Páginas vistas en total

martes, 12 de diciembre de 2017

La fragua literaria leonesa: Eva Ramón Reyero

Cultura cultura
0 votos
 Disminuir fuente / Aumentar fuente
LA FRAGUA LITERARIA LEONESA

Eva Ramón Reyero: "Todo el lenguaje narrativo de Mateo Díez evoca esta tierra leonesa"

Manuel Cuenya | 12/12/2017 - 13:35h.

La artista plástica, documentalista y narradora Eva Ramón Reyero, autora de 'La caja roja', está ahora con la promoción de su novela, a la vez que trabaja en la misma en darle una nueva dimensión desde la narrativa transmedia.

Imprimir
Enviar por correo
FacebookTwitterGoogle +Menéame
Votar noticia Vota
... Frente a ellos se abría un valle dorado, bordeado de grandes robles que escalaban por las suaves laderas, hasta alcanzar en un extremo una cornisa de roca blanca que cerraba el paisaje con sus escarpadas paredes verticales. Hacia el oeste, el roble se convertía en bosque cerrado  hasta cubrir la montaña que se elevaba a su espalda. Valle abajo, el roble se convertía en dehesa de encinas que ya daban paso a los últimos corrales del pueblo, huertos de frutales al lado del río, y pacederos... (Eva Ramón Reyero, 'La caja roja')
Licenciada en Historia del Arte, con formación en Bellas Artes, documentalista, Eva Ramón Reyero, que ha hecho exposiciones individuales y colectivas de su obra pictórica, acaba de publicar su primera novela, 'La caja roja' (Artámbula, 2017), cuyo título hace referencia, en su opinión,  a un pequeño objeto que teje una relación, "un descubrimiento" porque "al abrirse desvela con su secreto una intimidad apenas antes conocida. Un objeto cerrado y cotidiano, fuente infinita de apertura interior".

La novela transcurre en los años centrales del siglo XIX, desde el verano de 1841 hasta agosto de 1845, en un valle de la montaña oriental leonesa, "que se ve sorprendido por la llegada de buscadores de yacimientos sobre los que levantar una empresa moderna. Enfrente la resistencia de unas familias campesinas apegadas a trabajar y vivir de la tierra".
Eva decidió ambientar esta historia en la montaña oriental leonesa, fundamentalmente en el Valle de Sabero, porque, aunque nacida en Madrid, tiene sus raíces en esta zona, que siempre ha sido su origen, su infancia, su familia, sus recuerdos... y aun "el lugar de referencia de los paisajes que vivo y la inspiración para mi obra artística".
En este sentido, muestra su gusto por la literatura de Julio Llamazares, puesto que reconoce que al menos dos de sus obras transcurren en el mismo valle en el que ella ambienta su novela. Y también por la narrativa de Luis Mateo Díez, habida cuenta de que "todo su lenguaje evoca esta tierra aun cuando no sea evidente donde se localiza la historia".
En realidad, aunque ella misma no se englobaría dentro de la llamada 'literatura leonesa', sí reconoce que su universo creativo está referenciado en los paisajes y las historias, la forma de vida y el habla que le acompaña hasta el punto de marcar su sentimiento de pertenencia a la tierra leonesa.
No en vano, Eva Ramón hace uso de expresiones y términos propios de la zona en esta obra.
La caja roja es "una vagoneta que comienza a salpicar el Valle cuando aparecen 'los otros' con la intención de acercar el progreso a sus bolsillos", aclara su creadora. "Cegados por la ambición y el poder prometido comienzan a instalarse entre los vecinos del Valle, trayendo consigo nuevos intereses y formas de vida". El eterno cantar de siempre, que se repite a lo largo de la historia de la infamia. Una forma de vida ancestral que acaba siendo colonizada por la modernidad, por el capitalismo, en busca del beneficio económico de unos pocos, aunque para ello tengan que cargarse una forma de vida digamos más acorde a la madre naturaleza. "La tierra... lo último que se vende y lo último que se pierde porque tarde o temprano todos volvemos a necesitarla al final de nuestras vidas".
"La literatura emociona... estimula, enseña y alimenta la creatividad."
La caja roja como urdimbre primigenia
La caja roja es también "lo que abarca y sostiene el paisaje del Valle y su relieve,  una gran bolsa rojiza de hierro, carbón y otros minerales".
Como documentalista, Eva nos muestra, a través de su novela, las costumbres y tradiciones de una época en un lugar concreto. Con lo cual estamos, aparte de una narración, ante un documento etnográfico.
Editada por Artámbula, este sello editorial nace, en palabras de Eva, "como impulso a la autoedición desde la empresa consultora Mercodes, dedicada al desarrollo rural y local".
Una editorial que defiende la cultura activa, que apuesta por las ideas, iniciativas y proyectos sencillos, según Eva Ramón, que comercializa en circuito corto, "es decir venta directa desde el autor y en colaboración con esas pequeñas librerías tan necesarias para que la lectura siga viva".
Su experiencia con la escritura creativa le ha permitido desdoblarse, adentrarse y vivir en otra dimensión a la vez que poder narrar otras vidas. Una experiencia extraordinaria.
(Si deseas seguir leyendo esta fragua, aquí tienes el enlace de ileon, donde figura publicada: http://www.ileon.com/cultura/080651/eva-ramon-reyero-todo-el-lenguaje-narrativo-de-mateo-diez-evoca-esta-tierra-leonesa)

