde intervino la mano humana, el brazo esclavo del Imperio romano. Si Las Médulas son Patrimonio de la Humanidad, uno se pregunta por qué las cuevas de Valporquero, belleza natural ensoñadora, no han tenido el mismo trato y tratamiento mundial.
Cuando uno se adentra en estas grutas, se nos esgazan los ojos de tanta maravilla como hay allí. Hace ya algún tiempo, en compañía de una tropa de Erasmus de la ULE, comandados por Adrián, Damelsa y Eva de Aegee, enfilamos rumbo a Valporquero a través de esas Hoces y ese paisaje-memoria: la cascada de Nocedo, en el alto del Curueño, que nos hermana y devuelve a la cascada de la ruta de las fuentes curativas en Noceda del Bierzo, la subida al valle de Valdorria, y la Ermita de San Froilán, como un espejismo.
Esta es la tercera vez que me adentro en las cuevas -la primera fue con seis años, en una excursión escolar, y la segunda siendo aún adolescente-, sin embargo quedé maravillado, como un tierno infante, que se deslumbrara por vez primera ante tamaña belleza de estalactitas y estalagmitas.
Nuestro guía en esta última vez, Jose Llamazares, natural de La Sobarriba o costa del adobe, nos contó un sinfín de historias acerca de estas cavernas, entre otras que son las más grandes de España, “que se pueden visitar en su totalidad”, precisó, porque también están las de Ojo Guareña en Burgos, que aunque figuran entre las diez más grandes del mundo, sólo se puede acceder a una pequeña parte.
Si las Cuevas de Valporquero, en vez de estar en la montaña leonesa, estuvieran en Cataluña o en Mallorca, como las del Drach, “tendrían 70.000 visitantes al mes”, aseguró el buen hombre. Pues será verdad.
También Llamazares, además de mostrar su devoción por las palomas mensajeras -algo que me cautivó, incluso me hizo volar alto y lejos, como esos animalitos, capaces de llevar correspondencia en dos días desde Casablanca a León-, nos contó que estas grutas han servido como escenario natural para el rodaje de secuencias de películas, como la de la Cueva de Montesinos de El Quijote, de Gutiérrez Aragón, y algún documental de Al filo de lo imposible.
Ahora acaba de estrenarse una peli, La herencia de Valdemar, cuyas secuencias, al menos algunas, fueron rodadas en las Cuevas de Valporquero. Si bien aún no la he visto, promete.
El recorrido por las diferentes salas, alguna con helictitas, como la Sala de las Maravillas, resultó instructivo, amén de divertido, y nos hizo imaginar un mundo fascinante y peliculero, como esos paisajes de ficción transilvaniana que vemos en el Drácula de Coppola. Al parecer, en La herencia de Valdemar también podemos ver al personje que interpreta a Bram Stoker.
Lamento no tener a mano ninguna foto de las Cuevas, porque las que hice en su día se extraviaron; en realidad tengo que confesar que me tangaron la cámara la completo, no en este lugar, sino en otro sitio.

lunes, 25 de enero de 2010

Tu silencio me hace fantasear

Tu silencio me hace fantasear
con el final de una historia,
quizá nunca hubo historia,
tal vez sólo fue un instante
en una eternidad de ausencia y deseo,
próximo capítulo de una nueva novela,

a lo mejor
porque la vida es eso: un novelón
acaso un culebrón hispano-americano

o latinoché, chachachá
donde los personajes,
en busca nomás de sentido y de autor,
sufren los sinsabores
de una vida hecha de pasiones y amores no correspondidos,
el amor, qué palabra tan sonora y sabrosona,
el eros disparando flechas a la diana de tu corazón,

que ahora me late
bombeando un: I love you, te amo, cariño,
mientras te dejas arrullar en la noche fluida de los espejos
tiempo condensado de una mirada
be careful, it’s my heart, cuidado, mi amor, no te das cuenta

este nomás es mi corazón,
no tu reloj sonando las horas muertas de una irrealidad

teñida con los espasmos rojizos de la menstruación
bueno, no hagamos dramón, chavalina,
“chiquitín,” me decías tú, con vocecita dulce y enternecedora,
¿lo recuerdas?
pero eso fue hace millones de años,
cuando los antediluvianos mataban dinosaurios con tirachinas,
qué tontería,
chiquitina -me has leído el pensamiento o yo te lo leí a ti-,
te dice la voz de la subconsciencia,
“chiquitina”, así te susurré, aquella vez primera
bajo el acantilado de alguna belleza convulsa

que nos hizo levitar y decepcionar a partes iguales,
y al final todo se derritió en la marejada
esto también ocurrió en el pasado siglo,
en algún espacio mítico
soplado con la cornamusa de los sonidos hipnóticos

agua pasada no mueve “molín” en el jardín de los placeres
ni siquiera la erección de mi pensamiento
(disculpa la obscenidad),
porque uno dejó de pensar… de que

Hace miles de años
cual retrasado mental, con perdón
más que con la picha enhiesta como los cipreses empalmados

de la sinrazón
Sientes una vez más el patinaje artístico-neuronal

en las aortas entrecortadas del tiempo-sangre
y en la blasfemia hecha con palabras-visagra

atrevidas
esenciales quizá
bajo una insoportable levedad del ser,

Como aquella historia soñada
lo importante sigue siendo
que un buen día nos conocimos,
y tú me sonreíste,
y me dijiste no sé qué,
que me enganchó,
y me hizo fijarme en ti,
en tu sonrisa de mediodía,
en tu mirada acariciadora,
grabada a fuego en la retina de las entrañas,
porque nunca es drama
donde sólo hubo encuentro,
amistoso,
amoroso,
o al menos eso creí, sentí,
tu deseo se hizo realidad, ¿no?,
me conociste, nos re-unimos, nos juntamos
y “arrejuntamos”,
bajo el calor de unas velas
que nunca quemamos
y una cena
que jamás tuvimos,
y luego llegó la reconciliación
con aquel ser,
porque tú te debes a los tuyos,
en cambio, mi bohemia y ese sentido o sinsentido del nomadeo
me devuelven al paraíso de la libertad,
a una tierra de nadie,
como las golondrinas
que nunca volverán su nido a colgar

en los balcones ficticios de una casa-fantasma
bajo los tejados plateados del hogar, dulce hogar,
al que uno suele volver,
a pesar del vagabundeo,
porque ya no soy golondrina poética
sino animal de costumbres,
el costumbrismo como terrible consejero,
insistes en “aserte sigüeña”
y sentir el aire vibrar
bajo unas alas de divino deseo,
volar en busca de calor,
ahora que el resfriado te moquea

y el sudor, acaso febril, a lo mejor amoroso,
te hace soñar contigo,
bailando quebraditas –salsa con unas gotas de orujo-,
en la cantina de al lado,
o sorbiendo café en mi casa -que queda más real-,
o en la tuya –que queda más lejos-.
O en el bar de la esquina,
¿Fantaseamos echándonos unos “entres”…
amiguita?
Y que siga el baile,
meneito y sabrosura,
chachachá.

En busca del horizonte




Había una vez unas niñas, alegres y desenvueltas, que decidieron emprender rumbo hacia el horizonte.

 Comenzaron a andar de madrugada, no bien asomó el sol en lo alto del cielo. Cuanto más caminaban, el camino se hacía más largo, interminable para ellas. 

Cansadas de viajar, decidieron hacer un alto en el camino, en medio de la nada, hasta lograr reponer fuerzas para seguir. Por un momento, las chiquillas, con la ilusión puesta en el horizonte, creyeron llegar a su destino. 

En realidad, habían alcanzado la meta, acercarse a su casa.

jueves, 21 de enero de 2010

El mito de Sísifo por Camus

El mito de Sísifo, contado por el grandioso Albert Camus, nos sirve como escenario para plantearnos el absurdo que supone vivir esclavizado a las redes malévolas del capitalismo salvaje y “despotrado” (o empotrado). A veces veo al capitalismo como si fuera un toro bravo montando literamente a una vaca. Qué bestia, ¿n'est-ce pas? El capitalismo no deja de “encularnos” y no por ello nos sentimos jodidos, incluso nos da como gustirrinín, porque nos proporciona cierto confort, ficticio quizá. A veces uno piensa que lo mejor sería vivir en la inopia más absoluta, en la más extrema ignorancia, para no sentir ni frío ni calor, porque sólo así llegamos a soportar la terrible realidad que nos envuelve. Cada día más grosera y atrevida, debido a que los humanos, demasiado animalines, hemos consentido tal modo de vida, al menos en nuestro mundo hipercapitalizado y esquizoide, que ya todo el planeta está contaminado. Lo malo del asunto es que uno sea consciente de la esclavitud que genera el capitalismo en esta sociedad despótica y despiada con aquellos a los que les ha tocado vivir trabajando sin descanso hasta el fin de sus días. Trabajar, siempre que el trabajo no sea rutinario ni impuesto, puede resultar incluso beneficioso para la salud. Mas el trabajo obligado nos esclaviza y nos convierte en seres infelices. Lo trágico de este mito, nos dice Camus en su magnífico ensayo, es cuando somos conscientes de lo absurdo que significa vivir esclavizado a un trabajo que hacemos sin ilusión. Trabajar y trabajar para un buen día, el menos esperado, estirar la pata. "Si supiera el día en que diba a morrer -decía un paisanín, con cierto sarcasmo, ingenio y mala baba- emplearía todo el capital en cristales, y cuando fuera a estirar la pata, les pegaría una patada (valga la redundancia) y los rompería todos, que no quedara ni uno vivo". Este hombre, dicho sea de paso, también vivió durante un tiempo en las Américas gringas.

El obrero trabaja, todos los días de su vida, en las mismas tareas y ese destino no es menos absurdo. Lo rutinario acaba convirtiéndonos en seres apagados, faltos de chispa. Luego todo son depresiones y angustias. Así anda el personal, cada vez más chingado de la chola, con sus neuras y desenfrenos, con sus violencias de género, con sus tonterías... Es como si estuviéramos atrapados en un mundo sin horizontes, del que no pudiéramos salir, en una caja imbécil, en un callejón sin salida, en un lugar parecido a Haití, del que la gente quiere salir de estampida, lo cual no nos extraña en absoluto, habida cuenta del panorama desolador que se vive allí. Este mito consiste, como ya sabéis, en que los dioses condenaron a Sísifo a empujar eternamente una roca hasta lo alto de una montaña, desde donde la piedra volvía a caer por su propio peso. Así una y otra vez. Pensaron, con cierta razón, que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza. Cuántas, cuantísimas personas trabajan sin esperanza en este mundo subdesarrollado y pobre en el que sólo unos pocos, privilegiados que son ellos, gozan de una vida digna de ser vivida.

Cualquier trabajo es digno, se dice a menudo, y es cierto, siempre que se realice con cariño y honradez, y que el resto no te folle la vida, porque los indignos y cabrones son quienes no se hartan de explotar al trabajador hasta rellenar la alforja y la andorga. Quien más trabaja, sobre todo en este país de farándula, no es quien más gana, antes al contrario, quien más trabaja suele ser muy a menudo el más perjudicado, quien más pierde. ¿Entonces para qué "escornarse" currando como burras?, si al final la guita se la lleva el espabiladín de turno, que se las ingenia para vivir de lo que otros trabajan con sudor y sangre. Es habitual ver en el Bierzo Alto a paisanos doblando el lomo en tiempos de castañas, se pasan todo el día "apañando" no sé cuantos miles de kilos de castañas, y todo ello para que luego llegue el enterao y se las llave por un precio ridículo. Es un esfuerzo considerable, que traducido en pasta se queda en una miseria, porque al final quien hará negocio con las castañas, y con todo en este país nuestro, son los llamados intermediarios, quienes nos las enchufan a pelo de conejo. “Ir a apañar castañas ni siquiera cubre el jornal del dueño de las castañas”, asegura mi padre. Y qué razón tiene. Una ruina, o sea. En este país nuestro siempre son los mismos mangantes y “manguanes” quienes se llevan el gato al huerto. Pero comenzamos a hartarnos. Ya va siendo hora de abrir los ojos. Darse cuenta, tomar conciencia ya es un paso, luego conviene actuar conforme a lo que hay.

Camus, que era un tipo ciertamente inteligente, se dio cuenta muy pronto del absurdo de la vida, tal vez por eso los humanos acabamos reaccionando, como El extranjero, de un modo irracional, sin motivos aparentes, sin sentimientos de culpabilidad, con una frialdad espantosa, como verdaderos psicópatas, incapaces de sentir ninguna empatía... por el vecino, el paisano, el otro, en definitiva. El absurdo existencial puebla nuestras vidas, y no somos capaces a espantarlo.