jueves, 7 de diciembre de 2017

El sol de Madrid embotellado

Me encanta el sol de Madrid embotellado. Tomarlo, degustarlo, disfrutarlo sorbo a sorbo en la propia Puerta del Sol, que percibo como el centro del universo, al menos como el centro de la Tierra. Acaso Julio Verne también pensó en alguna ocasión que el centro de la Tierra pudiera situarse, en vez de en algún cráter de Islandia, en la Puerta del  Sol, ese espacio donde otrora se trillaba el trigo, el centeno. A lo mejor es un delirio esto que acabo de decir. Pero me gusta insinuarlo. Se non è vero, è ben trovato
También Dalí, desde su paranoia crítica, llegó a decirnos que el centro de la Tierra se situaba en la Estación de trenes de Perpiñán (Francia). Y el matemático francés René Thom, con su teoría científica de las catástrofes, llegó a confirmarlo. O al menos a decir que el genio de Figueras no deliraba ni alucinaba tanto como pudiera creerse. Hablo de memoria. Y la memoria en ocasiones juega malas pasadas. 

Conviene, en todo caso, dejar volar la imaginación. Conviene volar. Hacerse golondrina en busca de calor, sobre todo ahorita, que hace un frío que escaralla y "escarabaya el pelleyo", como dicen en las Asturies. 
Me encanta tomar el sol de Madrid, aunque no sea embotellado, panza arriba, panza abajo, como lagarto que buscara el éxtasis, el carpe diem, el instante eterno. Un lagarto que se enroscara al madroño. O mejor dicho a la osa. 
De repente me vine a la mente las andanzas de 'El Tío Perruca' por los montes de Igüeña, en el Alto Bierzo.
El sol, la luz solar es fuente de vida, eleva nuestro ánimo, nuestras endorfinas. Y nos hace sonreír. Con sol la realidad (también la irrealidad y las fotos en color) cobran otra dimensión, una estética acaso más bella, agradecida. 

Me encanta el sol de Madrid. Y esos cielos azules, que logro tocar con la palma de mi mano, la izquierda (con la derecha también me defiendo), ese azul comestible aderezado con berros, ese azul que teje lienzos de amor y amistad. Ese color protector, que me ayuda a conocer un poco más y mejor el mundo, mi mundo interior/exterior.
Me gusta el azul madrileño, a pesar de que a veces la polución se cebe con su cielo a resultas de los muchos vehículos que circulan por la villa. Y a resultas de otras muchas puterías contaminantes. 
Contaminada me late la monstruosa, sísmica y lacustre Ciudad de México, sobre todo en meses en que no cae ni una gota. Pero este es otro Cantares de los cantares, que por cierto es dulce y sabroso como el mosto recién ordeñado de la uva. De las uvas de la Solana, pongamos por caso, ya que de sol hablamos. Aunque me temo que hace tiempo que en la Solana de mi útero gistredense ya no quedan ni uvas, desde que mi padre dejara poulas sus viñas. Ahora que me da por pensarlo, algún día uno también fue vendimiador. Y hasta hacedor de vino. Entrañables recuerdos en el lagar del Tío Teresín, que no era mi tío, sino el abuelo de buenos amigos como Miguel Ángel, Mingo, Chalton, Dory, Chente, Venancio...
Estatua de Valle en Recoletos

Resulta curioso (o no), Madrid me lleva a México. México a mi pueblo. Y desde mi pueblo de Noceda del Bierzo me traslado, como en un sueño, a Ein Gedi, donde estuviera este mismo verano, territorio bíblico que se menciona en el Cantar de los cantares o Cantar de Salomón. Ein Gedi, oasis a orillas del mar muerto, en Israel. 
Madrid, con su sol, me hechiza. Y me lleva por los lugares de siempre, que están cargados de historia. De literatura. Porque la capital del Reino español, adonde todos (todas) vamos a parar, está impregnada por el espíritu de tres grandes escritores, como lo fueran y siguen siendo Valle-Inclán, Ramón Gómez de la Serna y Umbral. 
A través de estos guías espirituales (aunque no son los únicos, claro está, no olvidemos a Cervantes (cuyas huellas se hallan en diversos lugares), Quevedo (que fuera bautizado en el iglesia de San Ginés, Calle Arenal, cerca de la mítica disco Joy Eslava), Lope (con casa-museo en el barrio de las Letras), Calderón de la Barca (con estatua en la Plaza de Santa Ana y casa natal en la Calle Mayor), Galdós (habitual tertuliano del ya desaparecido Café Universal o café de los espejos de la Puerta del Sol), Larra (quien vive y se suicida en la calle Santa Clara), Mesonero Romanos... podríamos componer un Madrid no sólo absurdo, brillante y hambriento (también castizo y chulapo) sino un Madrid moderno y posmoderno, multirracial y pluricultural. 
Buñolería modernista-San Ginés

Una capital por la que ha desfilado una movida modernosa, que tuvo mucho de floritura y artificio (que se lo pregunten al periodista y escritor José Luis Moreno-Ruiz: http://www.ileon.com/cultura/069080/la-movida-modernosa-cronica-de-una-imbecilidad-politica), un Madrid en el que ni las ratas pueden vivir (escúchese a Leño, con Rosendo Mercado al frente) y un Madrid que hoy luce espléndido bajo ese sol embotellado, este sol del membrillo (por cierto, el gran pintor Antonio López ha retratado magníficamente Madrid).
Un Madrid para todos los gustos y carteras. Una ciudad para pasear. Y no cansarse nunca de pasearla. Una urbe en constante movimiento. En busca de marcha. Con ese trasiego continuo de propios y extraños en Sol. 
Colas de gente esperando a comprar el Gordo de Navidad. Qué este año seguro que les toca, pensarán. Si es en Doña Manolita, mucho mejor. En esto Madrid sigue siendo tradicional. Costumbrista. Carpetovetónico. 
Estatua de Lorca en la plaza Santa Ana
Sol es punto de partida y llegada. Un mundo en sí mismo. Con sus campanas y uvas en Fin de Año. Cabe recordar que el emblemático reloj de la Puerta del Sol fue una donación que el afamado relojero cabreirés, Rodríguez Losada, hiciera al Ayuntamiento de Madrid. Con sus mimos y espectáculos al aire libre. Con la histórica pastelería La Mallorquina, donde se siguen tomando unas mil hojas de muerte. Para pringarse y rechuparse los dedos. 

Sol, con su Museo del jamón (sus museos, pues existe otro al ladito, próximo también a la Plaza Mayor) en el que a uno le gusta comerse un bocata de jamón serrano, ibérico, o bien uno de calamares. Marchando. Qué los calamares en Madrid, aunque no tenga mar, están riquísimos. 

Ahora me entero, a través de un paisano y amigo, que las mejores gambas del mundo están en Medina del Campo. Qué cosas. Quién lo diría. 
Pues eso, los mejores calamares fritos del mundo están en Madrid, ese aroma que penetra en tus poros. Y queda registrado para siempre en tu memoria olfativa. Entonces, te hace evocar, como la magdalena de Proust, recuerdos de infancia. Y te lleva de la mano por el centro histórico, por esos lugares por los que tuvieran a bien pasear Valle, Ramón y Umbral. 