martes, 19 de enero de 2010

Plataforma

Después de la visita de Auster a León, con motivo del premio Leteo, he vuelto a recordar que hace unos años también estuvo Michel Houellebecq, de la mano de Fernando Arrabal, a quienes no vi, aunque Rafa Saravia me hizo saber que este fenómeno de las letras francesas estuvo en su casa, habida cuenta de que él es el organizador de estos eventos leteos. Hace tiempo leí algo sobre este escritor, quizá cuando publicó Las partículas elementales, época en la que uno andaba por los parises, creo recordar. Existe incluso una adaptación fílmica de esta novela, que no he visto, por cierto. Aunque supe del tal Houellebecq y de su literatura hace ya algunos años, es ahora cuando de verdad lo estoy leyendo.
Este tipo es como el Henry Miller francés, el Dostoievski de Memorias del Subsuelo, el Camus de El Extranjero, o el marqués de Justine.
Su prosa, tan deudora de Sade, se acerca también a Miller en esa su narración impregnada de sexo, en la que incluye pasajes reflexivos gloriosos. Considerado como antiislámico, llegó a tener problemas en su país, Francia, y decidió ubicarse durante un tiempo en el Cabo de Gata de Almería, alejado del mundanal ruido. Ahora no tengo noticias de que siga en Almería, aunque a lo mejor continúa en esta tierra azul y sureña.
Su narración, en primera persona, nos acerca su figura hasta el punto de que nos creemos sus historias, cual si fuéramos nosotros quienes las protagonizáramos. En realidad, lo que nos cuenta es su propia vida, o eso parece, aunque por momentos la ficcione. Toda novela es autobiográfica, y toda autobiografía es una novela, asegura Llamazares en Escenas de cine mudo.
Houellebecq es el enfant terrible de la literatura francesa y también de la literatura del mundo occidental, al que también atiza buenos palos, porque no deja títere con cabeza.
El comienzo y final de Plataforma resultan extraordinarios. Como debe ser siempre en una novela. También he leído La Posibilidad de una isla, que si bien resulta interesante, se me antoja menos amena y divertida que Plataforma, aunque mantenga asimismo buenas dosis de crítica.
“Nadie llega a ser nunca un verdadero adulto”, escribe Houellebecq al inicio de Plataforma, ni siquiera cuando se mueren nuestros padres. “La gente desconfía de los hombres que a partir de cierta edad se van solos de vacaciones: creen que son muy egoístas y probablemente un poco viciosos”. “Todo llega a su fin, incluida la noche”. “No tenía ni una pareja sexual regular ni un amigo realmente íntimo”. “Las mujeres... se mueven con dificultad en un universo desprovisto de toda relación afectiva”. “En cuanto tienen unos días de libertad, los habitantes de la Europa occidental se precipitan al otro confín del mundo, cruzan medio planeta en avión, se comportan literalmente como si acabaran de fugarse de la cárcel”. Esto parece tan real como la vida misma. Como si el personal quisiera huir de sí mismo, eso sí, el gentío que mueve guita. “Como todos los habitantes de la Europa occidental, quiero viajar”, escribe, como identificándose con la tropa. “En el fondo lo que quiero es hacer turismo”, añade. “Cada cual tiene los sueños de los que es capaz, y mi sueño es encadenar al infinito los circuitos de la Pasión, las Vacaciones en color y los Placeres a la carta. “Me decidí por Tailandia”, tal vez como destino exótico y sin duda prostibulario, porque Cuba, según el narrador, tiene sólo exotismo político. Y ya sabemos lo que se cuece en esta isla, que podría ser paraíso, si el paisanaje no viviera una suerte, mejor diría desgracia, de infierno a base de racionamientos, represiones, controles, etc., aunque a decir verdad a los cubanos, por lo general, y no conviene generalizar, se les ve más saludables que los escuchimizados europeines que, amparados en el dinero, viajan a Cuba en busca nomás de sexo con jineteras, habanos y ron.
“Coger un avión actualmente... equivale a que a uno lo traten como a una mierda... estrés tan intenso que algunos pasajeros han muerto por culpa de una crisis cardíaca durante vuelos de larga duración.... Nos vemos privados de cigarrillos y de lectura, y cada vez con más frcuencia de alcohol... A las muy cerdas (se refiere a las azafatas) aún no les ha dado por el registro personal". Vaya como se despacha el autor francés, al que en el fondo no le falta razón. Si es que nos tratan, cada vez más, como a borregos. Y no digamos en Gringolandia. Capítulo aparte. Al parecer, su libro Plataforma causó revuelo en Francia por sus declaraciones contra el Islam. No olvidemos que en París hay incluso un Instituto del Mundo Árabe, toda una institución, y hay barrios enteros donde domina lo árabe, como Barbés, entre otros muchos. “Durante las primeras horas de vida de un grupo -se refiere a los turísticos- sólo se observa una sociabilidad fáctica, caracterizada por el empleo de frases multiuso y un compromiso emocional limitado”. Propio de los tours donde te la envainan y empaquetan.
Autor en busca del body massage, así se ve el yo o superyo, quizá el ello, del autor. Personaje en busca de sexo, siempre pagado, porque Francia, a pesar de todo, es un país frío como un témpano. Depende de la región, no obstante, y de con quien te encuentres. Sexo sí, pero frialdad emocional también. La lógica que aplasta el sentimiento. “¿ A quién se le habría ocurrido que Francia era el país de la chocarrería y el libertinaje? Francia era un país siniestro, totalmente siniestro y burocrático”, señala el narrador, que nos sumerge en estas sentencias: “Las tailandesas son las mejores amantes del mundo”. Lo desconozco, luego no puedo ni opinar. “Uno cobra conciencia de sí mismo en su relación con el prójimo; y por eso la relación con el prójimo es insoportable”. Qué terrible. El otro siempre se ve, sobre todo en Occidente, como invasor del espacio, violador de la intimidad. “Vivir sin leer es peligroso, obliga a conformarse con la vida, y uno puede sentir la tentación de correr riesgos”. Quizá convendría leer más y mejor las páginas de la realidad para extraer conclusiones favorables a la especie humana. “El turismo sexual era el futuro del mundo”. Una afirmación ciertamente categórica. Sí, el sexo mueve el mundo. Nada que ocultar. “La lucha racial no es ni económica ni cultural, sino biológica y brutal: es la competencia por la vagina de las mujeres jóvenes”. Algo exagerado tal vez, puesto que la superestructura está, me da la impresión, en función de la infraestructura, según el materialismo antropológico. “En los próximos años aumentará la violencia racial en Europa”. “Acumulamos recuerdos para sentirnos menos solos en el momento de la muerte”. “Vivía y moriría solo, como un animal”. Puro existencialismo. “El mundo tendía a parecerse cada vez más a un aeropuerto”. “La gente habla mucho de los viajes organizados, pero es un falso compañerismo, saben muy bien que nunca se volverán a ver. Y es muy raro que tengan relaciones sexuales”. “Los participantes rehuyen los temas serios, como el trabajo o el sexo”. “Se ha vuelto muy raro encontrar mujeres que sientan placer y tengan ganas de darlo”. Vivimos en una sociedad ensimismada y vuelta del revés. Apijotada. “Se entiende que los hombres quieran ahorrarse problemas a cambio de una pequeña suma. En cuanto tienen cierta edad y un poco de experiencia, prefieren evitar el amor; les parece más sencillo ir de putas”. Al final todo se resuelve desgraciadamente con dinero, bestial realidad. Incluso el matrimonio puede resultar un contrato mercantil. Tu me das y yo te doy. Como veíamos en alguna peli de Visconti.
“LAS MUJERES SE PARECERÁN CADA VEZ MAS A LOS HOMBRES; de momento siguen muy apegadas a la seducción; mientras que a los hombres, en el fondo, lo de seducir se la suda, lo que quieren sobre todo es follar. La seducción sólo les interesa a los tíos que no tienen ni una vida profesional excitante ni ninguna otra fuente de interés en la vida. A medida que las mujeres presten más atención a su vida profesional, a sus proyectos personales, a ellas también les parecerá más sencillo pagar por follar; y se dedicarán al turismo sexual”. Qué fuerte y que profético. “El amor santifica”. “No consigo meterme en la cabeza que un ser humano pueda preferir el sufrimiento al placer... habría que reeducarlos, amarlos, enseñarles el placer”. “Está la sexualidad de la gente que se ama y la de la que no se ama. Cuando ya no hay ninguna posibilidad de identificación con el otro, la única modalidad que queda es el sufrimiento... y la crueldad”. “Deseo de seguridad, de afecto y estético”. “Para atraer a la gente hay que usar muchos tópicos sobre los países árabes: la hospitalidad, el té con menta, las fantasías, los beduinos...” “Para mí, París nunca había sido una fiesta”. París no sólo es fiesta sino una ciudad a veces neurótica, violenta, amargada. “Si no hubiera un poco de sexo de vez en cuando, ¿en qué consistiría la vida? Una lucha inútil contra las articulaciones que se anquilosan o la formación de caries”. “El país se volverá capitalista -se refiere a Cuba-, sólo es cuestión de tiempo”. Tarde o temprano, aunque se resista el hermano de Fidel. “Cuba es una oportunidad única en la zona Antillas-Caribe”. “Toda la humanidad tendía instintivamente al mestizaje, a la indiferenciación generalizada, y lo hacía a través de la sexualidad. El que había llevado el proceso a su término era Michael Jackson: ya no era ni blanco ni negro, ni joven ni viejo, ni hombre ni mujer”. Un producto único en su especie, al parecer pederastón y pedófilo. Ahora debe estar descansando eternamente. Un día lo vi asomar el hocico tapado en un hotel de Disneyland. Esto es verdad. “Pobre pueblo cubano... Ya no tienen nada que vender, salvo sus cuerpos”. Y a este paso se caerá en pedazos La Habana entera. “A Fidel le gusta el poder. Es cierto, quiere controlarlo todo; pero es desinteresado, no tiene grandes propiedades ni cuentas en Suiza”. Si el narrador lo dice, a lo mejor es su colega. “A partir de los veinticinco o treinta años a la gente no le resultan nada fáciles los encuentros sexuales nuevos; y sin embargo siguen necesitándolos... Se pasan treinta años de su vida, casi toda su edad adulta, en un estado de carencia permanente”. “La gente cada vez tiene menos ganas de intercambiar algo... La única práctica que significa algo en este momento es el sadomaso...”. “Los occidentales... han perdido por completo el sentido de la entrega... No consiguen que el sexo sea algo natural. No sólo se avergüenzan de su propio cuerpo... no sienten la menor atracción hacia el cuerpo de los demás... Nos hemos vuelto fríos, racionales, extemadamente conscientes de nuestra existencia individual y de nuestros derechos”, sobre todo los occidentales que nos creemos la mamá de los pollitos. “Si uno quiere sexo de verdad, los países del Tercer Mundo”. “Desde la aparición del islam, nada más. La nada intelectual absoluta, el vacío total. Nos convertimos en un país de mendigos piojosos... el islam nació en pleno desierto, entre escorpiones, camellos y toda clase de animales feroces... musulmanes: miserables del Sahara... el islam sólo podía nacer en un estúpido desierto, entre beduinos mugrientos, que no tenían otra cosa que hacer, con perdón, que dar por culo a sus camellos... Cuánto más monoteísta es una religión... más inhumana y cruel resulta... y de todas las religiones el islam es la que impone un monoteísmo más radical. Desde que surgió ha desencadenado una serie ininterrumpida de guerras de invasión y de masacres. No habrá nunca sitio en tierras musulmanas para la inteligencia y el talento... Al leer el Corán se queda uno impresionado por el lamentable aire de tautología que lo caracteriza. ¡Un Dios único! ¡Qué absurdo! ¡Qué absurdo, inhumano y mortífero! Un dios de piedra... un dios sangriento y celoso. Mujeres musulmanas: informes bultos de grasa debajo de unos trapos -creo que aquí se ha pasado el narrador veinte mil caminos-. En cuanto se casan, sólo piensan en comer. El desierto sólo produce desequilibrios y cretinos... Como ese ridículo coronel Lawrence, un homosexual decadente, un patético presumido”. Vaya estopa que le arrea al islamismo. "Chirac: tenía cara de imbécil ... ese gran pánfilo”.
De repente cambia el tercio, y nos mete de lleno en las playas salvajes y orgiásticas de Cap d'Agde, que vaya escenarios de perversión y lujuria. Lo digo sin moralina y con la verdad al desnudo. Y lo digo porque, obviamente, sé de lo que hablo. "Parejas libertinas que uno se podría encontrar perfectamente en Cap d’Agde”. Vuelve a terciar, esta vez para el Caribe. “En santo Domingo también trabajan las camareras del hotel", se entiende que con la clientela, claro. Y ahora sale a relucir la ética kantiana. "Kant: la dignidad humana consiste en someterse a las leyes sólo si uno puede considerarse también legislador.”. “La vida es cara en Occidente, hacía frío, la prostitución era de mala calidad”. “El problema de los musulmanes es que el paraíso prometido por el profeta ya existía aquí abajo... muchachas disponibles y lascivas que bailaban para el placer de los hombres... Su sueño -se refiere a los musulmanes- era sumarse al modelo norteamericano: la agesividad de algunos sólo era consecuencia de una envidia impotente. Especie de cloca, de desagüe terminal adonde van a dar los variados residuos de la neurosis occidental”. “En el fondo los seres humanos se parecen muchísismo... La gente que se aburre fomenta distinciones y jerarquías”. “Cuando la vida amorosa se acaba, toda la vida se vuelve un poco convencional y forzada”. “Se puede vivir en el mundo sin comprenderlo, basta con que te proporcione alimentos, caricias y amor”. Qué verdad. “Seguiré siendo hasta el final un hijo de Europa, de la angustia y de la vergüenza. No odio Occidente, todo lo más lo desprecio con toda mi alma. Apestamos a egoísmo, masoquismo y muerte. Hemos creado un sistema en el cual ya no se puede vivir... seguimos exportándolo. No merezco que nada me sobreviva; habré sido un mediocre en todos los aspectos. Algún tailandés me encontrará al cabo de unos días... los cadáveres apestan enseguida. La mayor parte va a la fosa común. Alquilarán mi departamento a un nuevo inquilino. Me olvidarán. Me olvidarán enseguida”. Demoledor, monsieur Houellebecq.

lunes, 18 de enero de 2010

Realidad al desnudo

A uno, como berciano, le sigue sorprendiendo el principio de realidad en que se asientan nuestros paisanos. 

El berciano (y la berciana) es, por lo general, un ser que tiene los pies en la tierra, o eso da la impresión, que vive sin complicarse la vida, de un modo sencillo, lo opuesto a un parisino, por ejemplo, lo que no quiere decir que el berciano viva de un modo simple, que a lo mejor también. 

Por lo general, y esto es mucho decir y abusar, el berciano es un ser que no construye castillos en el aire (como a menudo han dicho los franchutes de los españolitos), que disfruta el día a día, que trabaja y vive sin comederos de cabeza. "Aquí, el que quiere, puede adaptarse con facilidad", le oí decir en una ocasión a un paisanín. Pues vale, que así sea. 