Valle, con sus 'Luces de bohemia', inmortalizó la ciudad. Y desde hace tiempo el gallego universal, de "rostro español y quevedesco, de negra guedeja y luenga barba", cuenta con una estatua en Paseo de Recoletos y varias placas, una en concreto en la esquina de Sol con la calle Alcalá, donde estaba el café de la Montaña, en el que Valle, a quien le gustaba discutir,  incluso acaloradamente, acabó perdiendo el brazo izquierdo de un bastonazo que le propinara Manuel Bueno. 
Imprescindible se me antoja la visita al Callejón del Gato ("los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el esperpento"), donde siguen estando los espejos cóncavos y convexos, o bien al San Ginés (la buñolería modernista), con su olor a antigüedad y sobre todo a chocolate con churros o con porras, donde el personaje de Max Estrella (álter ego del propio Valle y también de Alejandro Sawa) se topa con los jóvenes modernistas. 
Sol

Se cuenta que la Taberna de la Pica Lagartos (que no queda ni rastro de la misma) se localizaba en la Puerta del Sol, esquina con la Calle de la Montera, donde resulta habitual ver a jóvenes chiquitas haciendo la calle. Controvertido tema el de la prostitución, que rasga las vestiduras a algunos (algunas) y se resuelve como un modo de supervivencia y negocio para otros (otras). 
Madrid es Valle pero también sabe a greguería, a humor metafórico, a virguería ingeniosa, a Ramón de la 'Sorna', que le dedica montones de páginas en obras como 'El Rastro' (un paseo por este zoco en domingo es fundamental) o en 'Descubrimiento de Madrid'. Ramón (a quien Umbral le dedica un extraordinario ensayo) era habitual tertuliano del hoy desaparecido Café Pombo, situado en la calle Carretas en la zona de Sol. 
Y por supuesto Madrid tiene el color táctil y el sabor musical de Umbral, que supo, como nadie, mostrarnos su villa, "la ciudad más abierta de Europa", en la que confluyen todas las provincias, los madriles: "el Madrid manchego de Solana y el Madrid exquisito y pensante de Ortega". 

El genio/ingenio Umbral, gran inventor de lenguaje y uno de nuestros mejores y más prolíficos prosistas, además de un poeta romántico y rebelde, convirtió Madrid en un género literario, algo que también hiciera Henry Miller con París. 
El café Gijón -en el que he estado en un par de ocasiones, nomás- llegó a ser un templo literario, que acogiera a personalidades del mundo artístico, cultural, como Galdós, Valle-Inclán, Jacinto Benavente, Maruja Mallo; Lorca (que cuenta con una estatua en la plaza de Santa Ana), Dalí y Buñuel (merece la pena darse una vuelta por la residencia de estudiantes, donde coincidieran estos tres fenómenos), Cela, Buero Vallejo, Ramón Gómez de la Serna, Eugenio D'Ors, Fernán Gómez; Manuel Alexandre y Wolfgang Burmann (a quienes llegué a ver en una ocasión). Bueno, Wofgang o Chinín (de la saga alemana Burmann) llegó a dar clases en la ex Escuela de cine de Ponferrada. Un tipo magnífico, que se encargó de la dirección artística de películas como 'Abre los ojos', de Amenábar, o 'Remando al viento', de Gonzalo Suárez, con quienes también compartiera algunos momentos en la capital del Bierzo. 
Plaza España

El propio Umbral era un habitual del Café Gijón en otros tiempos. Y hasta llegó a dedicarle la novela 'La noche en que llegué al café Gijón'. "Toda una vida (o eso me parecía) leyendo cosas sobre el Café Gijón, allá en provincias, y ahora estaba yo aquí, y además venía a leer unos cuentos al Ateneo (y con el secreto propósito de quedarme) o sea que era un viaje literario, y me hubiera gustado que cualquiera de aquellas caras conocidas o desconocidas me preguntase qué hacía yo por Madrid para responder con desgana y énfasis: 