Aunque el Bierzo luzca un rostro de vergel y sano aspecto, la procesión va por dentro y la crisis también se enseña con los desvalidos. Como en todos los sitios, gracias a la puta globalización, la mundialización de la miseria. Puede que el berciano sea un ser que a lo mejor nunca ha leído un libro en su vida -ni falta que le hace-, pero tiene mayor lucidez mental y pragmática que un pitagorín, puesto que sabe buscar el garbanzo mejor que nadie, y es capaz de sacarlo de debajo un pedregal. Y si no que se lo pregunten a nuestros divinos politiquines y alcalduchos, en su mayoría piratines, bucaneros de costa seca, que ya la quisieran mojada y marina, donde, en cualquier caso, se cuecen muchas fabas y se ahúman muchas patas de jamón serrano. Así de chulos y echados para adelante lucen sus pectorales algunos, y aun algunas. 

Creo que no resulta fácil vivir según un principio de realidad, porque a menudo las ilusiones, a modo de matorrales, nos impiden ver el bosque, coronado ahora por armatostes varios.

Siento admiración por el berciano que no suele complicarse la vida con ideas extrañas, con proyectos quijotescos, y que por el contrario acostumbra a vivir como buen Sancho, aferrado a su terruño, con las miras puestas en lo que hay de real, y no en lo cree que podría haber. "Y si hubiera...".

En el fondo, nos conformamos con lo que nos echan. Quizá se viva mejor y con menos problemas cuando uno acepta la realidad, cuando uno sabe quién es, de dónde procede y adonde quiere ir. 

Confieso que me cuesta centrarme en este principio de realidad, y prefiero imaginar realidades/irrealidades, vivir en una nube ensoñadora, a veces grisácea, en una ficción o fantasía, porque la vida tal cual es no da para tanto, por muy real que esta sea, o quizá porque es tan real y tan cruda que a uno le asusta y le huele a chamusquina.

Un poco de imaginación y sueño, aunque sean a través de algún arte, le vienen bien al individuo. Se me hace difícil aceptar esta vida, que por momentos se vuelve monótona y cruel, tanto como el propio ser humano, que se muestra irracional y sobrevive como animal zampándose a sus congéneres. Una vez más se impone la selección de las especies, el gen egoísta, aunque en los últimos tiempos estamos asistiendo a algo novedoso: ahora no es más inteligente quien mejor piensa y actúa, y quien hace el bien y lucha por los demás, sino que es más bien el hombre-masa, el mostrenco, el desinteligente, eso sí trepa y pelotero al por mayor, enchufado por el morro o por el culo, quien se alza con las glorias, véanse tipos, tanto en el escaparate político como en el cultural, y aun en otros ámbitos, que en tiempos, acaso platónicos, no hubieran aguantado más allá de dos asaltos dialécticos, es más, habrían sido arrojados a los leones, echados a patadas fuera de la república, de las res pública, porque con las cosas públicas no se puede jugar, al menos de un modo avasallador y burlesco. Quemar pólvora ajena es algo que se nos da de maravilla, incluso a los bercianines. Y eso no vale. Pero la realidad se impone como una apisonadora. Aquí y allá. Quienes deben gobernarnos, lo dijo Platón, son los filósofos, y no los mindundis y soplapollas que en su vida han leído ni un novelín rosa, y encima se creen unos espabilados del carajo, tal vez porque nadie les hace frente como es debido, y gozan de privilegios que a los demás, aun siendo despiertos, no les está permitido ni concedido.

El poder reside en la guita y en los contactos lameculeros con la empresa adinerada. Las buenas ideas de poco sirven cuando el otro, el fuerte, el instalado, no está por la labor de darles rienda suelta. Atados de pies y manos. Eso es lo que le queda/nos queda a la gente de a pie. Sin pasta, sin poltronas, sin poder, el personal anda cabizbajo y a verlas venir. Se podrían hacer tantas cosas, pero, ay, es mejor no dejar hacer, aparcar/te, silenciar/te, tenerte fuera de juego, neutralizado, sin balcón al que asomarte, sin tribuna, sin nada. A callar y a obedecer. Así en el Bierzo como en el cielo. Mientras, en Haití, en la mayor parte de África, en el Oriente Medio, en casi toda Asia, en los Estados Des-Unidos, en esta Europa asentada sobre un gran cementerio, a resultas de guerras mundiales, campos de concentración, etc., en el orbe al completo, el paisanaje, sin recursos, con la chabola manga por hombro, con una mano delante y otra atrás, sobrevive o sobremuere de hambre, de sed, de esclavitud, por el miedo, por la ignorancia, porque se deja encular, explotar, reventar por esos jodidos capitalistas que nos tienen agarrados por el huevamen. Nos han prometido un bienestar ficticio a cambio de esclavitud, de horarios imposibles, de hipotecas absurdas, de controles perversos, nos lo hemos gastado casi todo, lo tenemos casi todo hipotecado, incluso el alma, y se desata una crisis en un momento en que los ricos ya no pueden ser más ricos porque acabarán reventando, ellos también, de gordura insana, colesterol monetario, billetamen corrompido. 

Al final, sólo nos quedará tragar nuestra propia mierda, los unos y los otros. Apocalíptico o integrado. Vaya usted a saber. Que se lo desvele o revele algún adivino de medio pelo, que estos inflagaitas, creyentes devotos de sus propias mentiras, bastante tienen para ellos. Entre unas y otras, también a los bercianos, seres con resistencia de maratón, se nos van los santos y las vírgenes a los limbos. Será porque quieren rezar por nuestra desgracia, una vez más disfrazada de bienaventuranza. Si es que como en el Bierzo en ninguna parte, porque la verdad sea dicha, y esto que no sirva de precedente, aquí todo dios tiene para comer, mientras no se demuestre lo contrario, que para eso vivimos en un huerto frondoso, sólo adulterado y contaminado por algunas puterías, aunque algunos coman mucho más que otros. Pero por fortuna, lo que le salva al berciano es su adaptación al medio. Capaz como es de sobrevivir, incluso, a cualquier hecatombe, algo magnífico para convivir con la esencia. Por lo demás, el berciano no tiene por costumbre plantearse cómo cambiar el mundo con ideas extravagantes, con ideas, nomás. ¿O sí?

martes, 12 de enero de 2010

Julio Sánchez Valdés


Siento no poder acompañar a Julio Sánchez Valdés en su charla de cine en Bembibre, porque otras obligaciones, en este caso teatrales, me lo impiden. ¡Si es que no se puede estar al plato y las tajadas a la vez! Tengo que viajar a Alicante con el grupo de teatro de la Universidad de la Experiencia del Campus de Ponferrada, porque nos han seleccionado para representar El velorio este jueves día 14. Y se trata de un Certamen de Teatro Nacional. Espero, estimado Julio, que te vaya bien en Bembibre y me disculpes. Suerte.


Sólo por haber filmado la mítica Luna de lobos, Sánchez Valdés ya es santo de nuestra devoción. Y si encima este leonés se atreve, como fue el caso, con la novela de otro paisano, en este caso Mateo Díez, entonces merece que sea uno de nuestros invitados a Tardes de Cine en Bembibre.
Después de hacer Luna de lobos, basada en la novela homónima de Llamazares, Julio Sánchez Valdés buscó en la Fuente de la edad la inspiración para orquestar una curiosa película, en cuyo reparto están algunos de los grandes del cine español de antes y de ahora, como Alexandre (por el que siento debilidad), el fallecido Agustín González (a quien llegué a conocer en un Festcine que hicimos en colaboración con la Fundación Gabarrón en Valladolid), o Santiago Ramos, que estuvo recientemente en el Teatro Bergidum de Ponferrada (y a quien no vi, aunque me hubiera gustado).
Aparte de estas producciones, que nos tocan la fibra, por lo que tienen de proximidad tanto en lo referente al paisaje, que es memoria, como al paisanaje, Julio ha realizado otras obras como De tripas corazón (1985) y otras quizá más conocidas por el gran público, como la serie televisiva, Petra Delicado, cuyo papel estaba interpretado por la siempre convincente y carnal Ana Belén, acompañada, entre otros, por el incombustible Santiago Segura o más recientemente XXL, aunque sea del 2004, con un título de talla extralarga para una peli donde el prota es un gigoló interpretado por el actor Óscar Jaenada.
A Julio Sánchez Valdés tuve la suerte de conocerlo en la Escuela de Cine de Ponferrada, y no hace mucho volvimos a vernos en León, en el Albéitar, en la presentación de Elogio de la distancia, un poético documental rodado en A Fonsagrada (Lugo) y cuyos responsables son Felipe Vega y Llamazares, quienes también han estado en Tardes de cine y Tardes de Autor respectivamente.
Bienvenido a la villa del Benevívere, Julio, es tu turno.

Rohmer




Uno de los más grandes del cine francés, el director Rohmer, se nos ha muerto. Qué pena. Eric Rohmer pertenecía a lo que se dio en llamar “La Nouvelle Vague” francesa, que revolucionó el cine a finales de los cincuenta, aunque no tanto si tenemos en cuenta sus precedentes en el cine documental de Jean Vigo o el Neorrealismo italiano, entre otros.
Una nueva ola en la que también estuvieron, entre otros, Truffaut, Chabrol, Godard, Rivette o Resnais como máximos representantes.
Hace tiempo que seguía con entusiasmo sus películas. Por fortuna, tuve la ocasión de ver gran parte de su cine en Francia, y en versión original, que es como se deberían ver todas las películas. Lamento desconocer sus pelis de estos últimos tiempos, habida cuenta de que en España no llega el cine de culto francés, sólo cine comercial.
El cine de Rohmer no es espectacular, como esos productos o subproductos de dudosa factura cultural que nos meten por los ojos en estos tiempos faltos de ética y en los que predomina, antes que nada, la debilidad de pensamiento y la basura de espíritu. El nuevo cine hollywoodiense, y aun otros cines occidentales, nos enseñan a mirar la realidad con ojos emponzoñados. Estamos envenenados de tanta infamia como nos inyectan en las venas catódicas, celulares, celuloides, digitales...
El cine de Rohmer nada tiene que ver con el cine espectáculo, con el cine comercial, ni puta falta que nos hace. En nuestro país, tenemos un cineasta, leonés para más señas, con aires rohmerianos, es Felipe Vega. Véase sobre todo sus Nubes de verano.
El cine de Rohmer es intimista, basado en unos personajes bien diseñados y unos diálogos sutiles e inteligentes. Uno puede llegar a identificarse con facilidad con estos personajes. A menudo vemos personajes atormentados, con muchas dudas existenciales, en los que aflora la falsa conciencia o autoengaño. En las películas de Rohmer se pueden ver dos espacios superpuestos: un espacio objetivo, que es el que nos describe la cámara, y uno puramente subjetivo, que es el que construye de un modo imaginario el protagonista o protagonistas de la historia.
El protagonista suele sufrir de hipertrofia y por consiguiente de falsa conciencia. Rohmer, como buen psicólogo, es capaz de indagar en el fondo del alma y descubrir que los humanos somos unos seres hechos de mala fe, seres contradictorios, insatisfechos con la vida que llevamos, dispuestos a ofrecer una imagen ante los otros que casi nunca se corresponde con la realidad. Es como si el autoengaño fuera un mecanismo defensivo así como un motor que nos mantuviera vivos.
Por una parte están sus cuentos morales. Y por otro lado, sus comedias y proverbios como Pauline en la playa, el rayo verde... y cuentos de las cuatro estaciones. Siento devoción por Cuento de verano.

Fez, Fās o Fès






Escribo desde Fez, Marruecos, en el corazón del África más árabe, medieval y misteriosa. En el lujoso patio alicatado, colorido y rico, de un exótico riad. A este diminuto palacio-hotel llegan ahora las aleyas coránicas que son recitadas desde un minarete, la llamada a la oración. Y pienso en la rica y tumultuosa mezcla que se abigarra en las callejuelas de la milenaria medina, en donde viven pacíficamente judíos, árabes, extranjeros aquí afincados y las hordas de turistas españoles, franceses, japoneses... Las más de 9.000 calles de la ciudad antigua acogen a más de 80.000 tiendas, talleres, bazares, puestos de comida, burros cargados de mercancía que casi te atropellan. Mezcla de exquisitos aromas a la sopa harira, especies, tajinis de cordero y ciruelas, pollo a los cítricos, ensaladas marroquíes, perfumes de mirra y almizcle... Todo revuelto en perfecta armonía. Miles de turistas occidentales han celebrado la Nochevieja y los Reyes en concordia con musulmanes que cierran sus puestos para ir a orar a la mezquita. Sin conflicto alguno, en plena tolerancia, de tan armónica manera que extraña que en el mundo se estén poniendo bombas ahora mismo, que musulmanes breguen contra judíos y a la inversa. Viajar acentúa la tolerancia, abre la mente y ofrece inesperadas sorpresas. ¿Resulta ingenuo? Puede ser, pero sigo apostando por la tolerancia y la fe en que un día podamos todos, si no vivir en perfecto acuerdo, al menos vivir con respeto y en paz (Idoia Arbillaga).http://www.larazon.es/noticia/5076-ano-nuevo-vida-nueva



Este texto, ciertamente sugerente y estimulante, escrito por mi amiga Idoia, me ha hecho rememorar intensos y apasionantes momentos en la ciudad de Fez, que he visitado en varias ocasiones. Sólo la medina de Fez el Bali ya justificaría un viaje a esta ciudad marroquí, que no deja indiferente a nadie, aunque a algunos les pueda parecer un regreso exótico y tal vez místico al Medioevo. Ciudad con encanto o encantadora, que nos devuelve a nuestra primigenia soñada, incluso a nuestro pueblo, igualmente dividido en tres barrios o pequeñas aldeas. Pues Fez está construida como si se tratara de tres ciudades, a saber, Fez el Bali (impresionante e inspiradora), Fez el Jedid (antesala al descenso a otro mundo) y la Nouvelle ville (similar a cualquier ciudad europea).



Nunca olvidaré aquella visita a la mezquita de los andaluces, en compañía de Rajae, que literamente me llevó de la mano, mientras algunos individuos parecían mirar con ojos entre golosinos y envidiosos, de lo contrario no hubiera logrado arribar a este monumento. O aquella otra visita en la que, sin guía espiritual, acabé perdido en el laberinto medinero bajo una noche que, al final, resultó protectora. Y es que uno siempre acaba perdiéndose, salvo que no te desvíes de la arteria principal, la cuesta Talaa-Al-Kébira, por la que circulan, ay, burritos bien cargados. Arre/a.



En Marruecos el sol duerme la siesta después de tomar un té verde: el whisky nacional, dicen los marroquíes, el verde como esperanza, verde que te quiero verde, el verde como color musulmán, hierbabuena que verdea tus sentimientos, verde de Meknès o Mequínez, verde de minarete, color esmeralda en el brillante tejado de la ilustre y majestuosa mezquita el Karaouiyyîn o Karaouina.

A Ratiba la conocí en Fez o Fès. Ratiba Fellah fue una aparición, como lo fuera la aparición de Lourdes en Francia para algunos. Ratiba se me apareció de buenas a primeras, cual suele acontecer con otras vírgenes, a la luz del día, visible, resplandeciente, en cuerpo y alma, en cuerpo macizo, enfundada en jean o pantalón vaquero y americana de color negro, vestida como una española, como una europea, liberal y atrevida como una nórdica, elegante, risueña y tostada -con miel y manteca de cabra- como una marroquina. Ratiba se me apareció un domingo de marzo, a eso de las cuatro de la tarde -hora local-, mientras yo intentaba trepar por la cuesta que conduce al cementerio israelita, cerca de Bab Boujloud, fuera de la ciudad amurallada. Era un día soleado. El cielo brillaba alegre y azul. Ratiba paseaba en compañía de su hermana Sanaâ y dos amigas llamadas Rachida y Rabia, que se mostraron gentiles, desenvueltas y conversadoras conmigo.


El verbo se me puso en pocas horas con semblante de erre mayúscula, erre femenina, erre sensual y sabrosa. El sol estaba acostándose cuando puse por primera vez los pies en la ciudad de Fès. El sol se quitó su lencería roja con parsimonia y un excitante sentido estético, y yo quedé encantado para siempre en Al-Maghrib.


La aparición de Ratiba ocurrió después de que yo subiera de los subterráneos de la Medina de Fès-el-Balí, la ciudad vieja, amurallada, la ciudad de los callejones sin salida y las callejuelas y pasadizos atestados de asnos, y seres que te clavan la mirada, miradas que te apuñalan con pasión y desenfreno, borricos que transportan cestos, viandas y botellas con zumo de aguacate; en cualquier momento podría atropellarte un burro: un petit taxi cargado hasta los topes, hay más de diez mil callejones, perfumados de olores densos. En la medina te huele a ámbar, a almizcle, a hierbabuena y a caca humana, a pedo azafranado, a estiércol de vaca, a grasa de riñón de carnero y a fritanga, a cuscús recalentado; te huele a ti mismo, a tus raíces árabes: emanaciones agridulces que aspiras atolondrado, como un primerizo en espectáculos y ceremonias que te invitaran a entrar en trance. Fès-el-Balí es un laberinto sobrecogedor, lírico, preedénico casi, que me invitó, siempre me estuvo invitando, a adentrarme en el bullicio y el magreo. Me sobaron con la mirada. Me sentí embriagado con la policromía gastronómica y digestiva: desbordante mundo de aromas y sustancias. Sufrí o experimenté un desdoblamiento, como un psicótico. Me resultó imposible encontrar mi espíritu. .Me resultó complicado saber quién era y qué hacía en el Gran Bazar. Estuve en un underground grotesco, fantástico, infinitesimal, como en la película de Emir Kusturica. La Medina de Fès-el-Balí es un teatro visceral y jugoso que acaba envolviéndote e hipnotizándote. Sentí miedo al principio pero una vez que me había entregado en cuerpo y alma, los marroquíes estuvieron de mi lado y eran mis amigos de verdad. Seguí impresionado, no obstante. Por fin encontré a Ratiba, mi amiga, a la luz del día, real como la vida misma. Sanaâ, su hermana, se convirtió en mi cómplice, aliada, en vínculo lingüístico que religa y une, en vínculo que me unió a Ratiba: une fille adorable et très belle, ésa fue mi impresión de ella, una chavala que a duras penas hablaba la lengua gala, pero que seguía articulando el lenguaje de los ojos, la mirada que toca y acaricia, convence y seduce, la mirada que sabe a piel, a feromona excitante, a perfume amoroso. Ratiba soñaba con abandonar Marruecos e irse a vivir a Francia. Soñaba con desposar a un europeo apuesto; los marroquinos tienen mala catadura, según ella, y no terminaban de convencerla
(texto extraído de un relato que publiqué bajo el título En el ombligo del Morocco).