—Ya ve usted, que mañana doy una lectura en el Ateneo. Pero nadie me preguntó nada, claro. A José Hierro lo había leído yo, deslumbrado, en unos tomitos creo que de Afrodisio Aguado, y luego le había conocido en provincias, había participado momentáneamente del remolino lírico, vital y casi belicoso de su vida, su simpatía, su amistad, su inquietud, su prisa y su burla. Era un tipo que me fascinaba y me sigue fascinando. Era el poeta representativo de las generaciones de postguerra y creo que lo sigue siendo. La colisión de gentes en el café era ya cataclismática, todo el mundo saludaba a todo el mundo, los camareros pasaban repetidos por los espejos, en un sueño de humo, y yo no conocía a nadie".
Seguiré recorriendo Madrid, aunque en la distancia, desde provincias, como dice el autor de 'Mortal y rosa'. Y saboreando su cielo azul, su sol embotellado. El cielo de Madrid (ahí está también el gran escritor Julio Llamazares).  

De Matarrosa del Sil a Madrid: Leo Harlem

Tengo la impresión de que el Bierzo Alto sigue siendo un gran desconocido, incluso para quienes viven en el Bierzo Bajo, lo cual tiene tela. 
En cualquier caso el Bierzo Bajo, con respecto al Alto, es a buen seguro el que más proyección ha tenido, sobre todo en los últimos tiempos a raíz del vino, aunque tampoco sea para tirar cohetes. 
Y si digo Matarrosa del Sil, creo, con sinceridad, que a poca gente le sonará, salvo a quienes viven por la zona. Y los "avecindados". Por supuesto. 
Leo Harlem
Mi padre, cuyo espíritu siempre me acompaña, me contaba que en Matarrosa (curiosín nombre) vivía Tin de Paz, de la familia de Paz, que en Noceda era toda una institución. Y de Matarrosa resultó ser originario Adolfo Cuenya, a quien llegué a saludar en una ocasión en la ciudad francesa de Dijon. Y nunca más, nunca mais volví a verlo. 
En Matarrosa vive o vivía el taxidermista Solís Fernández, del que guardo un buen recuerdo: http://www.diariodeleon.es/noticias/bierzo/solis-fernandez-fenomeno_292120.html
Y Matarrosa es el pueblo en el que Javier R. Sotuela, "el cura comunista", ejerciera como párroco a finales de los sesenta. Y quien bautizara al famoso humorista Leo Harlem, que acaba de recibir el premio Lambrión Chupacandiles, que otorga el colectivo 'Plumillas bercianos en Madrid', liderado por el periodista toreniense Juanma G. Colinas, encargado asimismo de llevar a buen puerto la Ciberbotillada en Cacabelos (en enero de 2018 está prevista la siguiente Ciber-botillada en La Moncloa de San Lázaro). 
El término 'Lambrión' me arranca la sonrisa. "Sos un llambrión, rapaz", se decía antaño en mi pueblo a un guajín goloso o glotón, al que le gustaba rebañar el plato. 
Por lo demás, el Lambrión Chupacandiles, vaya nombrecito, es quien anuncia la celebración de la Semana Santa ponferradina.  
Juanma Colinas, Toño Criado y Leo Harlem
Me contaba Sotuela hace dos años, en un encuentro poético-musical en la localidad gallega de Quiroga, que él había bautizado a Leo Harlem. 
-Leo, Sotuela te bautizó -le digo. 
-Pues era tan pequeño -sonríe- que no me acuerdo. 
El pasado lunes (día de Santa Bárbara, patrona de los mineros) asistía a una reunión-cena en Prada A Tope, en Madrid, en la que Leo Harlem recibía el Lambrión Chupacandiles. 
Azares de la vida, al día siguiente del encuentro con este fenómeno mediático, me llamaba por teléfono Sotuela para decirme si había recibido un correo postal suyo. 
-Qué casualidad o causalidad, estoy en Madrid, Javier. Y ayer estuve con Leo Harlem, a quien tú bautizaras.
-Qué bien, así es. Muy buena su familia. 
La conversación con Sotuela dura un rato. Pero no voy a reproducirla entera. 