Una vez sumergido en el caos, abres Bab Boujloud, que es la puerta azul de la Medina, y te aventuras a bajar por una de las cuestas: Talaa-Al-Kébira, escaparate de sorpresas, te deslizas por callejones sin salida, atestados de presencias que te clavan la mirada, miradas que te atraviesan con pasión, desfalleces o crees desfallecer, te falta el aire y tu corazón está a punto de reventar. Recuerdas que estás solo, sin guía oficial, sin guía clandestino, no puedes detenerte a sacar el plano de tu bolsillo para echarle una ojeada, tampoco te serviría de nada, estás dando tumbos y desconoces las posibles salidas, te topas con un callejón sin salida, luego con otro, alguien te dijo que en la Medina hay más de diez mil callejuelas. Aparentas sentirte aliviado, nadie te cree, ni siquiera los niños, que son pícaros y embaucadores. Sabes que hasta ellos podrían engañarte, y que además están compinchados con sus directores espirituales, los alfaquíes. Las miradas moriscas te desconciertan, y no lo puedes evitar. Estás en su terreno, que conocen palmo a palmo, y son conscientes de la ventaja que tienen sobre ti, atolondrado viajero. Estás al límite de tus fuerzas, podrías rodar por tierra en cualquier momento, pero aún no ha llegado el momento de arrojar la toalla, la necesitas para secar el sudor, que está empapando tus entrañas. Suda, sangra, orgasmea, pero no te dejes, aún no, no dejes que tus entretelas se pudran entre vísceras de corderos y burros cargados hasta los topes. La Medina es un establo exótico, que te cautiva y te obliga a rastrear en tu memoria tribal. Los artesanos y comerciantes desean tu dinero, porque saben que llevas dinero encima, también intuyen que los turistas suelen ir a las medinas a comprar o a dejarse vender, tu precio puede ser alto, pero todo tiene un precio, y tú también lo tienes, no te engañes, a ellos te sería muy difícil engañarlos. Despréndete de lo material grosero, y reza a Alá -ya sé que no te gusta rezar-, para que descubras el reino de su cielo, purísimo a primera vista, azul teñido de sangre, flujo que enciende tu mirada y te invita a jugar con ella. Una mirada que te pone en contacto con algunas chicas. Los pederastas y bisexuales parecen ansiosos por devorar tus entrañas. No tengas miedo. Aún puedes sestear como las ovejas. Es la hora del té. Los tullidos, cojitrancos y ciegos se unirán a ti. Son desarrapados que ya no tienen miedo a nada. Y se han dejado mutilar sin motivo aparente. Viven sin órganos y sin extremidades, aunque se les ve felices. Algunos nunca han salido de la Medina, no necesitan ver la luz. Míralos de cerca, se divierten contemplando la nada, una nada que huele a azafrán. Dile a Ismael que te venda un tantán hecho con piel de raya, así podrías tañer tu último resuello de agonía. Ismael, cuya mirada se torna seductora, está deseando ofrecerte un té con hierbabuena, le gustaría que calentaras tus entendederas y luego las encendieras en el hammam, en su compañía, él es muy generoso. Y te quiere de veras, se le nota en la mirada, te quiere por tu dinero y por tu sangre de español, de español magrebí. Adéntrate en el barrio de los andaluces: callejones con olor a asno: pequeño taxi que transporta viandas y botellas con zumo de aguacate, bebe la sangre mahometana, fúndete en la masa tentacular y vociferante. Aúlla, desfógate, déjate sobar, alimenta tus instintos sexuales, recaliéntate en el horno comunal, rostiza tus vísceras, arde de placer, muérete con la sonrisa en los labios, lame el último pudor que bordea los espasmos del corazón, púdrete con elegancia mirando al vacío, mirándote en el espejo del Gran Bazar, a sabiendas de que no tardarás en entregarte a ellos en cuerpo-alma. Hazlo cuanto antes. No dejes para mañana lo que puedas hacer esta tarde. Déjate magrear por la muchedumbre. Estás entre callejuelas laberínticas, indefenso, apretujado, abatido. Algunos interiores son lujosos, pero a ti te gusta callejear la lujuria exterior, tú viniste a Fès a embriagarte en la calle, y abrevar la sed en las fuentes de la vida real. Chorreas humor y lágrimas. Eres un cerdo en la Medina de Fès-el-Bali. Hueles a mierda. El sudor sigue escurriendo por tu devenir de aventurero, lobo estepario en una medina vieja, ya no recuerdas por qué te atreviste a bajar a este subterráneo. Ahora sólo te queda saborearlo, digerirlo si puedes. Sudas como si nunca hubieras abandonado el baño árabe, como si estuvieras ayuntando con un bujarra bereber. El pan se está cociendo en tu boca, que es horno de perversión e inmoralidad. Es un pan satánico. No lo comas. Está ardiendo. Estás cociéndote y no acabas de transpirar. El baño árabe te está produciendo un malestar general. Te duele el esfínter, y la columna vertebral se te empieza a quebrar en mil pedazos. El calor es infernal, y los huesos se te están torrando. Eres carne horneada. El muecín resuena en el interior de la mezquita Karaouiyyîn. Hay interferencias, gritos, gemidos, eructos... y tú prosigues la travesía, te detienes en la fuente Nejjarin, en medio de la algarabía. Las ánimas musulmanas siguen purgando sus infortunios en fuentes de ablución ritual, en hornos vecinales, en hammanes compartidos. Tú sigues contando con tus secreciones y miserias, carroñas y heces, y tu cadáver se dora, se achicharra, brilla a contraluz. Devoras inmundicia antes de arder de una vez por todas. Eres Juana de Arco en la hoguera de Fès-el- Bali. A estas horas ya te habrás convertido en pastel de miel, en pastilla, en higo chumbo o en humo de hachís. Todo es posible en el reino marroquí. Los chuchos, famélicos y osados, te olisquean como a una perra en celo, te olfatean y te lamen con detenimiento y sentido forense. Aún después de morir, los cartomantes y nigromantes te siguen ofreciendo su casa, te invitan a fumar kif, y a que tus restos mortales se deleiten degustando un thé à la menthe. Así son los marroquíes de hospitalarios y amables: te asan, y luego te prometen el oro y el moro, que ahora viste chilaba morada y se parece a un personaje de cuento, que invoca a Alá y a Mohamed con fanatismo y con el turbante blanco en la mano izquierda. A continuación te toca un minueto cortesano con flauta y tamboril, mientras tu polvo, lo que queda de ti, sirve de alimento a una nube de insectos. Caíste en la trampa. Se cumplió la ceremonia canibalesca y cropofágica, y ahora más que nunca te sientes aliviado y libre, despojado al fin del peso corporal. Ya no tendrás que orinar, ni defecar, ni eyacular sobre los párpados de una marroquí arrebatadora, deslumbrante, mágica. Aun muerto sigues recordando que algún día estuviste en la Medina de Fès-el-Bali. Aquel día ibas solo, sin faux guide, pero te sentiste más lleno que nunca. Estuviste en la casa de las sorpresas perfumada de incienso, almizcle y mirra. Saboreaste lenguas políglotas, viciosas, viscosas, viperinas. Degustaste polvos de chocolate, polvos sin más, presenciaste orgías en el harén de las delicias, te embistieron y vistieron de gala, te clavaron aguijones en la médula espinal, gemiste de terror y de éxtasis, la sangre corrió con desenfreno por los diez mil y un callejones sin salida, y la lógica mortuoria, el sentido de la vida -guadaña en mano- acabó imponiéndose, como siempre. Admiraste el cruel espectáculo de la muerte y quedaste hipnotizado en medio de una delirante escenografía. Al fin conseguiste examinarte en una de las más antiguas universidades del mundo: Fès-el-Bali. Y el vértigo consiguió dilatar tus pupilas: el vértigo del pánico. Los pájaros islámicos anidaron en tu testa, que aún después del óbito luce fez rojo. Hitchcock hubiera filmado impresionantes escenas en la Medina de Fès o Fez-el-Bali (relato publicado bajo el título de En la Medina de Fez).



Justificar a ambos lados

Lectura en la Kasbah


Este cuentito se publicó en Diario de León hace tiempo.



A edad temprana, Fátima descubrió la pasión por la lectura, y a partir de ese instante supo que quería dedicarse a escribir y que ansiaba viajar por el mundo, como había leído en aquellos cuentos de aventuras, que tanto placer le procuraban. Sentada a la sombra de la Kasbah de Aït Ben Haddou, se pasaba la tarde leyendo, hasta que un buen día decidió que ya había leído lo suficiente como para poder llevarlo a la práctica, y se puso en camino, cual nómada, en busca de aquellos mundos que aparecían en las lecturas de sus libros.

domingo, 10 de enero de 2010

Versiones cinematográficas de Frankenstein

http://www.diariodeleon.es/noticias/filandon/frankenstein-mary-shelley-y-sus-versiones-cinematograficas_529439.html

23/05/2010
MANUEL CUENYA
Aunque hay varias versiones cinematográficas del mito Frankenstein, entre otras las filmadas por Fisher, director experto en dráculas; incluso una española, la que hiciera Jesús Franco, La maldición de Frankenstein, me centraré en cuatro películas, a saber, el Doctor Frankenstein y La novia de Frankenstein, de James Whale; Frankenstein de Shelley, de Brannagh, y Remando al viendo, de Gonzalo Suárez.

El Doctor Frankenstein (1931), del británico James Whale es una versión simplificada, como no podía ser de otro modo, de la compleja y filosófica novela de Mary Shelley. No obstante, el director logra crear una película visualmente muy atractiva, creando una ambientación sobrecogedora, tanto en interiores como en exteriores "naturales", gracias a una tenebrosa foto en blanco y negro y unos encuadres deudores del expresionismo pictórico alemán, con una puesta en escena expresiva, inquietante, en la que la interpretación de Boris Karloff (entonces desconocido) resulta decisiva en el papel de monstruo, aunque éste le había sido ofrecido en un primer momento a Bela Lugosi (el legendario Drácula), que lo rechazó, porque pensaba que sus dotes como actor no se reflejarían tras la excesiva cantidad de maquillaje que requería el personaje. El maquillaje del monstruo fue diseñado por Jack Pierce. Varias capas de gasa y sustancias tóxicas se usaron para crear la apariencia única de la criatura mediante un método doloroso que llevaba mas de cuatro horas diarias de aplicación.
En 1935, con el mismo equipo de filmación, Whale dirige La Novia de Frankenstein, que retoma la idea apuntada en la novela de Shelley de crear una hembra que consuele al monstruo, y nos muestra escenas memorables, de una gran ternura, como la de Frankenstein en la casa del ciego (fiel a la novela) o el nacimiento de su novia ante su mirada expectante. Gran parte del espíritu filosófico de la novela de Shelley está reflejado en esta película, considerada como una de las mejores del cine de terror, aunque más que por secuencias de terror se caracteriza por sus atmósferas góticas. Karloff vuelve a encarnar al monstruo, que no provoca horror sino compasión, y Elsa Lanchester interpreta de un modo magistral a su novia. Los efectos especiales son impresionantes para la época. La iluminación y la escenografía, en la línea de su anterior película, resultan igualmente espléndidas. Conviene destacar, asimismo, el prólogo de la película, en el que vemos a Mary Shelley contando, a los poetas Percy Shelley y Lord Byron, cómo continúa la historia del monstruo.
Frankenstein de Mary Shelley (1994), de Kenneth Brannagh, es quizá la más fiel adaptación del relato de Mary Shelley. Como hiciera Coppola con el Drácula de Stoker, quien tras su magistral adaptación al cine, quiso llevar a la pantalla Frankenstein, y en realidad lo hizo, porque es su productor. Por su parte, Brannagh la dirigió y la protagonizó en el papel de Víctor Frankenstein, mientras que el monstruo fue encarnado por Robert de Niro, con una caracterización que no hacía ninguna referencia a Boris Karloff, ni falta que le hace.
La versión de Branagh lo tuvo difícil porque, por un lado, ya existían varias adaptaciones de la novela, algunas bastante fieles, y por otro, incomparables obras maestras como La novia de Frankenstein de James Whale.
Brannagh se propuso que su adaptación sobresaliera de las demás como la más compleja y artística. Como hiciera Coppola con su Drácula, pero el realizador americano consiguió glosar en su film referentes cinematográficos, literarios, pictóricos y hasta operísticos, logrando una película de gran riqueza conceptual y narrativa, integrada con la evolución del relato. En cambio, el Frankenstein de Brannagh, por su parte, no ha pretendido ser tanto una síntesis de los previos Frankensteins existentes sino aprovechar todas las resoluciones visuales de Coppola y hacerlas propias, lo que dio lugar, en la peli del actor y director británico, a una saturación de planos con ganas de impresionar al espectador y una mareante sucesión de travellings circulares. La muerte de Justine, la criada de los Frankenstein, que en la novela es juzgada por la muerte de William, el hermano pequeño de Víctor, es linchada en esta película por una muchedumbre enfurecida. Y así, en este plan. Conviene resaltar, no obstante, la soberbia labor de los intérpretes, sobre todo la de Robert de Niro, un verdadero monstruo... de l interpretación.
Para finalizar, está Remando al viento (1988), película que en su día me cautivó (la vi en Oviedo, de donde es originario su director), y que pasado el tiempo me sigue gustando, sobre todo ese inicio en un mar lleno de témpanos de hielo, bajo un cielo grisáceo, que recuerda un cuadro de Caspar David Friedrich (rodado en Noruega) con la música Vaughan Williams como fondo, en concreto la Fantasía de Thomas Tallis, que me eriza el alma -ahora la estoy escuchando y creo levitar-. A decir verdad, una buena música salva en ocasiones una película mediocre. No obstante, la película de Suárez -a quien sigo recordando, claro está, después de su etapa como director honorario de la Escuela de Cine de Ponferrada- cuenta con los atractivos suficientes para engancharnos, sobre todo a quienes nos entusiasma la literatura, y en este caso la recreación del mito de Frankenstein, que en la película es la proyección poética, un tanto perturbada, de la mente de Mary, pues el monstruo/muerte está en ella, como una medium que invocara al espíritu perverso encargado de aniquilar a los seres más cercanos y queridos. Rodada en sugerentes escenarios naturales, como algunas playas de Asturias, de Llanes y alrededores, donde gusta o gustaba veranear a Gonzalo; Ginebra y Venecia, entre otros, y con un reparto de lujo, entre ellos Hugh Grant, que entonces no era una estrella mediática, en el papel de Byron o nuestro José Luis Gómez (por quien siento devoción como actor y director teatral) como Polidori, aparte de Lizzy McInnerny (Mary) o Valentine Pelka (Percy), etc.
Avalada por varios premios Goya, entre otros, a la dirección de Gonzalo (con quien compartí varios momentos en el Bierzo), a la dirección artística de Chinín Burmann (a quien también le mando un cariñoso saludo), a la foto de Carlos (el hermano de Gonzalo, con quien compartí varias horas en la Escuela de Cine y en el restaurante Burbia de Ponferrada), y a Goldstein y Steinberg, que estuvieron nominados al Goya por el mejor sonido aunque al final no ganaron. Por cierto, adelanto que Steinberg estará en Tardes de Cine de Bembibre en el mes de febrero. Dicho lo cual, Remando al viento bien se merece un visionado.

Ahora me vine a la memoria que también en la hipnótica película de Erice, El espíritu de la colmena, hace su aparición el primer Frankenstein de Whale. Tras ver esta película, la pequeña Ana, una de las protas, se pregunta el por qué de la muerte, por qué el monstruo mata a la niña, y luego se lo cargan a él. El asombro y misterio que provoca la muerte, simbolizada en el monstruo, en la mirada de una niña inocente. Un mundo hecho de silencios, soledad y muerte (nuestra España de posguerra) visto y mostrado con los ojos ensoñadores de una niña que confunde realidad y ficción.

viernes, 8 de enero de 2010

Frankenstein

http://www.diariodeleon.es/noticias/filandon/frankenstein-mary-shelley-y-sus-versiones-cinematograficas_529439.html

23/05/2010
MANUEL CUENYA
Cuando leí Frankenstein, la novela de Mary Shelley, me quedé impresionado. Relato imaginario aunque podría ser verosímil, tal como avanza la ciencia y las tecnologías. Algo así como las pelis que hacía el mago Hitchcock, con esa fantasía desbordante que, llegado el caso, resulta harto creíble. Nada imposible bajo este firmamento, porque la realidad supera siempre cualquier ficción.


Frankenstein tuvo su origen en el Romanticismo, como la mayoría de figuras del horror y del espanto, gracias a la prodigiosa imaginación de Shelley. Literatura fantástica, precursora de la literatura de ciencia ficción, aunque algún día podría volverse científica: darle vida a un engendro o remiendo humano. Y por imposible que se nos antoje esto, le sirvió a la autora para mostrarnos el lado sombrío del ser humano, nuestro Hyde. Literatura en la que el viaje tiene gran importancia. La persecución del monstruo hasta los confines del globo, en el polo norte, "el imperio de los hielos eternos y la desolación". Estamos, pues, ante un relato sobrecogedor, misterioso, aventurero, con todos los ingredientes para atrapar al lector y dejarlo extasiado.

Este mito se gesta, como un Filandón leonés, en torno al fuego del hogar, aunque en ese caso fuera el verano frío y lluvioso de 1816, a orillas del lago Leman, en Ginebra (Suiza). Allí se reunieron, al amor de la lumbre, varios escritores, entre otros el doctor Polidori, el poeta Percy B. Shelley, el esposo de Mary y ella misma, para buscar entretenimiento en la narración de algunos cuentos de espíritus y fantasmas. Cada cual se propuso escribir una historia de terror. A ver quién es el mejor, se debieron decir. Y Mary Shelley la bordó. Se advierte al lector, al inicio del libro, que ese relato fue el único que llegó a concluirse. Si bien, Polidori, el amante y secretario personal del poeta Byron, también escribió, a partir de ese "filandón", El Vampiro, considerado como precedente del Drácula de Stoker y Carmilla, de Sheridan Le Fanu, ésta última adaptada al cine por Dreyer, y conocida como Vampyr.