La cena fue un pretexto para reunirnos, porque lo de verdad importante, al menos para uno, fue ver/escuchar y conversar con Leo así como el intercambio de impresiones con un buen puñado de periodistas/comunicadores del Bierzo, entre ellos, Mario Tascón (que también recibiera el Lambrión en otra edición), Esther Freire (con quien me gustó charlar), mi paisana Raquel Arias (alegría que me dio verla allí, una agradable sorpresa), Raquel Peláez (a quien deseo entrevistar pronto, porque además de buena periodista es escritora), Sara Jusuy (que también se ocupó de la intendencia), José Antonio Álvarez Gundín (Director de los servicios informativos de TVE), Benito Ordóñez (que hizo un reportaje fotográfico del encuentro), Pacho Rodríguez (corresponsal de Diario de León en Madrid, con quien tuve una sustanciosa charla acerca del mundo periodístico), el gran pintor cacabelense Pepe Carralero (que también recibiera este premio. Un hombre en verdad simpático y vital, al que le tengo afecto), Macarena Ruiz (pintora, profesora en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense y compañera de Carralero, buena chica) o Toño Criado, que, junto a Juanma G. Colinas, es organizador de este evento y quien me animó a viajar a Madrid para asistir a esta 'quedada', que amenizara Leo Harlem con su humor,  lo cual se agradece mucho, porque el humor siempre pone salsa a la vida. 
Toño Criado y Leo Harlem
Harlem se mostró cercano, amable, incluso diría que entrañable. Como si uno ya lo conociera de toda la vida, aunque fuera la primera vez que lo veía en vivo y en directo. 
Además de parecerlo (las apariencias en ocasiones revelan más que ocultan) es un tipo realmente con chispa, con ingenio. Y con una gran capacidad de observación y sentido analítico. A Leo no parece gustarle nada el mundo artificial, virtual, tecnológico en el que vivimos, acaso porque él es alguien natural, humanista, al que le gustaría recuperar el silencio, la calma, la vida menos apresurada, el tiempo que permita hacernos reflexionar... En esencia, dice que él sigue viviendo como siempre, como cuando era panadero o camarero (antes de dedicarse, ya con cuarenta años, al espectáculo), aunque eso sí con más guita, aclara. 
Bien sabemos que en este mundo circense "si no hay sardina, la foca no baila", como tú me recordaste. 
En el fondo, "en este mundo los hay que van a lo suyo, menos yo que voy a lo mío". 
Si bien reconoce que tiene buen trato con sus colegas, siente sobre todo afinidad con el humorista Luis Piedrahita, que llegó a estudiar comunicación audiovisual o cine. 
Me gustó ver y hablar con Leo Harlem, fundamentalmente después de la cena, al amor de unas cervezas, en compañía también de Toño Criado (periodista de raza, y autor del interesante libro 'Lobos por el Bierzo') y el propio Juanma G. Colinas, entre alguna otra gente. 
"Nacer en el Bierzo es un milagro", llegó a decir Leo Harlem con su característico sentido del humor. Sí, nacer en el Bierzo es un milagro, lo que me hace recordar, salvando las distancias, a ese inicio magistral de 'La región más transparente', del escritor mexicano Carlos Fuentes: "Mi nombre es Ixca Cienfuegos. Nací y vivo en México, D.F. Esto no es grave. En México no hay tragedia: todo se vuelve afrenta". 
Pepe Carralero y Macarena Ruiz
Aunque sólo viviera en Matarrosa hasta los siete años, Leo Harlem habla con afecto del Bierzo. Y prometió que en la próxima primavera nos haría una visita, que incluso se acercaría a Noceda: el útero de Gistredo. Estaría bien. Pues su madre nació en Primout, ese pueblo con sonoridad francesa en que impartiera clases el poeta astur Ángel González. 
"Leo, alguna vez caminamos, monte a través, desde mi pueblo, Noceda, hasta el pueblo de tu madre, Primout". Qué jovencitos éramos y cuántas ilusiones. 
Su madre, de Primout. Y su padre, de Caboalles, tal vez por eso lo hemos visto/escuchado hablar de Villablino en algunos de sus monólogos. 
Berciano y lacianiego, Leo Harlem ha vivido parte de su vida en Valladolid, donde desea retirarse cuando deje el mundo de los monólogos. Pero de momento seguirá escribiendo (le gusta escribir, ahora está con una buena idea para el guión de un largometraje), actuando (acaba de participar en una película) y viajando. 
Espero, Leo, que te guste 'Mapas afectivos', y te devuelva, en cierto modo, a nuestro Bierzo, "paraíso sexual del chorizo más picante y la castaña más dulce".