En realidad, la narración de Shelley es como un intento, bien romántico, por desafiar a dios, como hiciera el propio Baudelaire contagiándose de sífilis, rebelarse contra la muerte, ese terrible castigo o destino al que todos estamos abocados, sin que de momento podamos volver a vida, ni resucitar como Cristo, que debió ser como un Frankenstein aunque con el rostro guapo del seductor. Esa resurrección tan cantada, una y otra vez, por la religión cristiana, incluso por otras religiones, opios diabólicos, sin duda, que nos dan la vuelta al cerebro para estrujárnoslo y así dejemos de razonar con una mínima lógica. Es por esto que debemos abandonar el mito para centrarnos en el logos. Difícil tarea.

En cuanto a su estructura narrativa, que podríamos calificar de circular, porque el inicio y final se tocan, el relato comienza y finaliza con una serie de cartas y páginas del diario de Robert Walton, en las que se nos muestra un largo viaje en barco al Polo Norte, donde los tripulantes se encuentran con un extraño personaje sobre un trozo de hielo que navega por un mar de aguas congeladas, y al que acaban rescatando y subiendo al barco. Pero el final nos azota con fuerza porque este extraño personaje salta del barco para caer sobre el témpano de hielo. "Las olas le arrastraron en una especie de torbellino y se perdió en la oscuridad de la distancia".

Al inicio, luego de las páginas del Diario de Walton, toma la palabra el Doctor Víctor Frankenstein, quien nos cuenta en primera persona cuáles sus orígenes, "ginebrinos", aclara, su familia, sus antepasados, su gusto por los secretos de la naturaleza humana, las ciencias naturales, las lecturas de Paracelso y Cornelio Agrippa, la investigación en la Universidad de Ingolstadt, los misterios de la vida, la posibilidad de crear un ser humano animando la materia inerte hasta lograrlo, aunque para ello tuviera que profanar los sepulcros (algo de malditismo y satanismo está en este doctor-creador). Pero cuando lo consigue, "una triste noche del mes de noviembre", se da cuenta de su error, porque el ser creado, además de horrible, "un miserable engendro... espanto que producía aquel rostro", acaba rebelándose contra su creador y vengándose de su entorno familiar. Criatura en busca de autor. Esto también lo leemos en Niebla, la nivola de Unamuno. Como su protagonista, Augusto Pérez, que se rebela contra su autor, contra su no existencia, contra esa imposibilidad de ser inmortal.

El relato sigue progresando a través de las cartas de Elizabeth Lavenza, la prima y amada del Doctor Frankenstein, y del padre de éste, Alphonse, quien le relata la muerte de William, el hermano pequeño del Doctor. La narración a través de cartas también está en el Drácula de Stoker.

La criatura comienza su venganza con el asesinato de William, del que acusan a Justine Moritz, la doncella o criada de la tía del Doctor, a quien juzgan y ajustician, propio de un tiempo de caza de brujas. A Justine la matan a pesar de la conmovedora actitud de defensa de Elizabeth ante los jueces, que no se dejan conmover por nada, casi nada, tal es su pose siniestra, cerrada y conservadora ante la vida. Entonces, es cuando el Doctor se lamenta y se culpabiliza por haber creado a este monstruo. En la peli, Remando al viento, de Gonzalo Suárez, es la propia Mary quien se siente torturada y trastocada por la invención de esta infame criatura, por haber logrado insuflar vida a su prosa y que sus palabras se carnalicen, algo que está en la mente de todo escritor, darle vida a las palabras cual si fueran seres humanos.

El doctor siente remordimientos de conciencia y comienza a vagar como un alma en pena por los Alpes en busca de su criatura, para acabar con ella, vengando así las vidas de William y Justine, lo que le permite darse cuenta de la condición humana-animal. Continúa reflexionando y vagando hasta dar con su horrible criatura (algo así como la muerte hecha figura, según la película de Gonzalo Suárez, que recuerda la muerte que aparece en 'El Séptimo sello', de Bergman), quien toma la voz narrativa para entablar diálogo con su hacedor, su dios, reprochándole que "todos los hombres odian a un ser desgraciado". Verdad como un templo, antaño y hogaño. A los seres desgraciados se les silencia, aparca, encierra, y aun se les humilla y apalea. El monstruo, que sólo lo es en apariencia, se siente solo y desamparado, ni siquiera es escuchado por su creador. "Hasta los condenados a muerte tienen derecho a ser oídos", le recuerda. A partir de entonces el monstruo da rienda suelta a su palabra para contarle a su creador, para contarnos, en definitiva, a todos los lectores, a la humanidad, cómo ha tenido que sobrevivir, luego de ser abandonado como un hospiciano, en los bosques, su historia en una cabaña, su aprendizaje del lenguaje, como un neonato o buen salvaje, su conciencia de identidad y/o desdoblamiento al verse reflejado en el agua, la conciencia, en definitiva, de su fealdad (el tema del doble tan empleado en la literatura y cine de horror), el asombro, como un inocente o alma sensible, ante la magnificencia de la naturaleza, el descubrimiento de la doble cara del ser humano así como su afán por la riqueza material, el aprendizaje de la vida misma, que lleva al monstruo, en un principio con buenos sentimientos, a ser descreído y vengativo, porque se siente rechazado, por ser diferente (el otro y la otredad presentes en los extranjeros, los emigrantes e inmigrantes, los que no son como es uno, tan actual), porque siente la soledad existencial en medio de unos humanos perversos y castigadores, avariciosos y altaneros, salvo el viejo ciego de la cabaña, que le tiende la mano, quizá por su condición de desvalido y semejante. "Soy viejo y estoy exiliado -le dice al monstruo-, pero me produciría gran placer poder ser útil a un ser humano que está sumido en la desgracia".

El desprecio que sufre el monstruo por parte de los seres humanos, con los que se encuentra, lo vuelve vengativo. Reniega de su creador y se declara en guerra constante contra todo el género humano. El infierno no sólo son los otros, que diría Sartre, sino uno mismo, en ese caso el lado oscuro de Frankenstein (monstruo/doctor). A pesar de declararse en contra de la humanidad, sus todavía buenos sentimientos le hacen salvar a una pequeñuela de ahogarse en un río, cuya recompensa es un tiro que le propina un tipejo. Herido y enrabietado decide vengarse, al fin, de todos, y sobre todo de su creador y la familia de éste. Y se dedica, como un Drácula, a descansar durante el día y a viajar por la noche aprovechando la oscuridad-protectora. Lo único que de verdad quiere el monstruo es que su "papá" le cree una hembra para aplacar su soledad e intercambiar con ella muestras de afecto. Como cualquier ser humano, ni más ni menos. ¿A quién no le gusta que lo quieran? Esto de pedir una compañera me recuerda la peli Amarcord, de Fellini. Hay una secuencia entrañable y demoledora, en la que el tío loco del prota se sube a un árbol, del que no quiere bajar, mientras grita, insistente, "Io voglio una donna", "quiero una mujer". Pues, nuestro monstruito Frankenstein sólo quiere una mujer. No es mucho, otro asunto sería que le hubiera pedido un harén con odaliscas impregnadas de perfumes balsámicos y tiernas y sensuales ondulaciones como dunas en el vaivén de los mares desérticos. "Si consientes en realizar mi petición -le dice el monstruo a su creador-, ni tú ni ningún ser humano sabrá de nosotros jamás. Nos iremos a las regiones inhabitadas de América del Sur". Y añade: "El amor de otro semejante bastaría para destruir la causa de mi desesperación... Si soy perverso es porque me veo obligado a vivir en la soledad que aborrezco". Soy malo, señor juez o señora jueza, porque la sociedad me ha tratado así, como a perro sarnoso. Esto parece que quisiera decir.

Su creador, aunque en un principio se lo promete, se da cuenta de que nunca llegará a crear una hembra de la misma especie. El miedo se lo impide. Lo paraliza. El terror a que la parejita procree "engendritos", que pueblen el mundo. La fatalidad se impone como una apisonadora. No hay vuelta atrás. Elizabeth también es asesinada por la bestia, el lado sombrío del doctor, que se siente el verdadero asesino de todos ellos y un auténtico desgraciado, cuyo final trágico a manos de su criatura está cantado. Este relato, "el más fascinante y extraodinario que haya inventado una mente humana", se cierra con la continuación del diario de Walton, en el que asistimos al arrepentimiento, bien cristiano, del monstruo, "¡soy un miserable!", se lamenta, y a su crónica de una muerte anunciada: "convertiré este cuerpo deforme y horrendo en cenizas". Y cuando desaparezca, también se borrará su recuerdo. Un testamento propio del marqués de Sade o Luis Buñuel. "¡Adiós!". "Y saltó por la ventana del camarote... cayendo sobre el témpano de hielo... Las olas le arrastraron y se perdió en la oscuridad", de donde, tal vez, nunca debió salir. Pero el sueño de la sinrazón, la palabra poética produce monstruos, a veces.